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El nitrógeno se desmelena

Publicado: 14 nov 2013 13:51 GMT
La cantidad de nitrógeno reactivo presente en el planeta está aumentando a un ritmo desenfrenado. Esta alteración del ciclo natural del nitrógeno, que los expertos estiman en un 80%, se debe principalmente al uso masivo de fertilizantes y está desencadenando importantes problemas medioambientales como contaminación y pérdida de biodiversidad. 

 
 
En comparación con los problemas relacionados con el carbono, protagonista de la mayoría de estudios e informaciones sobre el cambio climático, la presencia cada vez mayor de este tipo de nitrógeno reactivo está pasando relativamente desapercibida para la opinión pública mundial. Pese a que las consecuencias definitivas de ese fenómeno están aún por determinar, el panorama que dibujan los investigadores es bastante desalentador.
 
Los expertos calculan que el ciclo del carbono, que tantos quebraderos de cabeza nos provoca, apenas se ha alterado en un 10%. El ciclo de su vecino en la tabla periódica, sin embargo, ha sufrido una alteración de en torno al 80%.
 
La clave está en la reactividad del elemento. La mayoría de lo que hay encima de nuestras cabezas es nitrógeno: supone aproximadamente un 78% del aire que nos rodea. El 21% restante es oxígeno y el otro uno por ciento es un cóctel de otros elementos químicos. 
 
Este nitrógeno presente en la atmósfera de forma natural no genera problemas ambientales al tratarse de un gas inerte y, por lo tanto, muy estable. Se trata de un feliz matrimonio de dos átomos de nitrógeno unidos por un enlace triple. Y han prometido estar unidos y amarse… hasta que el oxígeno los separe.  
 
Es en este punto cuando el nitrógeno adquiere sus propiedades reactivas. Asociado con el oxígeno, la feliz parejita de enes se desmelena en un 'ménage à trois' en busca de emociones fuertes. El nitrógeno pierde entonces su estabilidad y se convierte en una sustancia reactiva, susceptible de reaccionar con otros elementos y compuestos. 
 
Esta aventurilla, de por sí, no es nada problemática. Al contrario, la existencia de nitrógeno reactivo es una condición necesaria para el ecosistema, ya que las plantas necesitan esta asociación de enes y oes para que su metabolismo sea capaz de alimentarse.
 
Los problemas comienzan cuando la proporción entre nitrógeno estable y reactivo se altera de forma significativa. Y es esto es, precisamente, lo que estamos haciendo desde hace algo más de un siglo.
 
Una nueva revolución agrícola
 
Hasta mediados del siglo XIX los seres humanos abonaron sus campos con los materiales que disponían de forma tradicional. Sin embargo, con el paso del tiempo la fertilidad de la tierra fue decreciendo de forma irremediable, sobre todo en Europa, donde la agricultura se ha ejercido de forma continuada desde hace siglos.
 
La solución llegó de la mano de la agricultura intensiva e industrializada, que permitió el uso masivo de fertilizantes sintéticos. Esta revolución agrícola comenzó en 1909, cuando el químico alemán Fritz Haber inventó un procedimiento para obtener amoníaco, el ingrediente activo de los abonos sintéticos. Su colaborador Carl Bosch desarrolló la idea de Haber de forma industrial. Es lo que ahora conocemos como sistema Haber-Bosch. 
 
De esta forma, el aporte regular de nitrógeno, fósforo y potasio a través de los abonos sintéticos se tradujo en un espectacular aumento de las cosechas fruto del uso de fertilizantes artificiales a escala industrial, lo que a su vez posibilitó el 'boom' demográfico del siglo XX. Tierras hasta entonces baldías pudieron ser aprovechadas para la agricultura por primera vez y los productores pudieron repetir sus cosechas año tras año sobre el mismo terreno, sin necesidad de recurrir al barbecho para propiciar la regeneración natural de los nutrientes. 
 
Pese a que es un sistema criticado y denostado por muchos, es innegable que el uso industrial de la tierra ha hecho posible un 'boom' demográfico sin precedentes y un aumento de la calidad y esperanza de vida en grandes masas de población. Sin embargo, ahora sabemos que el aporte intensivo de estos elementos químicos como fertilizantes está desencadenando importantes problemas medioambientales. 
 
No solo la agricultura 
 
Este nitrógeno desmelenado también se crea de forma natural, principalmente por medio de unas bacterias presentes en las raíces de las leguminosas y que son capaces de romper el triple enlace químico de la molécula del nitrógeno. También puede originarse nitrógeno reactivo como consecuencia de la elevada temperatura originada por los rayos y las erupciones volcánicas. Sin embargo, estos niveles naturales no son suficientes para alimentar una agricultura basada en la productividad y en el uso anual de la tierra sin recurrir al barbecho. 
 
Pero el recurrir a fertilizantes sintéticos está pasando factura al medio ambiente. Son cada vez más los estudios que alertan de que la forma en la que los humanos producimos alimentos y energía está generando una acumulación desorbitada de nitrógeno reactivo en el medio natural. 
 
Los principales problemas desencadenados por este abuso de nitrógeno reactivo son la excesiva floración de algas en algunos lagos y zonas costeras, un fenómeno que es capaz de originar auténticos desiertos de vida en los ecosistemas marinos y un exceso de ozono en las capas bajas de la atmósfera. Estas algas se convierten en una plaga que provoca una importante pérdida de biodiversidad, al desplazar a otros seres vivos que compiten por los mismos recursos. Además, la tupida capa de algas impide que a luz solar penetre en el mar, dificultando la fotosíntesis en otros organismos marinos. 
 
Más allá de la evidente necesidad de racionalizar nuestra forma de producir alimentos, lo cierto es que mantener un ritmo de producción agrícola que sea capaz de alimentar una población en constante aumento sin hipotecar el futuro de forma irremediable es uno de los retos más importantes a los que se enfrentará la humanidad en los próximos años. 
 
Cada vez son más los países de Asia, África y América del Sur que incrementan la utilización de fertilizantes sintéticos para producir cosechas, ya sea para el consumo humano o para sustentar la producción ganadera. Como en otros tantos ámbitos en los que amplias capas de población se incorporan a lo que hasta hace poco solo era privilegio de eso que llamamos Occidente, esta nueva oleada de grandes productores agrícolas tienen la oportunidad de no caer en los mismo errores. Pero, a su vez, tampoco nadie puede negarles el derecho a cometerlos si está en juego la supervivencia de las personas. El reto, no lo olvidemos, es conseguir esa supervivencia y calidad de vida tanto para ellos como para sus descendientes. 

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