Opinión

Frío en los huesos, un relato sobre el trágico pasado común que reclama un sitio en el presente

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Las cuatro torres se levantaban como un muro a la izquierda de la estación. Las miraba desde mi asiento del tren, los viajeros iban entrando al vagón y dejaban con dificultad las maletas, doblaban los abrigos y buscaban los números de los asientos con cuidado, para que no pareciera que lo estaban haciendo.

Estaba amaneciendo pero en los andenes aún mandaban las luces artificiales. Las torres acristaladas empezaban a reflejar los primeros rayos del sol en sus plantas superiores. Parecían vacías –sin duda lo estaban, salvo quizá por algún guardia de seguridad–, eran como un monumento a una época de falso esplendor, pirámides medio enterradas por la arena de la crisis, mausoleos a la codicia desmedida de unos pocos culpables.

Miré a mi padre, ojeando el periódico, en el asiento de al lado, parecía tranquilo. Íbamos a una ciudad del noroeste, íbamos a sus orígenes, a su lugar de nacimiento. Su tío, el único que aún vivía, había muerto. Ninguna sorpresa, era ya un hombre anciano, de esas personas que por su edad y su silencio dudas, en las contadas ocasiones en que te vienen a la cabeza, si aún siguen entre nosotros.

Mi padre, aunque no se llevaba mal con él, dejó de visitarle hacía tiempo, como a toda la familia que aún le quedaba en provincias. Le noté, desde que me dio la noticia y decidí acompañarle para que no se sintiera tan solo –a pesar de su insistencia en que no lo hiciera–, con una tristeza profunda, de la que surge de los recuerdos del pasado, los que no se desea que afloren a la superficie.

Las puertas se cerraron con los sonidos tan característicos de los sistemas hidráulicos y el tren echó a andar con el movimiento suave y preciso de la nueva ingeniería ferroviaria. El vagón no iba ni a la mitad de su capacidad, transportando en su mayoría a hombres de mediana edad en traje, profesionales de algún campo indeterminado entre la arquitectura y las finanzas; una pareja de jubilados, ella gruesa y muy peinada y él enjuto y silencioso; una chica joven, no sabría si turista o estudiante. Ni el destino –ciudad de piedra húmeda y antigua–; ni el mes del año, frío y desapacible; ni lo insulso del día de la semana daban para unos compañeros de viaje más exóticos.

 – ¿Qué dicen? ¿Le van a meter en la cárcel o qué? –dije mirando la foto del diario doblado que sostenía mi padre con un cierto desdén.

– Hijo, el día que alguno de estos vaya a la cárcel te invito a comer en el lugar más caro que conozcas.

– Conozco un par de sitios, pero ni siquiera son caros –y pensé en lo siguiente que decir–. Es curioso, en estos trenes no se sienten las vías, parece que fuésemos flotando –mi padre dejó el periódico en sus rodillas y me miró.

¿Qué quieres preguntarme? No hace falta que me des conversación, estoy bien.

– ¿Seguro? Mira, ya sé que no te apetece ver a nadie de por allí arriba, y me parece bien que ni quieras hacer noche, pero si necesitas contarme algo, o hablar de lo que sea, aquí estoy –aquello se me daba francamente mal.

– Estoy bien, hijo, pero gracias –me puso la mano en la pierna.

Capté el mensaje a la primera. Mi padre siempre había sido un hombre afable, pero no le había hecho falta casi nunca repetirme las cosas dos veces. Aunque tenía un libro esperando en la cestilla que colgaba del asiento delantero me levanté para ir a la cafetería. Los trenes siempre habían tenido un componente extrañamente novelístico y, por muy rápido que fueran o muy modernos que se hubieran vuelto, aún conservaban, al menos en este país, esa sensación aprendida de relato de posguerra: cielos grises, gente silenciosa y destino incierto.

Llegué a la cafetería y saludé con un buenos días a la chica que hacía de camarera detrás de la barra. Me sonrió mientras sacaba unos bollitos de una caja y los colocaba en unos estantes detrás de ella. La ciudad hacía rato que se había perdido y el paisaje era ya de pinos serranos y rocas surgiendo de la tierra húmeda, como hitos naturales recordando lo vivo del entorno. El café humeaba y se movía como si estuviéramos en un barco a la deriva sobre aguas tranquilas. Removí el azúcar con una de esas cucharillas de plástico inútiles y aproveché el primer momento en que vi a la camarera algo menos ocupada:

– Poca gente ¿no?

– Sí –sonrió de nuevo, profesional pero cercana, no le importaba que le hablara– tan pronto, en diario, en esta línea, no solemos tener muchos viajeros.

– Mejor así, más tranquila.

– No se crea. Cuando hay gente y estás atendiendo las horas se pasan más rápido.

– Ya, claro. Una pena que no se pueda fumar –y señalé el vaso con la mirada–. Es uno de los pocos atractivos que puede tener tomar café en un vaso de plástico.

– ¿No está bueno? –Y percibí un ligero toque de ironía, lo justo para que la duda permaneciera.

– Está todo lo bueno que puede estar. Soy yo, que respecto al tabaco soy de costumbres férreas –el tren entró en un túnel y el ruido del movimiento se hizo más patente.

– Fumar es muy malo. Yo no llegué a trabajar cuando se podía, pero alguna compañera más mayor me ha contado que el vagón parecía una sauna, debía ser horrible. Usted debería dejarlo.

– Debería. No me trates de usted, no soy tan mayor –quizá a ella sí le parecía mayor.

– Política de la empresa, tratamos a todo el mundo de usted.

Entraron un par de hombres con traje, pidieron algo y se fueron a la parte más alejada. Uno hablaba y le cogía del brazo al otro, para afirmar sus palabras; el otro escuchaba, asentía y apostillaba con "ya". Hablaban de algún compañero de trabajo, al cual el orador parecía no soportar.

– Oye, perdona la pregunta ¿cómo es esto de trabajar en un tren? ¿Hacéis noche en la ciudad de destino? ¿Volvéis?

– Volvemos, claro, esto no es una línea aérea, no vamos tan lejos –volvió a sonreír y me pareció que, aunque no podría fumar hasta tres o cuatro horas después, iba a necesitar otro café, me estaba haciendo también adicto a esa boca–... y si no está muy lejos pues pueden ser dos o cuatro trayectos... –además también tenía los ojos bonitos–… y vamos cambiando las semanas pares –incluso el uniforme de trabajo le sentaba bien–… es entretenido; mejor que estar en una oficina.

– Perdona que te pregunte, es que soy escritor –mentí.

– ¿Ah, sí? Qué profesión tan bonita. Yo ahora me estoy leyendo un libro sobre los cátaros, de una catedral que... –era evidente que tenía un gusto convencional para los libros–… entonces el protagonista descubre que hay un mapa en... –un gusto horrible, como casi todos, pero decidí perdonárselo–... y creo que se ha enamorado de la chica, pero ella es la mala.

– Como yo, casi.

– ¿Perdón?

– No, que como yo, que veo que también te gusta leer.

– Ah –y arrastró la 'A' señalando mi confusión premeditada.

– Creo que voy a meter en el libro que estoy escribiendo ahora el personaje de una chica que trabaja en un tren.

– Ya, como yo ¿no?

– Como tú, exactamente. Pero voy a necesitar documentarme más, claro.

– Si quiere puedo llamar a mi supervisora, que ella seguro que le puede contar más cosas.

– Creo que prefiero la experiencia directa de alguien que lleva menos tiempo trabajando. ¿Sabes?, cuando conocemos algo o a alguien por primera vez nos fijamos en muchos más detalles que si lo tenemos muy visto.

– Sí, en cada trayecto suelo encontrarme con un escritor o un director de cine que me dice algo parecido –y me miró como quien sabe que ha ganado pero que perdona la vida a su contrincante por una extraña simpatía. Tomé aire lo más rápido que pude.

– Seguro que no son tan buenos observadores como yo.

– Seguro.

– No te molesto más, vuelvo a mi asiento, ¿vale?

– Como usted quiera, cerramos quince minutos antes de que el tren haga su última parada. Que tenga un buen viaje... y que encuentre la inspiración que necesita.

Volví hacia mi asiento un par de vagones más adelante lamiéndome las heridas, pero con esa sensación tan agradable del flirteo con el desconocido que ha dado resultados, aunque no fueran los esperados.

Me tuve que detener en el pasillo, un hombre bajaba una pequeña maleta, parecía que íbamos a llegar a la primera estación. Me fijé en un niño que jugaba con el móvil de su madre, demasiado pequeño para que el juego le saliera como él quería. Ponía caras de esfuerzo mordiéndose la lengua y girando la pantalla al tiempo que se giraba él mismo. La madre le despachaba con un "Estate quieto", sin mirarle, concentrada en un cuaderno de pasatiempos con la portada de una playa tropical. Al llegar vi que mi padre estaba dormido y, previsor, se había desplazado hacia el asiento de la ventanilla para que no le molestara al llegar. Me senté con cuidado y cogí el libro, me lo había regalado unos días antes un buen amigo.

El escritor que se asomaba en la contraportada tenía un aspecto entre patibulario e inteligente, una mezcla de veterano de guerra del Vietnam y ángel del infierno. Las diferentes citas de críticas que se habían elegido prometían tarados del sur profundo americano, violencia y lirismo lumpen conmovedor. Comencé a leerlo, saltándome el prólogo, que siempre dejaba para el final, como una tertulia de programa de cine entre señores que aparentan saber mucho buscando la frase más ingeniosa. Al cabo de un rato me entró también el sueño, me eché el abrigo por encima, más que por una cuestión de temperatura, por sentir una sensación de extraña protección. En la pantalla suspendida sobre la puerta del vagón aparecía un cómico muy conocido haciendo el payaso, dejé caer los párpados entre aquellas astracanadas.

Soñé con mi casa, aunque no fuera mi casa. Llena de gente desconocida que parecía estar reunida celebrando algo sin mucha emoción. Reconocí a algunos amigos, personas a las que no veía hacía siglos. Estaban muy desmejorados, más que enfermos, consumidos por algún tipo de mediocridad vital contagiosa. Uno de ellos empezó a beber más de la cuenta y se cayó arrastrando consigo una mesita llena de botellas y vasos de plástico. El espectáculo era bochornoso e incómodo. Mientras que le ayudaban a levantarse el borracho pedía perdón entre risas nerviosas. Me fui a la calle, huyendo, procurando que nadie se enterara de que me largaba de mi fiesta. Por el pasillo, como de un hotel, con moqueta y lámparas de pared decimonónicas, me encontré con alguien que no conocía pero que me preguntó por qué me iba. Yo le mentí y le dije que iba a por más hielos. Se veía el interior de mi casa a través de unos cristales traslúcidos de oficina, parecía que se había organizado algún tipo de pelea. Ya en la calle vi que no era mi barrio, sino una población costera del norte, pero no me llamó la atención lo más mínimo en esa esquizofrenia consentida de lo onírico, donde cambiamos todo al nivel de la locura pero no le damos mayor importancia. Tenía que llamar a alguien desde una cabina prácticamente a pie de playa, pero o bien no tenía monedas o bien no veía los números, o estos se cambiaban de sitio en el teclado. Me senté desesperado en el suelo. Una chica pasó y me entregó un colgante. Si mirabas a través de él podías ver a quién quisieras, me dijo. Yo arrojé el colgante con rabia hacia la arena. Al darme cuenta de que lo había perdido para siempre, me arrepentí.

Casi sentí alivio al despertar y ver que estaba de nuevo en el tren. La película acababa de terminar, los títulos de crédito se desplazaban por la pantalla en negro.

– Sigues hablando cuando estás dormido, como cuando eras pequeño –me dijo mi padre, con mi libro entre las manos– ¿Qué has soñado? Nada bueno seguro, qué cosas más raras lees, hijo...

– Hola, uf, sí, perdona... –acerté a decir incorporándome.

– No, nada, a mí no me ha molestado, pero –se acercó para poder hablar en bajo– la gente del vagón te miraba raro, se han ido la mitad –y lo dijo con complicidad de padre.

– Venga, papá, no me jodas, me estás vacilando.

– Algo así, no te preocupes, todavía puedes recuperarte hasta que lleguemos, ya hemos pasado Valladolid.

– ¿Hablaste con tus primos por si alguno nos venía a recoger?

– No, cuando hablé con ellos no dije nada. Ellos tampoco se ofrecieron.

– Bueno, cogemos un taxi y llegamos en un momento, me imprimí el mapa, es un cementerio nuevo que han abierto por la carretera del norte, cruzando el río.

– Ya sé cuál es. Lo abrieron hace un par de años. Estuve cuando enterramos a Juanito. Ya dos años... joder... –acabó mi padre pensativo.

– Ese fue compañero tuyo en el partido, ¿no? ¿De qué murió?

– Un infarto. Se acababa de jubilar y el día antes había ido a comprar unos billetes para irse al Caribe.

– Joder, ya me acuerdo. Menuda papeleta, pensar irte de viaje con tu mujer y...

– ¿Con la mujer? –y mi padre me miró por encima de las gafas, volviéndole a los ojos ese brillo de la chanza que ya conocía– se iba a ir solo el muy cabrón, decía que tenía allí a una amiga, que su mujer era una bruja y sus hijos unos imbéciles –y me agarró el brazo– ¡Qué golfo y qué vivo el Juanito! –se doblaba de risa y asentía con la cabeza–. Decía, me contaron, que les iba a dejar la mitad del dinero, que era lo único que querían, y que se iba a ir y nadie le iba a echar de menos. Y ya ves, al final se fue pero no donde pensaba...

– ¿Y la familia lo sabía?

– Yo creo que sí. No sé si sabían de la huida, pero que no se aguantaban lo sabía todo el mundo. Juanito me contó una vez que su mujer también se veía con uno, pero que a él ya ni le importaba. Que mejor, que así ni se tenía que acercar.

– Vaya pandilla, papá, no me jodas, eso no está bien, hombre –me quise poner adulto y moralista, pero sólo con la intención de que siguiera, aquello parecía divertirle.

– Venga, ahora me has salido cura o qué. Lo que no está bien es que se casara con aquella niña bien de los cojones. Por muy buena que estuviera, que lo estaba, tampoco te voy a decir que no. Ya sabes cómo eran antes las cosas.

– Ya –le di cuerda.

– La familia de ella al principio, por muy comunista que fuera el Juanito, le dio igual porque le iba bien en la empresa que montó. Pero desde que cerraron la fábrica de coches, que era al final de lo que vivía media ciudad, hubo menos dinero para los caprichos de Doña Rubia –mi padre llamaba así, por defecto, a cualquier mujer conservadora de mediana edad, aunque fuera morena– y le empezaron a joder por todos los lados. Y los hijos igual, unos malcriados. Hijo, la ideología es algo más que política...

Y la vida algo más que ideología, ¿no?

No, y lo sabes, aunque me lleves la contraria. Mírate tú.

– ¿Yo?

– Sí, tú. Si fueras de otra forma, o yo te hubiera educado de otra forma, en vez de estudiar lo del teatro te habrías metido a abogado o algo así, y ahora vivirías en una casa grande, con un perro y todo eso que dices que odias.

– Y sería un infeliz, con una casa muy grande, pero un infeliz.

– Pues ya está. La ideología y la vida son lo mismo. Mira tu abuelo –Y pensé que por fin llegábamos a donde había querido llegar en estos días desde que nos llamaron para anunciarnos la muerte de su tío.

– Pero es que lo del abuelo fue muy fuerte, de otros tiempos mucho más duros.

– Y yo lo viví y por eso salí como salí. Si ya te lo he contado muchas veces, que no es que perdieran, que ya tuvo que ser jodido, lo peor vino después. Primero la cárcel, que ya le dejó enfermo al pobre para toda su vida. Y luego la humillación que estos grandísimos hijos de puta le hicieron pasar día tras día en esa ciudad de mierda de curas y viejos y árboles podridos.

– Papá, habla bajo –había empezado a subir la voz y le conocía, le hubiera tranquilizado pero prefería que soltara todo ahora y no en el entierro y liara alguna de las suyas.

– Si es verdad, si alguien lo oye y no le gusta ¡que se joda! Lo que no soporto es que después de todo aquello, de lo que pasó él y lo que pasé yo, que tampoco fue poco, los hijos de mi tío salieran tan gilipollas como han salido, joder.

– ¿Tus primos?

– Sí, mis primos. Pero si de pequeños pasamos la misma miseria ¿o es que ya no se acuerdan? Cuando me pillaron y me dieron lo mío en la DGS, quien vino a sacarme fue el mismo hombre al que vamos a enterrar hoy que, siendo más flojo de lo que lo había sido su hermano, mi padre, por lo menos sabía lo que era la familia, lo que suponía ayudarnos entre todos, y yo bien que se lo agradecí. Que si no, no sé siquiera si tú o yo estaríamos hoy aquí.

– La gente cambia y después de la guerra supongo que a los pequeños les tocó adaptarse y decir que sí a todo. Con el abuelo en la cárcel y todo aquello...

– Pero si yo no digo que no, pero los valores no hay que perderlos nunca, ni agachar la cabeza, joder. Que tuvo que hacerse el tonto para que le dieran un trabajo, pues bien; pero que en su casa hubiera dicho la verdad, ¿o no? ¿O yo a ti te he ocultado algo o he querido que pasaras de todo?

– No, pero erais de otra generación. Y aunque tú también lo pasaste mal los de tu generación veíais la luz al final del túnel y tu tío, sin embargo, ya tuvo el miedo en el cuerpo para el resto de sus días. Además te recuerdo que más de una vez la hemos tenido cuando empecé a ir yo a manifestaciones.

– No, siempre te he dicho que tengas cuidado, pero nada más. A tus hijos les puedes alimentar con todo menos con el miedo y el odio.

– ¡Eh! Para, no te me pongas ahora humanista. O sea, que resulta que yo no he mamado desde pequeñito lo de "estos cabrones" por aquí y "estos cabrones" por allá.

– Sí, pero eso no es odio, es verdad. Es verdad que son unos cabrones tanto como nosotros unos inútiles por permitir que todo siga como sigue. Mira, yo me fui de allí porque no aguantaba más ese ambiente a sacristía y cerrado, me fui a Madrid, y lo mío me costó. Porque a mí esa tierra me gusta, aunque no te lo creas, me gusta porque es donde nací y me da rabia el que ya no tenga ni el acento. Y eso duele, ya te lo digo yo, aunque tú no sepas lo que es.

– Bueno, así conociste a mamá.

– Claro, pero si no me arrepiento, si arrepentirse es de cobardes. Las cosas son como son, y en mi caso, si quieres que te diga la verdad, no me quejo. Pero a uno le daba rabia el volver y tener que hacer como si no hubiese pasado nada, o ¿es que ya no te acuerdas de cuando eras pequeño?

– Me acuerdo que desde que la montaste aquellas navidades ya no volvimos.

– Sí, volvimos.

– Ya, pero ya no tanto como antes. Y desde que murió la abuela, nada. Era yo un chaval.

– Cuando murió tu abuela, claro ¿qué querías que hiciera? Pues vender la casa y a tomar por culo, y mira que me dio pena, ¿eh? Pero a mí me dolía el tener que ver a gente de mi familia, con quien había compartido de pequeño lo poco que teníamos, volverse unos desmemoriados.

– Les fue bien.

– Y a Juanito le fue bien y nunca se volvió un imbécil, salvo por lo de la mujer, claro. Mi tío era un buen hombre, pero tuvo que ver cómo uno de sus hijos, mi primo, el Alfonsito, el muy gilipollas, que no tienen otro nombre, salía de concejal con los fascistas. ¿Pero tú no crees que eso es un insulto?

– Bueno, tampoco exageres con lo de fas... –la pregunta era retórica, no me dejó ni seguir.

– Mira hijo, qué no. Que a tu abuelo estos mismos se las hicieron pasar putas, y a mí, y a toda la familia. Y al final para qué, pero si ahora volvemos a estar igual...

– En eso llevas razón, lo que te digo –y aproveché que se había desfondado a insultos y mala leche– es que creo que nunca te lo tenías que haber tomado por lo personal. Que la política es una cosa y la vida otra, y más si está la familia de por medio.

No contestó a la primera, se quedó mirando serio la televisión, un documental en el que aparecían unas cebras corriendo por una sabana, en una especie de gran migración. Empecé a ver en el marcador de al lado de la puerta –en el que aparecía la hora, la temperatura y la velocidad– cómo empezábamos a ir más despacio.

– Mira papá, yo no digo que no tuvieras tus razones para cortar la relación con tus primos como hiciste, de verdad que no. Lo que digo es que las cosas a veces salen como salen, y no todos le damos la misma importancia a las mismas cuestiones.

– Puede ser... –me dijo sin mirarme, haciendo como que le importaban las cebras.

– Venga, hombre, no te enfades ahora, si lo que quería era tranquilizarte, hablar un rato. Perdona, a lo mejor no tenía ni que haber sacado la conversación.

– No te preocupes, si además no la has sacado tú. Si ya sé que me enciendo con estas cosas.

– Papá, ¿tú con Toni te llevas bien, o no?

– ¿Con qué Toni?

– Qué Toni va a ser, el del bar de la esquina, el de toda la vida.

– Sí, y qué.

– Pues que es más de derechas que el brazo incorrupto de Santa Teresa.

– Ya, y qué, pero ha tirado bien las cañas siempre y es un tío educado que sabe que conmigo de ciertas cosas mejor no hablar. Además en el barrio mal le iría si fuera encima pregonándolo. La gente lo sabe y ya está, todos tan amigos.

– ¿Pero entonces?

– ¿Entonces qué? El Toni es un camarero, no es de la familia. A lo mejor tiene hasta sus razones para ser de derechas, razones de besugo y de gañán, eso seguro, porque dime tú con el bar que tiene que se le cae a cachos; pero sus razones tendrá. Mis primos, a los que vamos a ver hoy, sin embargo, tenían muchas razones para no serlo. Y les dio igual, ¿y sabes por qué?

– ¿Por?

Por el puto dinero, hijo, por el puto dinero. Porque siendo de una determinada forma es difícil al final llegar a ciertos sitios. Y a estos les dio igual que a su primo, o sea yo, le molieran a hostias los de la político-social, que a  tu abuelo lo encerraran diez años en la cárcel como a un criminal, o lo que es peor, que a su padre le llamaran "el cagao" hasta que cumplió por lo menos los cuarenta.

– ¿Cómo?

– Ves como siempre hay cosas que no se saben y que no se cuentan...

– Pues ya es hora, ¿no?

– Cogieron a mi padre nada más que cayó el ayuntamiento, un par de días después del 18 de julio.

– Sí, el abuelo era concejal republicano, eso lo sé.

– No le fusilaron de milagro, porque a los socialistas y a los de la CNT se los llevaron a todos por delante. Tu abuelo se salvó porque al falangista que mandaba en las sacas le pareció que tu abuelo, aunque republicano, tenía pinta de señorito y debió ser que le dio reparo o algo, vete tú a saber.

– No, porque se lo llevaron al cuartel para que les cantara la lista completa de los afiliados en la provincia, que había sido organizador allí, hombre, si me lo has contado más de una vez.

– Sí, pero eso fue luego, y además no dijo nada. Se pasó los tres años de la guerra en la cárcel. Y luego en el juicio le condenaron a otros diez. Dijeron que como no tenía delitos de sangre que no lo mataban. En esos diez años, a mi tío, que era un crío que apenas había conocido a su hermano fuera de la cárcel, le cogieron entre tres o cuatro, una noche que volvía de hacer unos recados para mi abuela, y le metieron en una taberna de la Calle Grande. Allí le empezaron a hacer beber, a decirle que no se preocupara, que aunque fuera hermano de un puto rojo que no se asustara. Era un chaval, no tenía ni catorce años –vi que se le empezaron a poner los ojos rojos, hizo una pausa.

– Venga, tranquilo.

– Cuando ya le tenían caliente y medio borracho, delante de los pocos que quedaban en el bar, porque los que tenían algo de vergüenza o miedo se habían marchado, le dijeron que si sabía cómo se ganaba la vida su madre. Le dijeron que era puta y que cuando él estaba en el campo, deslomándose con catorce años, ellos iban y se la follaban.

– Joder, papá, lo siento, no quería...

– No, escucha, escucha cómo acaba. El más farruco, un cabrón que tendría cincuenta años por entonces, sacó la pistola que llevaba y se la dio al chaval, y le dijo que les metiera dos tiros si pensaba que mentían. Mi tío ¿sabes lo que hizo? Se cagó en los pantalones del miedo. Eso hizo, se cagó encima. Le estuvieron llamando así hasta que estos desgraciados se fueron muriendo, o la gente, con el tiempo, lo quiso ir olvidando.

Me quedé sin palabras, mirando por la ventana, deseando no haber conocido esa parte de la vida del hombre al que íbamos a enterrar. Vi la ciudad a la que nos dirigíamos a través de un recodo del talud que se levantaba al lado de la vía. La catedral, vieja como el tiempo, y sus agujas de piedra blanca coronaban la silueta.

– Parece que vamos a llegar –dijo mi padre–. Mira, te he contado esto para que me comprendas un poco mejor, para que comprendas por qué me fui a Madrid, por qué no me hablo con la familia que me queda. Pero sobre todo te lo he contado no para que creas que vivo en el pasado, en un odio a un episodio que ni siquiera viví, que un día me contó tu abuelo con la esperanza, detrás de la paliza que me dieron, de que dejara el partido y todo lo demás.

– Si te sientes un poco mejor me alegro, en serio, sé que no tiene que ser fácil, que no va a ser fácil verles la cara ahora. Pero comprende que era su padre, que ellos lo estarán pasando mal, mucho peor que tú y que yo.

– Lo comprendo, no creas que no. Y tranquilo, que no diré una palabra más alta que otra.

– Mira, además, todo aquello pasó hace mucho tiempo.

– Es verdad que pasó hace mucho.

– Lo tuyo, lo del abuelo, lo de tu tío. No digo que ahora las cosas estén bien, pero vamos, no estamos en esas ni por asomo, las cosas ahora son muy diferentes.

– Sí, las cosas son diferentes –dijo sin convicción.

El tren llegó a la estación y, aunque hacía años que no la veía, una sombra de recuerdo cruzó por mi cabeza, reconociendo las formas de metal forjado y los techos de cristal. La gente empezó a levantarse, algunos nos miraron al pasar.

Salimos del tren, yo primero y él después, andamos unos metros en busca de la parada de taxis. Mi padre se paró en seco.

– Hijo, me he olvidado de tu libro, me lo he dejado en el asiento, perdona.

– No te preocupes, aguántame esto –y le pasé el abrigo. Salí corriendo hacia el tren–.

Localicé el vagón y le dije al revisor que por favor esperara, que me había olvidado algo dentro –el tren seguía aún más al norte, hacia una ciudad ya costera–. Me dijo que aún faltaban unos minutos, que no me preocupara. Pasé al vagón, ya semivacío. Antes de llegar escuché a los dos que estaban sentados delante de nosotros, riéndose, hablando de algo:

– ¿Cómo decía?, "El Cagao", ja, ja, ja. Menuda historia que ha contado el caballerete.

– Estos siempre están igual, llevan llorando toda su puta vida.

Odio y rencor, si es de lo que viven, ¿No ves ahora la que le están montando al gobierno?

Unos rojos de mierda, eso es lo que son.

Cogí el libro, no se percataron ni de que había vuelto. Salí por el pasillo y al llegar a la puerta me detuve y me giré, con ganas de volver y decirles algo. El revisor, al verme parado me urgió a salir, el tren tenía que marchar.

Anduve despacio hasta el vestíbulo de la estación pero no vi a mi padre. Salí a la calle y estaba hablando con un hombre más o menos de su misma edad. Me acerqué con el libro en la mano y el estómago revuelto. Él me tendió el abrigo, me dijo que me lo pusiera, que hacía frío.

– Mira hijo, este es Tomás, un amigo, nos va a acercar él.

– Hola, ¿cómo está? –le tendí la mano.

– Tanto gusto –me dijo el hombre con una expresión y un acento que hacía años que no escuchaba–. ¿Cómo marchó el viaje?

– Bien, se ha hecho corto. ¿Qué venía, en el mismo tren?

– No, acabo de dejar a mi hija, que vive en Madrid y salía ahora para allá, por eso estaba aquí. Pues que descanse en paz –dirigiéndose a mi padre– vaya faena.

– Es ley de vida –dijo mi padre, adaptándose al terreno.

– Eso es, el Señor manda y el Señor dispone, y mientras, lo mejor que podamos.

– Claro que sí, qué se le va ha hacer –y nos pusimos a andar hacia el coche.

– ¿Has visto cómo ha cambiado todo, no? –me dijo mi padre– ya verás ahora, cuando rodeemos en coche la ciudad, la cantidad de pisos que han hecho por las afueras.

Ya, ya veo. ¿Sabes, papá?

– ¿El qué?

Que a lo mejor tenías razón. A lo mejor hay cosas que nunca cambian.

Mi padre me miró serio, metiendo los abrigos en el maletero, sin entender del todo bien lo que quería decirle o por qué se lo decía, pero asintió con la cabeza sin hacer más comentarios. Nos metimos en el coche y mi padre y su amigo hablaron de la mejor forma de llegar al cementerio.

Salimos a una carretera de circunvalación. A la derecha la ciudad, nuevos pisos, la mayoría parecían vacíos. A la izquierda un campo inabarcable y llano. Vi a lo lejos unas aves grandes, volando en círculos. Me parecieron buitres más que águilas, acechantes de algún animal muerto o moribundo, alguna res dando sus últimos estertores, echada sobre la tierra fría. Y entonces sentí, más que piedad, frío en los huesos.

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