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Reino Unido ante la suspensión parlamentaria: ópera en tierra de calma

Publicado: 29 ago 2019 19:14 GMT | Última actualización: 29 ago 2019 19:15 GMT

La política siempre ha requerido de la teatralización, una forma de mostrar públicamente sus asuntos para que resulten comprensibles, en el mejor de los casos, o mínimamente presentables, en el peor de ellos. El Reino Unido y su política saben algo de representaciones, no en vano son uno de los sistemas parlamentarios más antiguos del mundo, habiendo estado exentos de revoluciones y cambios bruscos por varios siglos. Se diría que casi han seguido la senda contraria a la de uno de sus mayores dramaturgos, William Shakespeare, dando una gran importancia a las formas para diluir los fondos, prefiriendo siempre el tedio a la tragedia y poniendo el interés general del poder por encima de las ambiciones personales de los que representan el poder.

Sin embargo, como ya contamos en estas misma páginas, un par de etonians, David Cameron y Boris Johnson, han roto estas reglas desde su despacho del 10 de Downing Street y parece que han decidido poner al país al borde del precipicio. O para ser más exactos, un contexto internacional lleno de escapadas hacia delante tras la dura crisis económica, que se ha llevado por delante muchos de los consensos y certezas que mandaban en Europa desde el fin de la guerra, también afectó a las Islas Británicas. El referendo de permanencia en la UE fue una de esas jugadas que se suponen carentes de riesgos, que se activan para suplir una crisis de popularidad y que cuando te quieres dar cuenta han cambiado el rumbo histórico de tu país situándolo en la encrucijada.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.
"En un extraño giro de guión, la suspensión del Parlamento ha supuesto para muchos británicos que la ficción se hacía realidad y ese miedo de la Inglaterra fascista, expresado tantas veces en la cultura popular, tomó cuerpo delante de sus ojos". Daniel Bernabé, escritor y periodista.

El nuevo primer ministro, Boris Johnson, partidario de un brexit duro, esto es, de una salida del Reino Unido de la Unión Europea sin aceptar las propuestas de Bruselas para la desintegración, pidió ayer a la Reina, como es precepto habitual, que disolviera las cámaras legislativas para la formación del nuevo Gobierno. Esta acción ha tomado una especial relevancia por las fechas elegidas para la suspensión, entre el 10 de septiembre y el 14 de octubre, es decir, dejando al Parlamento un tiempo minúsculo para ejercer su control sobre el Ejecutivo e impedir que este tome una decisión de tal envergadura para la que la Cámara ya ha mostrado sus reticencias en tres ocasiones, obligando a Theresa May, la anterior mandataria, a dimitir por incapacidad manifiesta de conducir ordenadamente la salida.

El impacto ha sido tal que en la tarde del día 28 de agosto, horas después de aprobarse la suspensión, ya circulaban por las redes campañas llamando a parar lo que se asimilaba a un golpe de Estado. Se convocaron manifestaciones de protesta en Londres y demás ciudades relevantes y multitud de figuras públicas se animaron a expresar su rechazo a la situación. El actor Stephen Fry declaró en su cuenta de Twitter que se trataba de un "enfermizo, cínico, brutal y terriblemente peligroso golpe de Estado" y que se estaba "incendiando alegremente una antigua democracia y cualquier pedazo de reputación que le quedaba a nuestro pobre país".

Si las declaraciones de Fry fueron relevantes, quizá incluso más que las de analistas políticos, líderes de la oposición u otras personalidades, fue porque interpretó en la película V de Vendetta al periodista Gordon Deitrich, uno de los pocos que se atreve a plantar cara a la tiranía que asola el Reino Unido en la ficción pensada por Alan Moore, antes novela gráfica que largometraje. En un extraño giro de guión, la suspensión del Parlamento ha supuesto para muchos británicos que la ficción se hacía realidad y ese miedo de la Inglaterra fascista, expresado tantas veces en la cultura popular, tomó cuerpo delante de sus ojos.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.
"¿Estamos ante las puertas de una guerra jurídica como preludio a un golpe blando? Probablemente se trata de una maniobra del primer ministro para forzar una moción de censura y por tanto una convocatoria de elecciones, que le permitan sacar mayoría absoluta al presentarse como víctima de los caprichos de un Parlamento inútil". Daniel Bernabé, escritor y periodista.

¿Tan grave es el asunto? Para John Bercow, presidente de la Cámara de los Comunes, se trata de un escándalo constitucional. Y la declaración merece un aparte, además de por la importancia del cargo que ostenta Bercow, porque pertenece al Partido Conservador, el mismo del primer ministro Johnson. En otros países de la Europa continental se hace imposible pensar que un político sea capaz de poner antes la defensa institucional por encima de los intereses del líder de su formación. Volvemos así a la representación, que es justo lo que no ha respetado Boris Johnson con la petición de suspensión: una maniobra perfectamente legal pero éticamente desastrosa.

¿Estamos ante las puertas de una guerra jurídica como preludio a un golpe blando? Probablemente lo único de lo que se trata es de una maniobra del primer ministro para forzar una moción de censura y por tanto una más que probable convocatoria de elecciones, que le permitan sacar mayoría absoluta al presentarse por un lado como víctima de los caprichos de un Parlamento inútil y por otro poder ensombrecer la agenda social, principal baluarte del Partido Laborista y de su actual dirigente, Jeremy Corbyn, que quedaría así en una posición difícil, algo que por otra parte el ala derecha blairista de su propio partido no vería con malos ojos.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.
"La izquierda británica está acabando por entregar a la Unión Europea, quizá sin quererlo, una legitimidad democrática y un valor refugio muy difíciles de defender en el pasado reciente del austericidio". Daniel Bernabé, escritor y periodista.

Nos encontramos así en una situación no sólo donde se han hecho unas apuestas sobre la mesa para las que casi nadie tiene respuesta, sino también la duda de cuál es el último objetivo de las mismas. Si las formas y la representación de Boris Johnson ya ha despertado un rechazo de casi el 47% de los electores, según encuestas, también sorprende que las formas de la izquierda hayan sido tan operísticas en el país del keep calm and carry on. Calificar una estrategia política, bastante sucia, de golpe de Estado es una exageración que puede tener que ver con la ansiedad por llegar al poder, más que con temer una involución democrática real.

En todo caso el resultado práctico es que la izquierda británica está acabando por entregar a la Unión Europea, quizá sin quererlo, una legitimidad democrática y un valor refugio muy difíciles de defender en el pasado reciente del austericidio. Y no sólo la británica. La continental vive instalada desde hace unos años en una posición donde la lucha contra la extrema derecha le está haciendo olvidar quién ha engendrado las condiciones para que los ultras conquisten instituciones. Se ha pasado de hablar de la deuda externa, los intereses de la banca alemana y la opacidad de las instituciones europeas a una retórica democrática humanista, olvidando que el antifascismo no debería obviar la raíz de los males que combate, en este caso las durísimas medidas de ajuste de la UE y su proyecto de desequilibrio centro-periferia.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.
"Estados Unidos bajo la administración Trump, ha pasado de contemplar a la UE como un aliado –o un secuaz, depende del prisma– a un entramado, si no a demoler, sí a paralizar en beneficio de la OTAN". Daniel Bernabé, escritor y periodista.

No obstante, hay otro factor en la ecuación, el Estados Unidos bajo la administración Trump, que ha pasado de contemplar a la UE como un aliado –o un secuaz, depende del prisma– a un entramado, si no a demoler, sí a paralizar en beneficio de la OTAN. Un factor, el del trumpismo, para el que Boris Johnson puede ser una pieza clave. Un brexit duro sería un quebradero de cabeza constante para el Reino Unido, que se llevaría la peor parte de la salida desordenada, pero también paralizaría en buena medida a una Unión Europea que podría debilitarse aún más si no consigue imponer a los británicos lo ya negociado. Trump y Johnson carecen de formas, esto es, la distancia entre lo que hacen y representan es escasa y eso, que en el siglo XX era un deber para un político, hoy parece no dar malos resultados.

Quedan dos meses para el 31 de octubre, para que salgamos de dudas en las cuestiones inmediatas y procedimentales, no en las que implican a un medio plazo donde hay demasiados actores que no saben muy bien cuál es el papel que tienen que representar. ¿Asumen los progresistas que los referendos, la democracia directa, es un peligro porque la gente a veces "vota mal"? ¿Para qué valen estas consultas en una época de adulteración mediática y tecnológica, como exponía la película Brexit: the uncivil war? ¿Es la Unión Europea una garantía frente al autoritarismo o un proyecto de dominación supranacional de las élites económicas? ¿Podría Corbyn aplicar su programa Rebuild Britain dentro de la UE? ¿Es Boris Johnson un conservador o un destropopulista? ¿Existe un plan y una alianza entre las ambiciones rubias de ambos lados del Atlántico? ¿En una lucha del atlantismo contra Bruselas, cuál es la posición que deberían adoptar los progresistas?

A mediados de los setenta, un oscuro general británico retirado llamado Walter Walker, escribió una carta pública en la que acusaba a los sindicatos y al Gobierno laborista de ser parte de una conspiración comunista. Un par de generales de la armada y la RAF, junto con un par de diputados le dieron su apoyo. Walker había hecho carrera como un eficiente represor en las colonias asiáticas del declinante imperio. Era un reaccionario clásico obsesionado por el fantasma comunista. Siempre se especuló con que preparaba algún tipo de intentona golpista que posiblemente nunca pasó de las bravatas frente a una chimenea. Con la llegada de Thatcher desapareció de escena. Nuestro pasado reciente no era más amable, pero sí mucho más sencillo de analizar.

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