Opinión

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Daniel Bernabé

Daniel Bernabé (Madrid, 1980) es escritor y periodista. Además de sus libros de relatos y de haber prologado a autores como Gil Scott-Heron o David Peace, publicó "La trampa de la diversidad", uno de los ensayos más debatidos y vendidos del 2018 en España. Ha escrito sobre sociedad y política para medios como La Marea, Vice o Público, e impartido conferencias en universidades como la UNED, la Autónoma o la Jaume I. En twitter se le puede encontrar como @diasasaigonados.
Cada impuesto a las clases altas que no se aprueba, cada cesión a los intereses del sistema financiero internacional, cada oportunidad perdida para salir de esta crisis diferentes a como entramos, es alimento para el árbol de la incertidumbre, uno del que pretenden comer los que hoy dan el primer paso para acabar con la democracia española.
No digan Estado fallido, hablen de una derecha con un liderazgo débil y errático, tutelada por los ultras, que carece por completo de la más mínima visión de Estado. No digan Estado fallido, hablen de jueces y dueños del poder económico y mediático que piensan que su opinión vale más que el voto de 47 millones de personas. No digan Estado fallido, hablen de esos millones de españoles que fueron un ejemplo mundial de comportamiento cívico en la primera ola de la pandemia.
Desde hace al menos una década, con especial intensidad, el expresidente se manifiesta públicamente en líneas netamente derechistas, con unas tendencias claramente liberales en lo económico y unas posiciones respecto a temas como Cataluña, las relaciones con Latinoamérica o los cambios en el panorama político, de una ideología no sólo conservadora, sino incluso bordeando lo reaccionario.
El coronavirus 2019-nCoV es una enorme peligro y no será el último de estas características atendiendo a las dos últimas décadas. Pero también es una oportunidad, cuando lo más valioso que tenemos, nuestra vida y la de las personas que queremos se pone en riesgo, de replantearnos lo que significa vivir en sociedad, una ya mundial, de repensar todos nuestros logros pero también nuestras carencias.
Los trenes siempre habían tenido un componente extrañamente novelístico y, por muy rápido que fueran o muy modernos que se hubieran vuelto, aún conservaban, al menos en este país, esa sensación aprendida de relato de posguerra: cielos grises, gente silenciosa y destino incierto.
Vivimos en una sociedad en la que nos regodeamos en nuestra diversidad competitiva, pretendiendo ser mejores que el de al lado o incluso más desgraciados, comerciando en un mercado con las monedas de la opresión y privilegio, conflictos que se solventan mediante la deconstrucción y la ofensa y que siempre hacen referencia al individuo, no a su relación con la estructura económica y su papel en la escala productiva.
Sobre una jornada de 40 horas semanales sufrir 8 días alternos de baja en dos meses será considerado motivo de despido.
El pacto muestra sin pretenderlo la anomalía democrática española en Europa: mientras que los autodenominados liberales pactan con los ultraderechistas, mientras que una gran parte del aparato mediático ha blanqueado a Vox, se recibió de forma histérica el acuerdo entre el PSOE y Unidas Podemos.
Los que se sientan en los consejos de administración siempre votan, pero además influyen constantemente en el Parlamento con su poder. Igual que nadie deja de ir a trabajar por estar cansado, nadie debería dejar de votar por las mismas razones: el desencanto es un lujo que no se pueden permitir los que tienen sus manos por todo capital.
Aunque América Latina parece haber despertado del letargo neoliberal y actúa en consecuencia, en Europa y EE.UU. sus ciudadanos están más cerca del nihilismo que de la esperanza, de comportarse como payasos antes que como adultos.
Es cierto que España es un país muy diferente al de 1939 y distinto al de 1978, fecha oficial del fin del franquismo. Pero no lo es menos que aunque Franco ha sido exhumado de su mausoleo de homenaje, propiedad pública, aún el franquismo no ha sido exhumado por completo de la sociedad española.
Por mucho que se hable de la desafección a los partidos resulta chocante que personas que ocupaban un escaño y aparecían en los carteles electorales sean sentenciados a una década de prisión. No hay antecedentes comparables. La nada precede a la estupefacción.