Opinión

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Daniel Bernabé

Daniel Bernabé (Madrid, 1980) es escritor y periodista. Además de sus libros de relatos y de haber prologado a autores como Gil Scott-Heron o David Peace, publicó "La trampa de la diversidad", uno de los ensayos más debatidos y vendidos del 2018 en España. Ha escrito sobre sociedad y política para medios como La Marea, Vice o Público, e impartido conferencias en universidades como la UNED, la Autónoma o la Jaume I. En twitter se le puede encontrar como @diasasaigonados.
Lo cierto es que el que lleva siendo desde 1945 la primera potencia mundial ha dado hoy, más que una muestra, una constatación de que su declinar puede ser más abrupto y traumático de lo que nadie podía prever. Aún suponiendo que los planes golpistas sean derrotados y el trumpismo ideológicamente derrotado, la brecha que ha creado, en este episodio, en estos últimos cuatro años, va a ser muy difícil de suturar.
La ministra de Trabajo no cedió: es conocedora de que su popularidad y eficacia la protegen, además de que hay más de un millón y medio de trabajadores pendientes de la decisión de subida del SMI. Pero también de que a partir de ahora se ha convertido en una pieza a cobrar por los sectores más conservadores, dentro y fuera del Gobierno.
Trump es un síntoma de una enfermedad antecedente, una de inicio incierto y de un desarrollo acelerado.
Lo peor de todo es que en 2010, mientras que Santiago Abascal era un mantenido de la derecha en cargos inútiles, mientras que el padre del cantante de Taburete se dedicaba a administrar dinero negro, España, como otros Estados del sur de Europa, fue víctima de una maniobra de expolio financiero.
​A veces hay que contar también lo que no nos gusta, lo que nos da miedo, lo que nos preocupa. Sólo de esta forma saldremos de dudas, y a lo mejor, nos daremos cuenta de que no estamos tan solos.
La realidad es que tras las doce primeras horas de conteo los dos candidatos están igualados, lo cual, nos guste o no, es ya una victoria moral para un Trump a quien todos daban como un perdedor seguro. Aunque unas elecciones se basan, o se deberían basar, en un resultado firme que tenga en cuenta hasta el último voto emitido, Trump ha aprovechado esta sorpresa para proclamarse ganador de las elecciones y denunciar fraude electoral.
No es que tenga interés en eximir a los de la cena, como no tenía interés en eximir a los corruptos, es que no soporto la indignación que se consume en su propia efervescencia.
Cada impuesto a las clases altas que no se aprueba, cada cesión a los intereses del sistema financiero internacional, cada oportunidad perdida para salir de esta crisis diferentes a como entramos, es alimento para el árbol de la incertidumbre, uno del que pretenden comer los que hoy dan el primer paso para acabar con la democracia española.
No digan Estado fallido, hablen de una derecha con un liderazgo débil y errático, tutelada por los ultras, que carece por completo de la más mínima visión de Estado. No digan Estado fallido, hablen de jueces y dueños del poder económico y mediático que piensan que su opinión vale más que el voto de 47 millones de personas. No digan Estado fallido, hablen de esos millones de españoles que fueron un ejemplo mundial de comportamiento cívico en la primera ola de la pandemia.
Desde hace al menos una década, con especial intensidad, el expresidente se manifiesta públicamente en líneas netamente derechistas, con unas tendencias claramente liberales en lo económico y unas posiciones respecto a temas como Cataluña, las relaciones con Latinoamérica o los cambios en el panorama político, de una ideología no sólo conservadora, sino incluso bordeando lo reaccionario.
El coronavirus 2019-nCoV es una enorme peligro y no será el último de estas características atendiendo a las dos últimas décadas. Pero también es una oportunidad, cuando lo más valioso que tenemos, nuestra vida y la de las personas que queremos se pone en riesgo, de replantearnos lo que significa vivir en sociedad, una ya mundial, de repensar todos nuestros logros pero también nuestras carencias.
Los trenes siempre habían tenido un componente extrañamente novelístico y, por muy rápido que fueran o muy modernos que se hubieran vuelto, aún conservaban, al menos en este país, esa sensación aprendida de relato de posguerra: cielos grises, gente silenciosa y destino incierto.