Comparando la España imperial con los EE.UU.: Una historia de dos Historias (Parte IX)

Dr. Lajos Szaszdi analista político

El señor James P. Pinkerton, autor y comentarista político de Fox News, cita en su artículo una descripción de los conquistadores españoles que se acopla a su opinión de los españoles de la época de la conquista de América como culturalmente belicosos y sanguinarios: "El caballero cubierto de cota de malla, blandiendo su lanza ensangrentada, y montado en su caballo de guerra, cabalgando sobre los nativos indefensos…". La cita es tomada de la obra del eminente y distinguido historiador e hispanista estadounidense William H. Prescott, titulada en español 'Historia de la conquista del Perú' y que fue publicada en 1847. Pinkerton cita a Prescott en su  artículo titulado 'Yesterday’s Spain, Today’s America' ('La España de ayer, la América [EE.UU.] de hoy') publicado en la revista norteamericana 'The American Conservative' ('El conservador americano').

Esta imagen dada por Prescott y tomada por Pinkerton para describir a los conquistadores españoles no cuadra por ejemplo con los sucesos de Cajamarca, ciudad peruana del imperio inca en donde el 16 de noviembre de 1532 la pequeña fuerza de conquistadores españoles bajo el mando del gobernador Francisco Pizarro desbarata un gran ejército inca y apresa al Inca Cápac, al Emperador Atahualpa de los incas, en un temerario golpe de mano. Los conquistadores bajo Pizarro eran en total unos 170, de los cuales unos 40 formaban la caballería y el resto eran infantes de a pie. Cuando Pizarro con su pequeña hueste llega a Cajamarca el viernes 15 de noviembre de 1532, el Inca Atahualpa, que acababa de vencer a su medio hermano el Inca Huáscar en la guerra civil que aquejó al imperio inca por su trono (Huáscar había sido derrotado y apresado meses antes por Chalcuchima, general inca leal a Atahualpa), se hallaba en las cercanías de la ciudad acampado con un gran ejército, cuyo campamento era según el cronista español de Indias Pedro Cieza de León como una ciudad de tiendas de campaña. Francisco Pizarro envió a Hernando de Soto –el futuro explorador del sureste de EE.UU. que llegó al Río Misisipi en 1541–  junto con 24 hombres a caballo a modo de embajada para ir al campamento de Atahualpa y pedirle que fuese a Cajamarca a verse con el gobernador Pizarro. Este también envió a su medio hermano Hernando Pizarro junto con unos hombres más a caballo para apoyar la embajada de Hernando de Soto. Pedro Pizarro, primo hermano por parte de padre de Francisco Pizarro y cronista e historiador que estuvo presente en los hechos que aquí se relatan, dijo que Hernando de Soto fue a ver al Inca Cápac con 20 soldados a caballo. Según el cronista de Indias e historiador Gonzalo Fernández de Oviedo, Hernando de Soto fue con 20 hombres a caballo, seguido después a modo de refuerzo por Hernando Pizarro con 20 hombres a caballo más. Atahualpa accedió a verse al día siguiente con Francisco Pizarro en Cajamarca, donde se hallaban todos los españoles.

De acuerdo a Pedro Pizarro, Atahualpa le dijo a Hernando de Soto que iría al día siguiente a Cajamarca y que le dijese a Francisco Pizarro y los españoles que "le pagarian el desacato que auian [habían] tenido en tomar unas esteras de un aposento donde dormia su padre Guaina Capa quando era vivo" y que le devolviesen todo lo que habían tomado y comido (de sus dominios) y que lo tuviesen todo junto para devolvérselo cuando él llegase a Cajamarca al día siguiente. Esto lo dijo Atahualpa porque en el imperio inca esencialmente todos los bienes, las tierras y las personas que en este había le pertenecían al Inca Cápac. Realmente, esta exigencia del Inca Atahualpa, imposible de cumplir con tan solo lo referente a la comida  -y la bebida- que los españoles habían consumido hasta el momento, no le daba otra opción a Francisco Pizarro y sus hombres que la de actuar dando un golpe como hicieron, so pena de haber sido matados por los incas o de haber sido forzados a ser sus siervos.

Retrato idealizado del Inca Atahualpa, medio hermano de Huáscar. Ambos fueron hijos del Inca Huayna Cápac. Tras morir este y su heredero designado probablemente de viruela, el imperio inca quedó sin soberano. Contrario a lo que se suele decir, el cronista de Indias e historiador Pedro Cieza de León confirma que Atahualpa nació en el Cuzco, probablemente basándose en fuentes cuzqueñas, siendo su madre una prima hermana de Huayna Cápac. Después de que Huáscar es declarado Inca Cápac por sus seguidores y envía un ejército contra Atahualpa que se hallaba en Quito, este es declarado también por sus seguidores Inca Cápac.

 

Como prueba de la dureza del Inca Cápac, este -según Cieza de León- mandó ejecutar a más de 40 de sus hombres que se asustaron y retrocedieron o se cayeron del asombro y susto cuando durante su embajada, Hernando de Soto, que nunca se bajó del caballo, se le acercó de repente galopando con su corcel delante del mismo Atahualpa para impresionarlo en su uso del caballo. Tan cerca llegó Hernando de Soto del Inca Cápac de manera súbita que el resoplar de su caballo soplaba "la borla que tenía en la frente" Atahualpa (la borla se llamaba mascaipacha y la portaba solo el Inca Cápac bajo una banda tejida trenzada llamada llanto o llauto). Atahualpa según los españoles presentes no se inmutó y mantenía una serenidad "como si su vida toda hubiera gastado en domar potros". Pedro Pizarro relata que por el galope y frenazo repentino del caballo que montaba Hernando de Soto, unos incas que estaban sentados al lado de Atahualpa se levantaron del miedo, por lo que este les castigó haciendo matar no solo a los que mostraron temor ante el caballo levantándose, sino también a sus 'caciques' o jefes y a sus mujeres e hijos, "por poner temor a su xente que no huyese ninguno al tiempo del pelear" contra los españoles.

Los 'caciques' que mandó ejecutar Atahualpa pudieron haber sido jefes militares de los que mostraron temor ante el caballo brioso de Hernando de Soto, pudiendo haber incluido –de haber sido ese el caso– a unos chungacamayoc, los guardianes de 10, los capitanes de una unidad de diez soldados incas, o a un pichca chungacamayoc, el guardián de 50, el comandante de una unidad de 50 soldados incas que pudo haber quedado deshonrada por el suceso.

Según Cieza de León, Atahualpa planeaba entrar con parte de su ejército en Cajamarca y rodear la ciudad con la mayor parte del mismo para atacar a los españoles y matarlos o capturarlos. El cronista de Indias Gonzalo Fernández de Oviedo también relata que Atahualpa tenía planes de atacar por sorpresa a los españoles de Francisco Pizarro aposentados en Cajamarca. Según Cieza de León, Atahualpa había enviado desde su campamento en Cajamarca a uno de sus nobles, uno de los llamados orejones (así llamados por las orejeras que por su rango llevaban y expandían sus orejas), como espía haciéndose pasar como uno de los indios que servían a los españoles para contar cuántos de estos había y el número de sus caballos, regresando después al Inca Atahualpa para informarle de lo que había visto. El espía le dijo a Atahualpa "que creía que" de reunirse un gran número de guerreros incas "les sería fácil matarlos a todos, pues eran tan pocos" los españoles. Según Pedro Pizarro, este noble orejón inca y espía de Atahualpa le había informado al Inca Cápac que los españoles eran hasta unos 190, de los cuales aproximadamente 90 iban a caballo (al parecer ese número o 200 era la fuerza que realmente tenía Francisco Pizarro en Cajamarca de acuerdo a su primo hermano). Pero le informó mal a Atahualpa de forma que le hizo confiarse, según Pedro Pizarro, al decirle que los españoles eran unos "ladrones haraganes", al parecer confundiendo los caballos con especies de camélidos andinos (como las llamas o alpacas), diciendo que debían de prepararse "muchas sogas" para atrapar a los hombres de Pizarro porque como "benian muy medrosos" (temerosos, miedosos), al ver la mucha gente armada del Inca Cápac tratarían de huir.

También los nobles orejones en el campamento de Atahualpa en Cajamarca habían hablado de capturar a los españoles de Pizarro por ser tan pocos para usarlos como yanaconas, la servidumbre del Inca Cápac. Según Cieza de León, antes de que llegase Pizarro y su pequeña hueste a Cajamarca, Atahualpa había dispuesto que su general Rumiñahui junto con 1.000 guerreros incas armados de boleadoras estuviesen listos para apresar con dichas armas a aquellos españoles que intentasen huir del valle de Cajamarca de haberse escapado del ataque que el Inca Cápac tenía planeado contra ellos. De acuerdo a Pedro Pizarro, Atahualpa puso a su general Rumiñahui al frente de 20.000 guerreros provistos de "muchas sogas" para atrapar a los españoles que intentasen huir al día siguiente, 16 de noviembre, de Cajamarca por creer que la gente de Francisco Pizarro trataría de ponerse en fuga tras tan solo ver la gran masa humana del ejército inca. Esta intención de atacar a los conquistadores no debe de sorprendernos, ya que al fin y al cabo Pizarro y sus hombres eran invasores del imperio inca, conquistadores que tomaban lo que querían, sin diferenciarse en ese sentido de los macedonios y demás griegos de Alejandro Magno al invadir el imperio persa, sin diferenciarse tampoco de los romanos o de los vikingos, excepto que los españoles eran cristianos y los otros paganos.

Ese día 16 de noviembre en Cajamarca, según el cronista Cieza de León iba en un suntuoso séquito Atahualpa en andas, sostenido por miembros de la más alta nobleza inca, rodeado también por los llamados orejones, los nobles incas y por miembros de la guardia imperial, armados abiertamente como dice Fernández de Oviedo. Cabe indicar que se cree que el cuerpo de ejército de élite de la guardia personal del Inca Cápac estaba compuesto por unos 10.000 soldados escogidos que podían combatir como una sola formación, que también proporcionaba a los oficiales de todo el ejército. Precediendo al cortejo del Inca Atahualpa iba un cuerpo de 12.000 hombres formados en escuadrones (según el relato de Fernández de Oviedo este cuerpo habría estado formado por 3-4 escuadrones), que llevaban sus armas escondidas debajo de sus "camisetas de lana" –quizás onkas, túnicas sin manga de lana que llegaban hasta la rodilla, armas que incluían hondas y bolsas con piedras para lanzar, mazos con remates de bronce en forma de estrella con puntas "agudas y largas" y boleadoras–. Cieza de León dice sobre los soldados incas del cuerpo de vanguardia que "muchos millares de ellos se pusieron unas coracinas de hoja de palma, y nudo tan fuerte, que la lanza y espada hallara dura", llevando puesta esta forma de armadura también debajo de las camisas. Lo de las armas escondidas lo confirma Fernández de Oviedo, basándose en lo que vio un mensajero español que Francisco Pizarro le envió a Atahualpa poco antes que este entrase en Cajamarca con su séquito. Este español, que sería el que Cieza de León nombra como Hernando Aldana, dijo sobre los incas del cuerpo de vanguardia, según Fernández de Oviedo, "que la gente que en la delantera venian, traian armas secretas debaxo de las camisetas, vestidos jubones fuertes de algodón, é talegas escondidas de piedras, é hondas, é que le paresçia que no venian de buena intençion” (Los "jubones fuertes de algodón" eran probablemente similares en concepto a los ichcahuipilli, las armaduras acolchadas de algodón y yute de los aztecas).

Tras estos iban 5.000 hombres armados de boleadoras, cuya misión era atacar también a los caballos de los españoles para hacerlos caer. Detrás del Inca Cápac y su séquito iba el grueso de su ejército con 70.000 soldados y 30.000 personas "de servicio" como portadores que no incluía a las mujeres, de acuerdo a Cieza de León. Este da también el estimado de que había más de 400 guerreros incas por cada español en Cajamarca (según Fernández de Oviedo los españoles en Cajamarca estimaron 500 incas por cada uno de ellos). Estos números no han de sorprender, pues hay noticias de que hubo ejércitos incas de 70.000 hasta 250.000 guerreros. En Cajamarca el ejército de Atahualpa habría totalizado según las cifras dadas por Cieza de León unos 87.000 hombres de guerra, quedándose la mayor parte fuera de la ciudad por falta de espacio al haberse ya llenado su plaza con los que acompañaban primero al Inca Cápac.

Mapa del camino real o camino del Inca cuya longitud de 5.200 km o 6.800 km comunicaba los confines del imperio inca de norte a sur. Al noreste de Tumbes en el Golfo de Guayaquil se aprecia la Isla Puná.

 

Según Pedro Pizarro, el ejército inca en Cajamarca era de más de 40.000 guerreros. El cronista Fernández de Oviedo relata que los españoles al visitar el campamento de Atahualpa estimaban su ejército en más de 30.000 hombres de guerra. Otros españoles concluyeron que el ejército inca en Cajamarca era de más de 40.000 guerreros. Estos fueron descritos como "bien dispuestos", jóvenes y fuertes y pintados de colores de guerra como el rojo y el negro (el estar pintado de negro era distintivo que se había matado a uno o más enemigos, dependiendo de la parte del cuerpo que estaba pintada). Y delante de cada tienda de campaña en el campamento inca de Cajamarca los soldados de Atahualpa tenían sus lanzas hincadas en el suelo, siendo estas lanzas largas "como picas", que de acuerdo a otra fuente tenían 2 metros de longitud y llevaban puntas de cobre o de hueso (en contraste, la lanza de los conquistadores españoles a caballo era de entre 3 a 4 metros de largo con punta de acero).

El Inca Atahualpa les dijo en la plaza de Cajamarca al fraile fray Vicente de Valverde y a su traductor el indio Felipillo, miembros del grupo de Francisco Pizarro, usando las palabras de Cieza de León, "que dijesen a Pizarro que no pasaría de aquel lugar donde estaba hasta que le volviesen y restituyesen todo el oro, plata, piedras, ropa, indios e indias con todo lo demás que le habían robado". Esto dijo Atahualpa después de haber tirado al suelo la Biblia que Valverde le había dado a petición suya, como relata también Fernández de Oviedo. También según este cronista, Atahualpa concluyó su conversación con el fraile con estas palabras: "No partiré de aqui hasta que todo [lo robado] me lo traygan delante".

Después de decirle a fray Vicente de Valverde lo que le exigía a los españoles, Atahualpa se puso de pie sobre las andas como dijo Fernández de Oviedo y se dirigió a su gente congregada en la plaza de Cajamarca, según Cieza de León, para inducirles a la ira contra los españoles, hablándoles usando las palabras del cronista de "que los cristianos en menosprecio suyo, habiendo forzado tantas mujeres y muerto tantos hombres, y robado lo que habían podido sin vergüenza ni temor, pedían paz con pretensión de quedar superiores; que ellos dieran gran grita sonando sus instrumentos". Esto de que Atahualpa le ordenaba a sus hombres congregados en la plaza de Cajamarca de que iniciasen un gran ruido con sus instrumentos pudo haber sido el preludio al ataque sorpresa que planeaba contra Pizarro y su gente. Según Terence Wise en su librito 'The Conquistadores': "Los Incas abrían sus batallas con una cacofonía intimidatoria de sonido de una mezcla de tambores, caracolas, flautas y pitos…" para asustar al enemigo.

Dibujo coloreado del cronista indígena peruano del período colonial Felipe Guamán Poma de Ayala, mostrando al Inca Atahualpa en la plaza de Cajamarca cuando fray Vicente de Valverde le leía el requerimiento por el cual le pedía que se hiciese cristiano y aceptase someterse a la soberanía del Rey de España. Atahualpa aparece llevando puesto un casco de general inca.

 

Tras escuchar lo que el Inca Cápac le demandaba a Pizarro, fray Valverde le dio a entender a este que había que actuar, por lo que le esperaba a los españoles de no hacerlo, y es tras ello que Pizarro dio la orden de atacar. Cabe señalar que las quejas de Atahualpa habían de empezar el momento que Pizarro y sus hombres pusieron pie en territorio del imperio inca, en la ciudad de Tumbes en la costa norte peruana. Aunque aliados de los españoles contra los indios de la Isla Puná, sus enemigos, los indios tumbesinos planearon darle muerte a Pizarro y su gente después que estos llegasen a Tumbes tras dejar la Isla Puná. Y así, a dos españoles que llegaron primero en balsa de la Puná hasta Tumbes, uno de ellos posiblemente un menor de edad adolescente por la descripción de Cieza de León, bajo el ardid de que les iban a dar aposento, los tumbesinos los apresaron, les sacaron a los dos españoles los ojos, les cortaron los miembros estando vivos y los pusieron dentro de "unas ollas puestas grandes con gran fuego" donde recibieron una muerte lenta. En castigo por estas muertes Pizarro envió a sus hombres a buscar tumbesinos para castigarlos, habiendo huido la población de la ciudad por temor a la represalia española, al parecer escondiéndose muchos en los manglares. Unos pocos indios fueron muertos, otros más pero sin ser muchos fueron capturados, habiendo mucho saqueo por parte de los enfurecidos conquistadores. Para no tener más pérdidas los jefes tumbesinos pidieron hacer la paz con Pizarro, pidiendo perdón por haberle matado sus dos hombres. Pizarro accedió a esto, necesitado que estaba de guías, de portadores de su bagaje y de servidores, y probablemente para no tener enemigos a sus espaldas en su marcha dentro del imperio inca.

Sin embargo, Cieza de León relata que los tumbesinos enviaron mensajeros a Atahualpa en Cajamarca para quejarse del trato que habían recibido de los españoles. Sin duda los tumbesinos habrían informado también al Inca Cápac de cómo la resistencia de los indios punáes, sus enemigos, fue aplastada en combate por los españoles, sin estos apenas sufrir bajas. La acción punitiva de Pizarro contra los tumbesinos, a los que calificó de "traidores", hay que ponerla dentro del contexto de los sucesos que ocurrieron en la Isla Puná antes de la ida de los españoles a Tumbes en esta expedición de conquista del imperio inca.

Basándose en Cieza de León, Pizarro y su gente estuvo más de tres meses en la Puná, bien atendidos y agasajados por los indios punáes. Cabe aclarar que tanto la Isla Puná como las costas de Esmeraldas, Manabí y de la Península de Santa Elena en el actual Ecuador no eran parte del imperio inca como se ha dicho. Los punáes en particular habían resistido el intento de invasión de los incas, y los indios de Tumbes, súbditos del Inca Cápac, eran además sus enemigos mortales. Así en este estado de cosas, Pizarro llega a la Puná, estando acompañado de tumbesinos. Cieza de León por ejemplo relata que los indios punáes querían atacar a traición a los españoles, pero se deduce de su crónica que los isleños no tenían dicha intención de atacarlos, sino más bien les eran amistosos y hospitalarios. Se puede deducir por la crónica de Cieza de León que los tumbesinos, enemigos de los punáes, conspiraron contra estos diciéndoles a Pizarro y los españoles, falsamente, que los punáes los querían atacar por sorpresa para matarlos. En esta calumnia participó Felipillo, el traductor indio de Pizarro que al parecer aprendió la lengua quechua de los incas viviendo en Tumbes (Felipillo después sería ejecutado por los españoles por haberles traicionado, por haber falseado sus traducciones de lo que realmente le decía el Inca Atahualpa y por haber acusado falsamente a Atahualpa, acusaciones que llevaron a su ejecución por los españoles).

Francisco Pizarro González, conquistador del Perú. Fue hecho marqués y nombrado por la Corona española Adelantado, Gobernador y Capitán General de la Nueva Castilla, región que comprendía los actuales Ecuador y Perú hasta el sur del Cuzco.

 

Tras varios intentos de convencer a los españoles en diversas ocasiones, la calumnia triunfó, los españoles creyeron en esta, apresaron sin motivo obvio al cacique principal de la Isla Puná, Tumbalá –bautizado durante la estancia de Pizarro en la isla como Francisco Tomalá– junto con al menos otros 16 de los caciques de la Puná. Por ser el cacique principal, Pizarro preservó la vida de Tomalá y dispuso que "fuese mirado con cuidado", pero le entregó los otros caciques punáes cautivos a sus enemigos tumbesinos, "los cuales los mataron con gran crueldad", decapitándolos. Ante todo esto los indios punáes se levantaron contra los españoles, y en los combates que hubo muchos indios murieron. Mientras tanto y bajo los ojos de los españoles, según Cieza de León, en la Puná "los de Túmbez robaban a discreción, y más era lo que destruían y arruinaban, por el odio y enemistad antigua". Para demostrar más aún la amistad que Pizarro tenía con los tumbesinos, el conquistador ordenó que les entregasen más de 400 hombres y mujeres de Tumbes que estaban cautivos en la Puná. No es de extrañar que a Pizarro no le haya caído bien después que los de Tumbes hayan matado a dos de sus hombres y querido hacer lo mismo con él y el resto de los españoles.

Lo que Atahualpa le dijo a fray Vicente de Valverde en la plaza de Cajamarca se habría referido también a otro incidente ocurrido durante la marcha de Pizarro y sus hombres entre Tumbes y la ciudad de San Miguel de Tangarará que fundó. Francisco Pizarro envió a Hernando de Soto, algunos hombres de caballería y soldados de a pie rodeleros por delante en misión de descubierta. Según indica Cieza de León, Atahualpa desde Cajamarca dio la orden a indios naturales de la tierra a que atacasen a los españoles, llevando los atacantes "cordeles recios" para atrapar a los invasores como si fuesen alpacas. Hernando de Soto y sus hombres "mataron muchos", apresaron a algunos y saquearon todo lo que pudieron antes de volver donde Pizarro. Hay que decir que las represalias españolas se hicieron como actos de guerra después que los conquistadores fueron atacados. Y tras Tumbes al adentrarse en el imperio inca, Francisco Pizarro sabiamente dio órdenes a sus hombres de no atacar, matar ni robar a los indios que se mostrasen pacíficos y quisiesen amistad con los españoles, para así establecer alianzas con ellos. Así, según Fernández de Oviedo, Atahualpa le demandó también a fray Vicente de Valverde que devolvieran los españoles la ropa que según él estos le habían robado al saquear unas casas o almacenes en Cajamarca. Pero Valverde le respondió que los españoles "no han hecho nada" ya que en Cajamarca el día anterior unos indios les habían traído ropa sacada de unos sitios sin que Francisco Pizarro lo supiese, y que cuando se enteró de esto ordenó aquel día 16 de noviembre que se le devolviese la ropa a un jefe inca. Según Pedro Pizarro, Atahualpa despidió en la plaza de Cajamarca a fray Vicente de Valverde y a los que con él estaban, el soldado Hernando de Aldana y como traductor el indio Martinillo (compañero traductor de Felipillo, quien basándose en el relato de Pedro Pizarro no habría sido el traductor de Valverde ante Atahualpa), de mala manera diciendo "que se fuesen para bellacos ladrones, y que los auia [había] de matar a todos".

La espera tenía impaciente a Francisco Pizarro y a sus hombres, algunos de los cuales, según Pedro Pizarro, "se orinauan de puro temor". Irónicamente, los incas al estar en la plaza de Cajamarca y ver que los españoles no estaban por hallarse ocultos en las edificaciones -en espera de la orden para atacar- pensaban que estaban más bien escondidos de miedo. El cronista testigo de los hechos escribe que al entrar a la plaza de Cajamarca, a la pregunta de Atahualpa: "¿Donde estan estos christianos, que no parescen?" sus capitanes le respondieron: "Senor: están escondidos de miedo". Lo cierto es que relata Pedro Pizarro que la noche anterior los españoles no durmieron, estando alerta en caso que los incas les atacasen –no sabían todavía que los incas no solían combatir de noche con grandes contingentes de tropas– "y con harto temor por la mucha xente que el yndio [Atahualpa] tenia" como les había informado Hernando de Soto y los que fueron con él al campamento de Atahualpa.

Tras los momentos de tensión descritos más arriba entre Atahualpa y fray Vicente de Valverde, Pizarro dio la orden de atacar poco antes de ponerse el sol, disparándose desde una edificación elevada que dominaba la plaza un falconete, cañón pequeño de uso antipersonal, bajo el mando del artillero Pedro de Candia, griego de Creta, contra la masa concentrada de incas, tocándose las trompetas que junto a Pedro de Candia estaban dando la señal de ataque, abriendo fuego también los arcabuceros españoles apostados sobre los muros. Relata Fernández de Oviedo que Francisco Pizarro antes de dar la orden de atacar, armado de espada y adarga (escudo de cuero ovalado o en forma de corazón) intentó acercarse a Atahualpa con los soldados rodeleros de a pie que había designado, solo pudiendo llegar hasta el Inca Cápac que estaba en andas acompañado de 4 de sus hombres, y al hacerlo agarra del brazo a Atahualpa y da el grito de '¡Santiago!', la señal para que los españoles atacasen al unísono.

Según Cieza de León, a la voz de guerra de "¡Santiago, Santiago!" la caballería salió de donde estaba escondida entre las casas con los conquistadores Hernando Pizarro, Hernando de Soto y Sebastián de Belalcázar acometiendo junto con los soldados de a pie, yendo Francisco Pizarro junto con 15 soldados rodeleros, armados de espada y rodela, un escudo redondo de madera o metal (Fernández de Oviedo habla de 20 soldados de a pie que estaban con Francisco Pizarro para apresar a Atahualpa). Según Pedro Pizarro, Francisco Pizarro había dividido el mando de su caballería entre Hernando Pizarro y Hernando de Soto, dividiendo el mando de los soldados de a pie entre él y su medio hermano Juan Pizarro. Les habían puesto a los caballos cascabeles para hacer ruido al galope que asustara más a los indios. Francisco Pizarro y sus rodeleros van directamente al grupo de incas que rodean a Atahualpa atacándolo, agarrando Pizarro del brazo al Inca Cápac sin poder hacerle caer, mientras sus soldados rodeleros mataban y cercenaban a golpe de espada brazos y manos de los que le llevaban en andas para que cayese al suelo, cayendo Atahualpa de las andas al caer muertos o mortalmente heridos sus portadores, siendo así capturado. Pedro Pizarro cuenta que al matarle sus portadores otros más aparecían para sostener las andas de su Inca Cápac y que así no cayese al suelo, estando así un buen rato en el forcejeo y matanza de portadores. Francisco Pizarro tuvo que intervenir personalmente para que sus soldados no matasen a Atahualpa, amenazándolos de muerte –le dijo a sus soldados: "¡Nadie hiera al indio, so pena de la vida!"– pero con todo recibió al proteger a su cautivo una pequeña herida en la mano de un golpe de espada. Los portadores de las andas eran de la nobleza, muriendo también a vista del Inca Atahualpa grandes señores y miembros principales de la nobleza, consejeros, jefes militares y al parecer también curacas, caciques de tribus sometidas y súbditos suyos. Según Fernández de Oviedo los señores principales y nobles incas iban armados con hachas y porras de oro y de plata, que se hallaron después del golpe de mano de Pizarro. También los españoles recogieron escudos, hachas de bronce y "lanças pequeñas arrojadiças como dardos" que los soldados incas habían dejado tiradas.

Representación idealizada y romántica del siglo XIX de Hernando de Soto cuando llega con sus hombres al Río Misisipi en 1541. La pintura se halla en el Capitolio de Washington DC.

 

Debe de añadirse que la táctica usada por Pizarro en Cajamarca de ir directamente al jefe supremo de los incas para dejarlos sin líder y así derrotarlos también era usada por los incas. Igualmente como otros ejércitos han hecho en la historia de la guerra, los incas en una batalla intentaban atacar al jefe o al mando supremo de un ejército enemigo con un grupo escogido de guerreros. La intención era que al decapitar al ejército enemigo con la captura o muerte de su jefe o general, sus fuerzas se desmoralizarían al quedar sin mando y huirían en desbandada del campo de batalla, dándole la victoria a los incas. Así pasó en Cajamarca, pero a la inversa.

Ya para cuando Atahualpa es apresado el pánico había cundido entre los incas dentro de la plaza de Cajamarca ante la sorpresa y las bajas ocasionadas por el impacto violento, súbito y simultáneo de las descargas de artillería y de los arcabuces con su ruido estruendoso, y del choque de la carga de caballería y de la infantería armadas con acero. Inicialmente se estorban los incas, tantos que habían entrado a la plaza, embarazados por su masa concentrada y sin poder maniobrar. En eso con la mortandad que los españoles les causaban cunde el pánico. Con la captura del Inca Cápac y la emboscada la totalidad de los incas intentó escapar, al parecer cayendo muchos al suelo y siendo por ellos mismos atropellados en la estampida del pánico que se desencadenó con el ataque español. Como la plaza estaba llena de los hombres del Inca Atahualpa y solo había dos puertas de acceso y salida de la misma, en la desesperación por huir un grupo de incas empujó con fuerza simultáneamente una sección del muro que rodeaba a dicha plaza, abriendo una brecha por donde escapar. La caballería barrió con los incas que tenía delante, matando e hiriendo a su paso y saliendo de Cajamarca, persiguiendo a los guerreros de Atahualpa hasta su campamento y hasta el anochecer. Los soldados de a pie españoles atacando con mortífera pericia y rapidez, mataron a la mayor parte de los que no pudieron escapar y salir de la plaza "en breve espacio", según Fernández de Oviedo.

Ninguno de los españoles murió, pero los incas sufrieron más de 2.000 muertos, muchos más heridos, con más de 5.000 hechos prisioneros durante la noche, además de recogerse un cuantioso botín de oro, plata, telas, armas y pertenencias del campamento abandonado de Atahualpa, de acuerdo a Cieza de León. Según Fernández de Oviedo, para el día después del ataque de Cajamarca, 8.000 o más fueron capturados, incluyendo mujeres y muchachos tomados del campamento de Atahualpa. Hubo soldados de Pizarro que querían matar o cortarle las manos a aquellos prisioneros que fuesen "hombres de guerra", pero Pizarro no lo consintió. Relata  Fernández de Oviedo: "'Basta, dixo el gobernador [Francisco Pizarro], los que se matan en la batalla, y essos que se han traydo, como ovejas á corral, no es bien que mueran ni se haga otra justiçia en ellos'. É assi fueron sueltos todos". Ordenó también Pizarro a uno de sus capitanes junto con 30 soldados a caballo que recogiesen todas las lanzas y armas de los incas regadas en el campo y las quebrasen.

La desintegración de un poderoso ejército inca de decenas de miles de guerreros en Cajamarca no era poca cosa, más con la captura del mismo Inca Cápac, aun cuando la inmensa mayoría de los soldados de Atahualpa haya logrado escapar. Atahualpa después de caer prisionero disponía de un ejército bajo el mando de su general Rumiñahui en Quito en la sierra ecuatoriana, otro ejército bajo el mando de su general Chalcuchima en Jauja al sur y otro bajo el mando de su general Quizquiz en la antigua capital inca del Cuzco. Estos generales incas habían servido antes al padre de Atahualpa y Huáscar, el Inca Huayna Cápac. Y aun cuando se vea la cifra de más de 2.000 hombres de Atahualpa, nobles y soldados, muertos en la plaza de Cajamarca como una cifra considerable, hemos de ver las cifras de bajas citadas de grandes batallas entre las fuerzas del Inca Atahualpa y del Inca Huáscar durante la guerra civil incaica.

Según el cronista Cieza de León, en la batalla de Ambato, en la actual provincia de Tungurahua de Ecuador, el ejército de Atahualpa mandado por sus generales Chalcuchima y Quizquiz derrotó a un ejército de su medio hermano Huáscar, muriendo 15.000 ó 16.000 guerreros de ambas partes. Según la misma fuente, la mayor parte de los prisioneros de guerra hechos al ejército de Huáscar fueron ejecutados. Tras esta batalla, Atahualpa marchó hacia la ciudad de Tomebamba donde, según Cieza de León, en castigo por haberle resistido dicha ciudad antes, mandó matar a todos los miembros de dos comitiva de bienvenida y reconciliación compuesta de niños y de hombres de varias edades que los de Tomebamba le enviaron, y que solo perdonó la vida de algunos niños y de las mujeres dedicadas al culto del templo del sol –las mamaconas o sacerdotisas y las acllas o vírgenes del sol– dando su relato la impresión que la población de Tomebamba fue también masacrada. Los indios cañaris constituían la población nativa de la ciudad inca de Tomebamba y de su región en la sierra ecuatoriana. Cabe señalar que el cronista Pedro Cieza de León no estuvo en Cajamarca cuando ocurrieron los sucesos de noviembre de 1532 y que sus fuentes son españoles o indígenas que vivieron o escucharon de los sucesos que relata en su obra, incluyendo en este sentido fuentes incas del Cuzco.

Retrato idealizado del Inca Huáscar, hijo de Huayna Cápac y también de una prima de este. Su medio hermano Atahualpa propuso que según la costumbre un consejo eligiese al nuevo Inca Cápac tras la muerte de su padre y de su sucesor designado, Ninan Cuyochi, pero Huáscar unilateralmente se hizo proclamar por sus seguidores Inca Cápac en el Cuzco. Así envía un ejército al norte del imperio para someter a Atahualpa, el cual es también proclamado Inca Cápac por sus seguidores, desarrollándose la guerra civil del imperio inca.

 


Siguiendo hacia el sur probablemente por el camino del Inca, según Cieza de León hubo otra gran batalla en la tierra de los indios paltas, en la actual provincia ecuatoriana de Loja. El ejército de Atahualpa se enfrentó a las fuerzas de Huáscar, que incluyendo a supervivientes de la batalla de Ambato totalizaban más de 80.000 guerreros. Se mencionan las fuerzas de Atahualpa como algo menos de esta cifra. En la batalla, ganada por Atahualpa, murieron por ambas partes más de 35.000, con muchos heridos. Cieza de León habla de otra gran batalla librada en el valle de Jauja en el Perú, que de haber ocurrido habría sucedido cuando el ejército de Huáscar le cerró el paso al ejército leal a Atahualpa cuando marchaba hacia Cuzco por el camino del Inca, quedando Atahualpa atrás en Cajamarca con parte de su ejército. Cieza de León dice que su relato de esta batalla se basa en el testimonio de jefes militares incas que estuvieron presentes. El ejército de Atahualpa estaba mandado por sus generales Chalcuchima y Quizquiz y sumaba 140.000 soldados sin incluir sus portadores y servidores de apoyo logístico. El ejército de Huáscar de 130.000 tropas fue derrotado, habiendo de parte y parte más de 40.000 muertos y muchos heridos, y tras la batalla el "suelo estaba lleno de muertos y la tierra vuelta de color de sangre". Al parecer según Cieza hubo otra batalla más cerca del Cuzco, donde murieron más de 20.000, siendo capturado Huáscar después de esta derrota que abrió el camino a la capital inca. Del cautivo Huáscar dice Cieza de León que las tropas incas victoriosas de Atahualpa "deshonraron las mujeres principales suyas; mataron muchos inocentes que no pecaron" (¿niños quizás de Huáscar o de su familia inmediata?) probablemente tras entrar en Cuzco.

Es de interés escuchar la relación de los hechos de la guerra civil incaica dada por el mismo Atahualpa a Francisco Pizarro como su prisionero tras su captura en Cajamarca, como fue recogida por Fernández de Oviedo. Atahualpa contó que con un gran ejército que reunió en la ciudad de Quito le salió al encuentro al ejército de su medio hermano Huáscar, derrotándolo por la ciudad de Tomebamba y matándole 1.000 hombres [¿quizás 1.000 de los 2.000 nobles orejones de Huáscar, sin contar a los soldados corrientes muertos que serían muchos más?], poniendo en fuga a su hermano y sus tropas supervivientes. Como Tomebamba le resistió, en palabras de la crónica de Fernández de Oviedo, dijo Atahualpa: "é lo asolé é quemé é maté toda la gente, é todos los pueblos de aquella comarca quise asolar é destruyr, é porque quise seguir á mi hermano [Huáscar], lo dexé por entonces de hacer". Seguía contando Atahualpa que mientras su ejército avanzaba hacia el sur dentro del imperio inca en persecución de las fuerzas de Huáscar, las provincias se le rendían sin resistencia, después de haber visto lo que le pasó a Tomebamba por haberle resistido. Un ejército de 40.000 soldados "de los que saqué de Quito" bajo el mando de sus generales Chalcuchima y Quizquiz marchó hacia el Cuzco capturando las poblaciones y territorios en su camino, y al llegar a la vieja capital del imperio inca donde estaba Huáscar, "é se la tomaron, é mataron mucha gente, é prendieron su persona, é tomáronle todo el thessoro de oro é plata de mi padre" Huayna Cápac. De los 40.000 hombres que rindieron al Cuzco, 10.000 se quedaron ocupando la ciudad mientras que a los 30.000 restantes se les permitió regresar a sus tierras y hogares.

Atahualpa reconoció en su relato que de no haber sido capturado por los españoles en Cajamarca, "tenia pensado, si no acaesçiera mi prission, de me yr á descansar á mi tierra, é de camino acabar de asolar todos los pueblos de aquella comarca…" de Tomebamba por habérsele resistido. Según Atahualpa, antes de su captura por los españoles tenía planes de que sus generales victoriosos le enviasen "de la gente del Cuzco que han subjetado [sometido] quatro mill hombres casados" para repoblar la ciudad de Tomebamba. Estos habrían sido trasplantados con sus esposas e hijos como mitimaes, grupos de población obligados a ser transferidos a regiones alejadas y extrañas a ellos dentro del imperio inca para alejarlos de sus tierras ancestrales para que así, al estar desarraigados y ser dependientes del sistema administrativo y económico del imperio, no pudiesen oponerse de manera efectiva al poder y autoridad del Inca Cápac. De haber devastado la comarca de Tomebamba como tenía planeado –de no haber sido capturado por Pizarro– Atahualpa también dijo que "pensaba poblarla de nuevo de mi gente", lo que implica que al asolarla habría cometido un baño de sangre para despoblarla en parte. Así, los 4.000 hombres cuzqueños y sus familias que pensaba trasplantar a la ciudad de Tomebamba, de haber sido seguidores de Huáscar, habrían vivido rodeados y vigilados por los nuevos pobladores de la región circundante, leales a Atahualpa. Lejos de su Cuzco natal, los mitimaes cuzqueños no habrían podido ya conspirar de manera efectiva contra Atahualpa.

Fernández de Oviedo relata usando otras fuentes de información que cuando Atahualpa con su ejército venido de Quito derrota en Tomebamba a los 2.000 orejones, nobles incas que Huáscar había enviado para aprisionarle (y que según el cronista e historiador español del siglo XVI, Agustín de Zárate, los 2.000 "capitanes y gente practica en la guerra" reclutaron y mandaron un ejército de 30.000 hombres de la provincia de los indios cañaris leales a Huáscar), "metió á cuchillo sesenta mill hombres en Tomebamba", posiblemente la población masculina de la ciudad. En otro capítulo de su obra Fernández de Oviedo relata que por oponerse la población de Tomebamba a Atahualpa, este la "quemó é asoló…é toda la gente dél mató". De acuerdo a Agustín de Zárate, tras derrotar al ejército que Huáscar mandó contra él, Atahualpa procedió a castigar a la ciudad de Tomebamba por haber apoyado a Huáscar, y en la provincia de los indios cañaris "mato sesenta mil hombres dellos porque le habían sido contrarios, y metio a fuego y a sangre y asolo la poblacion de Tumibamba, situada en un llano ribera de tres grandes rios; la cual era muy grande". Cuenta Fernández de Oviedo al describir el ejército de Atahualpa en Cajamarca: "Toda la gente que Atabalipa [Atahualpa] tenia en su exérçito, eran muy diestros en la guerra, é andaban cursados en ella, y eran hombres animosos é feroçes, mançebos é grandes de cuerpo; é hallóse que mill dellos bastaban á asolar cualquiera población de aquella tierra, aunque toviesse veynte mil hombres". ¿Habría por ello necesitado Atahualpa solo unos 3.000 de sus soldados para masacrar a la población de Tomebamba?

Fernández de Oviedo también relata que tras la captura de Huáscar en Cuzco, los generales de Atahualpa "le mataron quantos hijos tenia chicos é grandes, é abrieron á todas sus mujeres para ver si estaban preñadas, porque no quedasse subçesor del dicho Guascara [Huáscar]". Francisco Pizarro trató bien a Atahualpa mientras lo tuvo prisionero, antes de su injusta ejecución. Pero Huáscar, antes de que lo matase el general Chalcuchima de Atahualpa, ya cautivo de Pizarro, tuvo como prisionero de las tropas de su medio hermano un trato cruel como relata Pedro Pizarro. Así Huáscar como prisionero "le trayan [traían] huradadas [horadadas] las yslillas de los honbros y por ellas metidas unas sogas".

Volviendo a la guerra de conquista de los españoles contra las fuerzas del Inca Atahualpa, cuando Sebastián de Belalcázar marchó al norte con soldados por la sierra ecuatoriana camino a Riobamba dentro del imperio inca, según Cieza de León las fuerzas incas que estaban bajo el mando del general Rumiñahui habían cavado hoyos que contenían estacas puntiagudas y que estaban cubiertos con "pajas del campo" para camuflarlos, con la intención que allí se cayesen los caballos de los conquistadores. Un indio le reveló a los españoles la trampa que les tendían y así evitaron los hoyos. Fernández de Oviedo sobre esto relata que los españoles camino a Riobamba tenían delante un ejército inca de 50.000 hombres atrincherados detrás de fosos y "albarradas" (muros de protección). Los defensores incas habían cavado por donde debían pasar los españoles 500 hoyos con estacas "puntiagudas" que eran "gruessas como la muñeca del braço ó más", habiendo además cavado "otros tres mill hoyos menores llenos de púas de á palmo, y estas eran de cañas".

Laguna de Yahuarcocha localizada cerca de la ciudad de Ibarra en el norte de Ecuador. Yahuarcocha significa en quechua, la lengua de los incas, 'lago de sangre', así llamada después de la masacre cometida por el Inca Huayna Cápac, padre de Atahualpa y Huáscar, contra los indios carangues y caranquis en castigo por haberse sublevado. Huayna Cápac los había conquistado como parte de sus planes de conquista hacia el norte buscando controlar las minas de oro y esmeraldas de la actual Colombia. Según Cieza de León los indios del lugar dicen que los incas masacraron a más de 20.000 hombres de las tribus locales rebeldes, que tras ser echados sus cuerpos a la laguna por teñirse de rojo con su sangre derramada se llamó 'lago de sangre'. Como mató a todos los varones (incluyendo a adolescentes menores de edad) excepto a los niños, se les dio el nombre a los locales de huambracunas, que en quechua significa "ahora sois muchachos" en palabras de Cieza. El cronista e historiador español Antonio Herrera y Tordesillas da la cifra de 50.000 varones masacrados en Yahuarcocha. Se ha encontrado evidencia arqueológica que indica que hubo una masacre.



Mientras los españoles buscaban el oro y la plata de los incas por motivos de beneficio económico, como hoy en día se usa el dinero, el Inca Cápac buscaba el oro y la plata para acumularla en los templos, para ornamentos personales o para utensilios como vasos de bebida, ollas, vasijas y cántaros. Precisamente cuando el Inca Huayna Cápac muere de una epidemia que según Pedro Pizarro fue de viruela, epidemia que mató también a su designado heredero como Inca Cápac, Ninan Cuyochi (por el contrario de lo que se ha dicho, Ninan Cuyochi fue hijo legítimo del Inca Huayna Cápac quien lo designó su legítimo heredero), el Inca Cápac estaba llevando a cabo una campaña militar de expansión de su imperio hacia el norte, hacia la actual Colombia, en busca de sus minas de oro y de esmeraldas. Por esta campaña militar septentrional hacia la actual Colombia, Huayna Cápac movió la capital del imperio inca de Cuzco a Tomebamba por su posición avanzada, edificando allí algunos de los mismos edificios principales que había en el Cuzco, en una movida similar a cuando el Emperador Constantino movió la capital del imperio romano de Roma a Constantinopla, a cuando el Brasil decidió trasladar su capital a Brasilia reemplazando a Río de Janeiro o a la más reciente decisión de Kazajistán de mover su capital de Alma-Ata, en el sur centroasiático, a Astaná en el norte. Huayna Cápac pasó más tiempo en Quito por estar la ciudad más cerca del área de sus operaciones militares de conquista en el norte de Ecuador y el sur de Colombia.

Y con respecto a la cita de Prescott hecha por Pinkerton, de que el conquistador español iba "montado en su caballo de guerra, cabalgando sobre los nativos indefensos", ¿indefensos los incas? No. ¿Guerreros los incas? Sí.

Y si aún los conservadores angloamericanos estadounidenses consideran a Pizarro y sus españoles dignos de condena por su forma de conquistar al imperio inca, les invito a que condenen primero no solamente a sus ancestros colonos ingleses y pioneros estadounidenses por su genocidio de los indios, sino que condenen antes que a nadie a los antiguos israelitas del Viejo Testamento que tanto reverencian desde el púlpito, por su destrucción de la tierra de Canaán. En particular que los conservadores cristianos evangélicos y fundamentalistas religiosos no sean unos fariseos y en vez de decir 'Amén' condenen primero a los antiguos israelitas y a sus líderes como Josué y el Rey David por sus crímenes de guerra cometidos en Canaán, por sus saqueos y robos, destrucción de ciudades, violaciones de mujeres y por el exterminio, genocidio y holocausto de la población cananea que era la legítima dueña de su llamada 'tierra prometida'.