Opinión

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Luis Gonzalo Segura

Ex teniente del Ejército de Tierra expulsado por denunciar corrupción, abusos y privilegios anacrónicos. Autor del ensayo El libro negro del Ejército español (octubre de 2017) y las novelas Un paso al frente (2014) y Código rojo (2015) @luisgonzaloseg
España quedó colapsada por una borrasca histórica llamada Filomena y una posterior ola de frío que generaron la tormenta perfecta. Una tormenta perfecta que se ha transformado en un desastre perfecto. En el paradigma de España.
Aun saliendo indemne del último embiste norteamericano no podrá tener un trabajo normal, no podrá tener una vida normal, no podrá ir al cine como una persona normal, no podrá cenar o beber una copa de vino como una persona normal, no podrá viajar con normalidad. Aun viviendo, el fundador de WikiLeaks está muerto.
Es por ello que en los últimos veinte años los militares han protagonizado más de cincuenta escándalos ultraderechistas. Solo en los dos últimos meses podemos contabilizar cuatro cartas ultraderechistas a Felipe VI, dos grupos de WhatsApp en los que se exponían ideas ultraderechistas, tres vídeos en los que militares cantaban canciones nazis, un manifiesto ultra y, finalmente, una efeméride fascista.
España no merece una monarquía, pero sobre todo no merece esta monarquía. No merece un rey que engaña deliberadamente a los ciudadanos a los que debería servir mientras regala complicidad, cariño y protección a los ultraderechistas.
Parecía que, tras una segunda mitad del siglo XX en la que los militares marcaron el destino de los países al compás de las deseadas represiones norteamericanas, los ejércitos habían quedado en un segundo plano. El que les corresponde. Pero solo fue una ilusión.
Tanto desde el Gobierno como desde múltiples medios de comunicación, afines y contrarios por tratarse de un asunto de Estado, se transmite un mensaje unánime al respecto de las Fuerzas Armadas: son democráticas, constitucionales y plurales. Sin embargo, los antecedentes no parecen señalar hacia un caso aislado, sino todo lo contrario.
España no solo está gastando más de cien millones de euros para perpetrar el expolio de las riquezas de Malí, sino que lo está haciendo para beneficio de Francia y Estados Unidos.
El país prefiere seguir viviendo una ficción democrática antes que afrontar la terrible realidad: la Transición fue, en el mejor de los casos, un barniz y España solo es una versión digital de un régimen autoritario en el que la ultraderecha predomina y dirige los poderes claves del Estado.
Dos de los conflictos que acontecen en la zona –entre Grecia y Turquía; y entre España y Marruecos– arrojan curiosos paralelismos, como si fueran obras de un mismo autor.
Los saharauis son un pueblo condenado a sufrir hambre, penuria y violaciones constantes de sus derechos humanos mientras un régimen autoritario se reparte sus riquezas con Europa y Estados Unidos. Una realidad que demuestra, como muchas otras, que los intereses geopolíticos están por encima de lo justo y lo correcto. Una tragedia paradigma del neocolonialismo.
Ya no estamos en el año 2014, y este ya no es inviolable ni irresponsable, por lo que, aunque sus antecedentes penales hayan sido borrados de un plumazo, sin juicio ni condena, las actividades delictivas posteriores a esa fecha si pudieran y debieran ser enjuiciadas.
Que esto acontezca con dos partidos oficialmente republicanos y progresistas en el poder en mitad de una de las crisis más terribles a las que se ha enfrentado el país, que se aumente el gasto presupuestario de Defensa y la Casa Real, que se sigan comprando armas que en muchos casos no se necesitan, deja poco lugar a la duda de las posibilidades reales de cambio en España. España es irreformable.