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Nostalgia, neoliberalismo y cine en los 80

Publicado: 13 jun 2019 18:36 GMT | Última actualización: 13 jun 2019 20:43 GMT

Me gusta leer a los articulistas norteamericanos por varios motivos: su redacción equilibrada entre lo funcional y lo literario, su gusto por la sociología periodística –costumbrismo con disfraz científico– y, sobre todo, por ser capaces de sacar petróleo de temas con un recorrido muy corto. Pero también porque estos cronistas, además de explicarnos su visión del estado de las cosas, nos dejan entrever los miedos, esperanzas y obsesiones de una sociedad dada, en un juego inconsciente de roles entre el escriba y el médium.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.
"La generación que ahora ronda los cuarenta años padece una de estas nostalgias incapacitantes, acudiendo una y otra vez a ese paraíso perdido llamado años ochenta". Daniel Bernabé, escritor y periodista.

Ayer leía en The Atlantic un artículo que presumía de estar tecleado en un ordenador de hace más de treinta años. La intención era contarnos cómo el autor trabajaba mejor en un entorno desconectado de las redes, tecnológicamente simple, que en uno actual con múltiples avisos y notificaciones. Aunque algo hay de cierto en el hecho, que se podría solventar con un trabajo de documentación por etapas, la oportunidad de consultar cualquier dato al momento es insustituible para cualquier periodista.

En el fondo, especulo, lo que el autor dejaba ver era una profunda nostalgia por un tiempo en que la naciente tecnología informática no había colonizado todos los aspectos de nuestras vidas, donde la herramienta no se había alzado como un perro lazarillo que nos lleva atados permanentemente. Un perro que a diferencia de la lealtad de los canes reales tiene intereses propios no siempre confesables.

La nostalgia, que todo el mundo juzga como un sentimiento cálido y agradable en sus dosis justas, puede llegar a ser un engrudo pegajoso que nos impida relacionarnos con nuestro presente, más aún, que debido a la incertidumbre creciente que puebla nuestro día a día nos haga añorar otras épocas más deseables, no tanto por la crítica comparada sino por una visión edulcorada de las mismas. Asumámoslo de una vez, la generación que ahora ronda los cuarenta años padece una de estas nostalgias incapacitantes, acudiendo una y otra vez a ese paraíso perdido llamado años ochenta.

Aunque la mayoría somos conscientes de los vaivenes políticos de aquella época, de su saldo neto victorioso para las fuerzas conservadoras, emocionalmente guardamos un recuerdo positivo sin duda coincidente con esos años de despertar llamados infancia. ¿La nuestra? Hay una escena bastante triste en una película bastante divertida, Scrooged (1988), donde el personaje interpretado por Bill Murray se da cuenta de que todos los recuerdos de lo que creía su niñez no son más que fragmentos de ficción televisiva.

Hace unos años coincidí en un viaje a París con un par de norteamericanos, originarios del medio-oeste. Hablando de de nuestra infancia les dejé asombrados ya que tenía los mismos recuerdos visuales que ellos: series, programas infantiles, películas e incluso formatos de concursos constituían un imaginario prácticamente común. Lo interesante no era la obviedad de que compartiéramos aquel imperialismo cultural del entretenimiento, ni siquiera que ellos no fueran conscientes del mismo, sino que ninguno de nosotros, en el fondo, había vivido aquella infancia realmente.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.
"En 1984 sólo el 8% de los hogares estadounidenses contaban con un ordenador personal... al pensar en nuestra infancia creíamos tener clara una cosa: todos los críos tenían un ordenador en su habitación, ¡lo habíamos visto en las películas!" Daniel Bernabé, escritor y periodista.

En el artículo de The Atlantic aparecía también un dato que me llamó la atención: en 1984 sólo el 8% de los hogares estadounidenses contaban con un ordenador personal. En el informe del que se sacaba el dato se recogía que esa cifra llegaba al 15% en 1989 y que no fue hasta el año 2000 cuando un punto más de la mitad de los hogares contaban con un ordenador. Además, ya hablando de inicio de siglo XXI, la posesión de una computadora indicaba todos los sesgos que se pudieran esperar: altos ingresos, ubicación de la vivienda en zonas de clase media alta, alto nivel educativo y raza blanca. De hecho en el 2000 un 22,8% de los niños y adolescentes sólo podía acceder a un ordenador desde la escuela y un 10,4% de ninguna forma. Contrariamente a lo que se nos dijo la tecnología no significó un avance social o un requilibrio de las oportunidades, sino una nueva brecha de clase en las mismas.

Al pensar en nuestra infancia creíamos tener clara una cosa: todos los críos tenían un ordenador en su habitación, ¡lo habíamos visto en las películas! En Exploradores (1985), un River Phoenix con pinta de nerd preadolescente lograba contactar con los extraterrestres utilizando su ordenador situado, cómo no, en el garaje de su casa. En Electric Dreams (1984) un joven arquitecto compra un ordenador que adquiere inteligencia propia enamorándose de la vecina. En Tron (1982), Starfighter (1984) y Daryl (1985) el nudo argumental de las historias gira alrededor de ordenadores, videojuegos y máquinas recreativas. E incluso en Juegos de guerra (1984), el adolescente interpretado por Matthew Broderick está a punto de desencadenar un conflicto nuclear al intentar cambiar las notas de la vecinita conectando su ordenador a un primitivo módem.

Entre aquella cifra real del 8% de hogares norteamericanos con computadora y la imagen de alta implantación informática que daba el cine de entretenimiento había una clara discrepancia. ¿Estamos afirmando que todo se trataba de una sofisticada operación de propaganda del Pentágono? ¿Quizás una conspiración del naciente Silicon Valley? Lo que sería un buen guión para una película no encaja del todo con la realidad. Si a partir de mediados de los ochenta la informática pasó a constituirse como un subgénero propio se debió más a las propias reglas del cine de entretenimiento que a ningún plan oculto.

Mientras que el cine de autor refleja por naturaleza la visión propia de un director, a menudo girando en torno a temas peculiares donde el conflicto irresoluble suele ser el motor argumental, el cine de entretenimiento necesita justo lo contrario: construir narrativas de ficción que enganchen con el público de manera espontánea. Este cine necesita reflejar los sentidos comunes dominantes, de forma accesible y con una cierta permanencia en el tiempo. Necesita jugar con arquetipos y argumentos universales. Contar los caminos por los que ya hemos transitado de manera diferente. Que el cine de entretenimiento sea más comercial, popular y sencillo no es la base de su funcionamiento, sino su resultado. Que sea más fácil de ver una película de Spielberg que de Godard tiene relación con que para entender al director francés tenemos que entrar en su mundo, mientras que el estadounidense nos cuenta historias desde un mundo narrativo que ya conocemos. La mente humana es conservadora, le es más sencillo andar por los caminos que ya ha transitado más veces.

Ahora, que no exista ese plan propagandístico que se atribuye a muchas películas populares no significa que el cine comercial sea neutro ideológicamente. De hecho, la aparición en los ochenta de todo lo relacionado con la informática y los ordenadores, a menudo con protagonistas infantiles o adolescentes, es la reacción, la respuesta, a una década de los setenta donde el cine estuvo dominado por tipos contraculturales, delincuenciales, miembros de algún tipo de pandilla motorizada o cercanos al mundo del rock and roll. De la guitarra se pasó al teclado, de la pista de baile al salón recreativo, de la chopper al láser.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.
"¿Qué nos enseñó el cine de los ochenta además de que los ordenadores serían nuestra salvación? Que el Estado era un ente inútil o pernicioso, en sintonía con el inicio de la etapa Reagan". Daniel Bernabé, escritor y periodista.

Si Woodstock engendró un individualismo de intención subversiva, al desaparecer el objeto de la subversión – heroína, orientalismo y cansancio mediante– quedó sólo el individualismo y el gusto por la peculiaridad. El capitán del equipo de fútbol americano ya no era el bueno de la película, pero ahora su antagonista ya no sería un biker en pantalones de cuero, sino un cerebrito en pantalones de pana.

¿Qué nos enseñó el cine de los ochenta además de que los ordenadores serían nuestra salvación? Que el Estado era un ente inútil o pernicioso, en sintonía con el flamante neoliberalismo y el inicio de la etapa Reagan en 1981.

Es cierto que aquí asistimos a una pirueta histórica donde lo que pensábamos progresista tiene sin embargo un fuerte componente conservador. La administración Reagan, que cualquiera asociaría a la liberalización económica, mientras que dejaba libres las cadenas al sector especulativo-financiero, mientras que recortaba en derechos sociales, fue enormemente intervencionista inyectando dinero público a mansalva en la industria armamentística. Por otro lado, la sociedad civil norteamericana, siempre temerosa de eso llamado "el Estado federal", representado en el FBI, empezó a asimilar que sus derechos civiles estaban más en riesgo por lo público que por lo privado. Lo neoliberal, más una dominación cultural que una teoría económica, consiguió hacerse sentido común asimilando la protesta antibélica de los sesenta en un antiestatalismo general.

¿Quién es lo más parecido a un antagonista en Juegos de guerra? No el ordenador WOPR que sólo lleva la lógica a sus más exageradas consecuencias, no el profesor Falken, una especie de ex-hippie entre Ian Rand y Thoreau, no el adolescente que representa al americano medio, sino los generales del ejército, el propio Estado. En la serie televisiva El equipo A (1983), los villanos son una mezcla indeterminada de traficantes de drogas latinos, caciques locales y delincuentes de poca monta, a los que el ejército no molesta mientras persigue incansablemente a Hannibal Smith y compañía. En todas estas producciones, la policía, al igual que los padres, están ausentes o son completamente inútiles. El mensaje es claro: el ciudadano es un individuo aislado ante fuerzas mucho más grandes que él. Si en la realidad lo público era reducido a lo bélico, en lo audiovisual se asimilaba el mal con lo bélico y por tanto con lo público.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.
"En Los cazafantasmas (1984), nadie odia realmente al muñequito de los marshmallows pero todo el mundo detesta al funcionario “tocapelotas” Walter Peck, que provoca la hecatombe por aplicar una normativa medio-ambiental". Daniel Bernabé, escritor y periodista.

En películas tan dispares como ET el extraterrestre (1982) o La jungla de cristal (1988), lo público o es el enemigo o es completamente inútil, dejando al ciudadano medio la tarea de arreglar el estropicio por sí mismo. Seamos serios, en Los cazafantasmas (1984), nadie odia realmente al muñequito de los marshmallows pero todo el mundo detesta al funcionario Walter Peck, que provoca la hecatombe por aplicar una normativa medio-ambiental. En Golpe en la pequeña china (1986), Jack Burton se enfrenta a todo un ejército de espadachines orientales, semidioses eléctricos y un brujo milenario tan sólo con ayuda de su mullet y sus cáusticas ocurrencias, pero de nuevo ni rastro de la policía. De hecho, cuando las fuerzas del orden son protagonistas de las historias, como en Arma letal (1987) o Cobra (1986), deben saltarse la propia ley para restaurar el orden, ya que sus superiores o son unos incompetentes o son demasiado políticamente correctos.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.
"El cine de los ochenta no podría dejar a un lado la reaganomics. En Armas de mujer (1989) se hace toda una defensa de la self made woman bajo la coartada del feminismo". Daniel Bernabé, escritor y periodista.

Si el cine de los ochenta nos presenta unos consensos tecno-fetichistas y contrarios a lo público, no podría dejar a un lado la reaganomics, que no fue la política económica de la Administración Reagan, como se piensa, sino su reflejo publicitario. En Armas de mujer (1989) se hace toda una defensa de la self made woman bajo la coartada del feminismo. Trading Places (1983) es una divertida comedia donde un vagabundo, Eddie Murphy, intercambia su posición con el broker interpretado por Dan Aykroyd a expensas de una apuesta entre dos millonarios tan vetustos como tradicionales. Lo que podría dar para una película donde se pusiera en duda el origen de los privilegios de las clases sociales, al final queda en un enfrentamiento entre la vieja economía y las refrescantes aventuras en el parqué bursátil. Incluso la propia Wall Street (1987) dirigida por Oliver Stone dio como paradoja que el malvado personaje de Gordon Gekko, encarnado por un Michael Douglas en la cúspide de su carrera, acabó convirtiéndose socialmente en un héroe y modelo aunque estaba pensado para todo lo contrario.

En nuestra infancia, ya ven, se nos enseñó que los ordenadores salvarían nuestra vida, que el Estado era un ente despreciable y que los especuladores eran gente divertidísima que jugaba al squash y pasaba las vacaciones en Nassau. Pero no sólo.

Paul Verhoeven, un director holandés que lleva burlándose de las temáticas del cine de entretenimiento media vida, siendo a su vez uno de sus más efectivos realizadores, firmó en 1987 lo que es la respuesta perfecta a esta época en Robocop. La película aúna toda una brutal crítica a los paradigmas argumentales manejados en los ochenta en algo más de hora y media. Aunque a primera vista los antagonistas parecen ser los violentos delincuentes que llenan las calles de Detroit, no tarda en revelarse que la compañía OCP es el auténtico enemigo, teniendo mucho más poder que el propio ayuntamiento en quiebra, manejando la tecnología con fines dictatoriales y presentando a sus directivos como una pandilla de psicópatas cocainómanos adictos al dinero y al poder. Ya ven, puro siglo XXI.

A Ripley y sus accidentes laborales, como es medio inglesa, la dejamos para otro día...

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