Opinión

Ciudadanos y Tony Montana, una historia de personalidad múltiple

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La política se puede analizar desde dos puntos de vista. Uno donde todo sucede tal y como nos lo cuentan sus protagonistas, el otro como un gigantesco juego de poderes e influencias donde nada es lo que parece. Bajo la primera opción seremos meros cronistas de declaraciones, notarios de ruedas de prensa, escribientes serviles de la actualidad. Bajo la segunda opción profundizaremos en las causas íntimas de los movimientos espectrales, pero podemos, fácilmente, acabar convertidos en lacayos del fatalismo: da igual lo que se haga porque la jugada con cartas marcadas siempre estuvo destinada al fracaso. La primera opción es todo lo que suelen dar de si las televisiones, la segunda todo lo que le resta a la impotencia en las redes sociales.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.
Daniel Bernabé, escritor y periodista.
"El problema de Ciudadanos se llama no saber quiénes son, o mejor dicho, no querer saber quiénes son porque es más cómodo vivir en la fantasía de la independencia".

Ciudadanos tiene un enorme problema, uno que sin embargo se ha dilatado en el tiempo y que paradójicamente comparte con aquello que se llamó la nueva política. No en vano, como reflejo en negativo de la misma, arrastró parte de sus vicios y debes. El problema, no nuevo, no exclusivo, es pensar que se puede esquivar el conflicto siempre, que basta con piruetas declarativas para vadear la contradicción. El problema de Ciudadanos se llama no saber quiénes son, o mejor dicho, no querer saber quiénes son porque es más cómodo vivir en la fantasía de la independencia.

Hace menos de diez días, Manuel Valls, el candidato del partido naranja a la alcaldía de Barcelona, fue expulsado de facto al dar su apoyo a Ada Colau. Aun a costa de ser una maniobra contra los independentistas, la organización presidida por Albert Rivera, que se ha nutrido del conflicto catalán como un murciélago colgado de la ubre de una vaca, vio imposible que sus votos pudieran valer para dar oxígeno a una alcaldesa, Colau, que es de lo poco que ha quedado en pie de esa nueva política progresista. Primera discrepancia seria entre lo que se dice y lo que se hace que nos revela el verdadero carácter de Ciudadanos: un partido pensado por y para frenar a la izquierda surgida a partir del 2014.

Al inicio de esta semana se recrudecen las hostilidades en el seno de la formación (neo)liberal. Dimite de la ejecutiva Javier Nart, un europarlamentario fauna habitual de los platós de televisión con una capacidad excepcional para chapotear en los lugares comunes que más convengan. Dimite de esa misma ejecutiva y se marcha del partido Toni Roldán, parlamentario y secretario de Programas, uno de esos hijos de la aristocracia felipista que acabó estudiando en la London School of Economics. Dimite Juan Vázquez, diputado regional por Asturias. Dimite hoy mismo, miércoles 26 de junio, la sustituta del propio Vázquez. Todos esgrimen descontento con la línea derechista del partido e incredulidad ante la negativa a favorecer al PSOE de Sánchez en la investidura.

A todo esto, Luis Garicano, responsable del Área de Economía y Empleo, uno de los hombres fuertes del partido, muestra de una forma poco disimulada su decepción por el rumbo de los acontecimientos y expresa públicamente su apoyo al dimisionario Roldán. En El Mundo, Arcadi Espada, uno de los promotores de la fundación del partido, el aspirante ibérico perpetuo a Bernard-Henri Lévy, cargaba en una dura columna contra Albert Rivera titulada Malo para España, malo para Ciudadanos. El País, diario que como casi todos ha tratado con guante de terciopelo al pretendido partido centrista, se descolgaba con un editorial titulado Ensimismado, la obsesión de Rivera por el poder expone el país al oscurantismo de Vox.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.
Daniel Bernabé, escritor y periodista.
"No es fatalismo pensar que los poderes económicos y sus altavoces desean un pacto de gobernabilidad entre PSOE y Ciudadanos y que empiezan a estar cansados de la tozudez de Rivera".

Si atendemos a la primera forma de analizar la política, aquella que se conforma con la crónica de la actualidad, la narrativa parece clara. Un sector socioliberal de Ciudadanos no sólo no se siente identificado con los pactos con Vox, sino que reclama su papel centrista para ejercer de bisagra en un futuro Gobierno central de Pedro Sánchez. La negativa de Rivera, analizando dos PSOE, uno constitucionalista y otro sanchista, que hace "pactos de la infamia" con "separatistas y populistas" parece no casar con los límites de una realidad moldeada hace muy poco tiempo por varios procesos electorales.

Si atendemos a la segunda manera de analizar la política, aquella que sitúa la influencia de los grandes poderes económicos por encima de cualquier otra consideración, deberíamos atender a los avisos de The Economist el pasado marzo llamando a Rivera sectario por no querer pactar con Sánchez. Deberíamos hacer caso a las declaraciones del propio Banco Santander, reclamando un pacto donde "la postura liberal de Ciudadanos sería mejor recibida que el populismo de Unidas Podemos". Deberíamos tener en cuenta que el editorial de El Mundo de principios de esta semana asumió que "la dimisión de Roldán y Nart no puede desligarse de la campaña de presión orquestada para lograr que Rivera se desdiga del compromiso contraído con sus electores y facilite la investidura de Sánchez" pero que "si existiera un resquicio sincero para el entendimiento constitucionalista, en aras de la estabilidad y la moderación, Sánchez y Rivera deberían explorarlo con valentía".

No es fatalismo pensar, a tenor de todo esto, que los poderes económicos y sus altavoces desean un pacto de gobernabilidad entre PSOE y Ciudadanos y que empiezan a estar cansados de la tozudez de Rivera. Es fatalismo pensar que los meros deseos de ese ente metafórico llamado IBEX se hacen realidad apretando una serie de botones en una consola de metal y madera estilo SPECTRA, aquellos malos de chiste de las películas de James Bond. Entre los deseos de esa alteridad con dinero y los deseos de los líderes políticos media la autonomía de lo ideológico.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.
Daniel Bernabé, escritor y periodista.
"Puede que Rivera, como Tony Montana, acabe por olvidar quién manda realmente y piense que puede tangar al capo, a su jefe en Miami y a quien se le ponga por delante. Puede que Rivera haya olvidado que la primera condición para la autonomía de la política es tener bajo control a las finanzas y a los financieros".

Es decir, puede que Rivera después de repetir tanto lo del constitucionalismo, realmente una visión sesgada y reaccionaria de España, se lo haya creído. Y piense, de verdad, que Sánchez tienen un plan secreto para trocear el país. Puede que Rivera no sea tan pueril y lo que suceda sea algo muy parecido a aquella escena donde Tony Montana, el protagonista de El precio del poder, negocia a espaldas de su jefe con un capo colombiano una multimillonaria operación de tráfico de estupefacientes. Puede que Rivera finja creerse lo de Colón con la arrogancia y el deseo de usurpar el liderazgo de la oposición al PP e incluso, quien sabe, fantasear con ser presidente del Gobierno. Puede que Rivera, como Tony Montana, acabe por olvidar quién manda realmente y piense que puede tangar al capo, a su jefe en Miami y a quien se le ponga por delante. Puede que Rivera haya olvidado que la primera condición para la autonomía de la política es tener bajo control a las finanzas y a los financieros.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.
Daniel Bernabé, escritor y periodista.
"Lo ideal, piensan las Botines y los Florentinos, es tener un país con una izquierda y una derecha de pega, mantener a Vox como un espantajo bajo control para dar miedo y contar con un partido centrista, moderno y moderado que valga como muleta de un régimen político que dista mucho de estar en su mejor momento".

Lo cierto es que el problema de fondo es que Ciudadanos se ha presentado ya de tantas maneras que nadie sabe quién es realmente, como uno de aquellos agentes dobles de la Guerra Fría, que de tanto andar saltando el muro eran incapaces de demostrar ante la CIA o ante el KGB para quién operaban una vez que las múltiples personalidades caían al suelo. Hoy, los jefes de Rivera le quieren de momento para que dé estabilidad al país, que es la forma que los señores que manejan la Bolsa tienen de confundir sus intereses con los de todos.

Lo ideal, piensan las Botines y los Florentinos, es tener un país con una izquierda y una derecha de pega, mantener a Vox como un espantajo bajo control para dar miedo y contar con un partido centrista, moderno y moderado que valga como muleta de un régimen político que dista mucho de estar en su mejor momento. O dicho de otra forma, aunque el susto ya se ha pasado –eso de tener las calles llenas de gente muy enfadada– vamos a meter en vereda cuanto antes esta incomodidad cosmética de la democracia no sea que nos llevemos otro sobresalto y de repente a los chalecos amarillos les dé por cruzar los Pirineos.

Una de las razones, además de acabar por despejar aquellas veleidades díscolas de Sánchez cuando era candidato a las primarias, es dar oxígeno a un PP que no es ni la sombra de lo que fue y que anda como un pedigüeño haciendo el ridículo delante de Vox. Lo que Ciudadanos no entiende es que sólo podrían ser recambio ante los de Casado si aprenden a estar donde deben y a decir lo que es menester. Es lo que tiene que te nazcan, que ni tú mismo eres consciente de tu existencia hasta que ya, talludito, te hacen un uniforme, te ponen un nombre y te buscan una familia.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.
Daniel Bernabé, escritor y periodista.
" La clave de todo esto sigue siendo la misma de 2016, aquel año de las dos elecciones, la investidura interminable y el golpe de Ferraz: evitar a toda costa que los morados entren al Gobierno".

A Rivera, lo que es seguro, es que se le ha olvidado que si alguien le sacó del matraz fue porque existe algo llamado Podemos. Y ahí sigue residiendo el desbarajuste de las últimas semanas, no sólo el de Ciudadanos, sino el de un PSOE enfermo de solipsismo que rechaza las propuestas de UP como si realmente pudiera permitírselo. La clave de todo esto sigue siendo la misma de 2016, aquel año de las dos elecciones, la investidura interminable y el golpe de Ferraz: evitar a toda costa que los morados entren al Gobierno. Algo que resulta aún más sangrante cuando la ultraderecha y su proyecto descivilizatorio forma ya parte de administraciones locales y regionales de la mano de un renqueante Partido Popular.

Puede que los de Iglesias y Garzón tengan más errores que aciertos a sus espaldas, puede que las cloacas hayan conseguido granjearles un odio inusitado de una parte de la población española, puede que su postura de querer entrar en el Gobierno pueda ser calificada de pueril e inútil por el determinismo económico de la izquierda. Ahora, lo que es seguro es que su propia existencia vuelve a poner en la picota a la democracia tutelada que vive este país. Que no es poco.

Epílogo: no hace falta que les recuerde como acaba sus días el mafioso de poca monta venido a más interpretado por Al Pacino. Cuando los informativos parecen películas a lo mejor es hora de ver películas para poder informarse.

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