Uribe, el gran perdedor en Colombia

Juan Manuel Karg

Finalmente, el candidato presidente Juan Manuel Santos retuvo la presidencia en Colombia, logrando aventajar por más de 900 mil votos a Oscar Iván Zuluaga, “delfín” uribista que había ganado en primera vuelta por 500 mil votos de diferencia. ¿Qué cambió en las semanas que pasaron entre ambas elecciones? ¿Cómo influyó el apoyo de la izquierda y el progresismo al proceso de paz para que la reelección de Santos se haga efectiva? ¿Cuáles son los retos y desafíos del nuevo gobierno? 
 
Luego de las elecciones parlamentarias, que lo dejaron en un empate técnico con el partido de Juan Manuel Santos, Álvaro Uribe creyó que podía disputar las elecciones presidenciales. La primera vuelta lo confirmó: su candidato, Zuluaga, aventajó con claridad a Santos en una campaña plagada de denuncias cruzadas. El “show electoral” mostró al bunker uribista más aceitado, más cómodo en un ámbito en el cual Uribe construyó gran parte de su carrera política. 
 
Desde la misma noche en que se conocieron los resultados de la primera vuelta, la historia comenzó a cambiar: Santos abrió el juego y las candidatas de izquierda Clara López y Aida Avella mostraron su apoyo a la continuidad de los diálogos de paz iniciados en La Habana entre el gobierno y las FARC. Luego, López hasta se mostró en público con Santos, intentando traccionar gran parte de su electorado –un importante 15%, que superó los 2 millones de votos-. También se posicionaron a favor de la reelección del actual presidente los sectores afines al alcade de Bogotá, Gustavo Petro, y una parte considerable de Alianza Verde. 
 
En su voracidad por volver al poder político, Uribe logró aglutinar, en su contra, a gran parte de la clase política colombiana. “Es él o el resto”, fue la idea de supervivencia que primó entre gran parte de la dirigencia de estos partidos. Con los apoyos consumados, Santos tuvo que cambiar su discurso: comenzó a enarbolar propuestas de trabajo, salud y viviendas para el pueblo colombiano. También, lanzó un espacio de diálogo con el ELN, reforzando su “caballito de batalla” en la campaña: la paz para poner fin al conflicto armado que vive Colombia hace más de 50 años. Así, se lo vió notablemente más seguro en el último debate televisado, donde acorraló numerosas veces al candidato uribista. 
 
Ocurrió, además, un hecho interesante que deberá ser analizado en las próximas horas: mientras Zuluaga felicitaba públicamente a Santos por la elección, Álvaro Uribe denunciaba, a través de una carta, “compra de votos” y “presión violenta de grupos terroristas sobre los electores” a favor del candidato-presidente. Es decir: el ex presidente derrotado daba a entender un posible fraude –la carta termina afirmando “seremos fieles a nuestras convicciones de patria, no a la trampa vencedora”- a la vez que el propio Zuluaga se desmarcaba públicamente de estas afirmaciones. Uribe, el gran perdedor, no sólo no pudo frenar la reelección de su ex Ministro de Defensa: lo que más lo vapuleó fue la agenda política de Santos, y el apoyo que los sectores progresistas y de izquierda hicieron a éste como “mal menor”. 
 
Tras su victoria, Santos se mostró condicionado por los apoyos que lo llevaron a este nítido triunfo: durante su discurso anunció que cambiará lo que haya que cambiar, y reformará lo que haya que reformar. Seguramente, además, tenga que ceder lugares de gestión a parte de los actores políticos que lo apoyaron decididamente las últimas semanas. La discusión, en estos actores del progresismo y la izquierda, será de qué forma actuar de cara al nuevo gobierno, y cómo exigir con mayores posibilidades políticas afines a los intereses de las grandes mayorías en Colombia, pueblo que ha sido constantemente vapuleado en todos estos años por políticas económicas de corte neoliberal. 
 
¿Cumplirá Santos las promesas “progresistas” de campaña? ¿Reforzará los procesos de paz abiertos con las FARC y el ELN? ¿Propiciará una reforma política, tal como dio a entender tras su triunfo? Todas estas son preguntas que ahora en más aparecerán en la agenda política colombiana con mayor nitidez. Son además, preguntas válidas, analizando “de donde viene” Santos, y su recorrido político. Hay una certeza clara: sin un apoyo contundente a la paz de parte de estos sectores, este nuevo escenario planteado en la política colombiana hubiera sido imposible. Serán estos sectores del progresismo y la izquierda colombiana quienes deberán ahora demandar, pujar, y negociar para que estos cambios ocurran. Para que haya paz, pero también justicia social.