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Las soluciones a la crisis catalana: fuerza o diálogo

Publicado: 21 oct 2017 22:12 GMT | Última actualización: 22 oct 2017 13:56 GMT

Siendo burdos y sintéticos, podríamos afirmar que a día de hoy se pueden escuchar dos discusiones sobre la cuestión catalana en función de si nos encontramos en Catalunya o fuera de ella. Por un lado, estarían los catalanes que abogan por el independentismo o el unionimo y, por otro lado, los españoles que solicitan la fuerza o los que apelan al diálogo. Me parece interesante y necesario abundar en la discusión sobre la fuerza o el diálogo. Los que defienden la fuerza piensan que con apretar el botón rojo todo se soluciona y los que apuestan por el diálogo creen que sentándose en una mesa todo se resuelve. Pero, ¿es tan sencillo?

Escenarios de Fuerza

Muchos, quizá la mayoría o, al menos, los más ruidosos, respaldan la aplicación de los artículos 8, 116 y/o 155 de la Constitución Española. Pero ¿qué son y qué consecuencias tendrían? De forma resumida podríamos decir que el artículo octavo es el que faculta a nuestras fuerzas armadas a intervenir para salvaguardar la integridad territorial, la soberanía, la independencia y el orden constitucional. El artículo 116 establece el marco de actuación en caso de necesitar activarse un estado de alarma, excepción o sitio (en Catalunya hablaríamos de sitio según casi todos los expertos). Finalmente, el artículo 155 faculta al Gobierno a suspender la autonomía y aplicar una serie de acciones no definidas que son refrendadas en el Senado.

El líder del PSOE Pedro Sánchez y Mariano Rajoy en Madrid, España, el 7 de septiembre de 2017. / Susana Vera / Reuters

Ante la aplicación de estos artículos, de los que se pueden encontrar a día de hoy gran variedad de información en los medios, existen varias problemáticas. Para empezar, cabría señalar el desconocimiento profundo de muchos de los que jalean la aplicación de dichos artículos, dado que incluso se pone de manifiesto la controversia que existe en cuanto a cuándo aplicarlos o cómo aplicarlos. Ello nos llevaría al siguiente problema: no existen precedentes similares ni hay un desarrollo claro al respecto. Por ejemplo, el artículo 155 permite al Gobierno solicitar una serie de medidas al Senado y que este las acepte, pero dado que el PP es el partido que gobierna y el Senado está controlado de forma mayoritaria por él, ello nos lleva a que en la teoría cualquier medida solicitada, fuera cual fuese, podría ser aceptada e implementada (aunque parece que todo lo que se aplique será acordado con el PSOE). Este escenario resulta cuanto menos resbaladizo. La tercera cuestión que se deriva de la aplicación de cualquiera de estos artículos sería el día después: ¿hasta cuándo? ¿qué consecuencias tendría? ¿qué escenarios podría generar?

He planteado en principio tres posibilidades de fuerza, intentando predecir el escenario resultante, las consecuencias y las distintas debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades de su aplicación. Es cierto que existirían una enorme variedad de posibilidades de ejercer la fuerza, pero era necesario acotar. De menor a mayor intensidad tendríamos, fuerza baja, fuerza media y fuerza máxima:

Cabría señalar, para empezar, que actualmente nos encontramos en las medidas de fuerza de baja intensidad: detenciones, intento de imposición de resoluciones jurídicas, medidas policiales, presión económica y fiscal, presión internacional, acoso mediático y un intento de forzar una negociación política en posición de fuerza. Esta es la receta aplicada hasta ahora. Uno de los problemas de esta solución, al igual que cualquiera de los escenarios de fuerza, es que solo funcionan de forma parcial y en un corto periodo de tiempo si existe acatamiento de las mismas por parte del gobierno catalán y de la sociedad catalana. El segundo problema que nos plantea este y el resto de soluciones por la fuerza es la posibilidad de la rebeldía ante ellas, lo que obliga necesariamente a elevar el nivel de fuerza y nos introduce en una espiral de difícil control. Un tercer problema, que se puede comprobar con facilidad y que resulta una tendencia evidente en los últimos años, sería el aumento de los adeptos al independentismo de las medidas de fuerza al percibirse una sensación de agresión externa. Casi de invasión. Sociológica y psicológicamente son procesos muy conocidos. El cuarto y último problema que conlleva la fuerza es que no ataca el origen del problema, que no es otro que el sentimiento independentista de varios millones de personas, con lo que difícilmente puede solucionarlo.

El escenario de fuerza media se supone que sería la más probable respuesta del gobierno. Sumar a las medidas ya adoptadas la aplicación laxa del artículo 155 y la convocatoria de elecciones. Este escenario no resuelve en absoluto el problema, tan solo lo aplaza al resultado electoral, que puede suponer un empeoramiento evidente en caso de mejora de los independentistas o consecguir una solución parcial a corto plazo en caso de un una ampliación parlamentaria de los unionistas. Pero, además, tiene consecuencias negativas muy marcadas. Para empezar, desaparecería la amenaza del artículo 155, pues ya se habría aplicado, y en caso de continuar el problema ya no se podría presentar como una solución, sino que habría que plantear una escalada de fuerza (artículos 116 y 8). Sería una carta utilizada. Además, aunque se trate de una intervención de la autonomía mínima en comparación a lo que se podría llegar a hacer, la sensación de agresión aumentaría el número de adeptos a la causa independentista. Por otra parte, con el paso del tiempo se comenzarían a sentir las consecuencias de las medidas económicas, en caso de persistir, las cuales tienen un incierto sentido, ya que podrían generar rechazo al proyecto independentista o al estado español.

La siguiente respuesta, la fuerza máxima, añadiría al escenario anterior la intervención policial y/o militar, la suspensión de la autonomía por tiempo indefinido y la centralización de las competencias. Evidentemente, este escenario supondría una ruptura total y podría tener consecuencias muy serias como disturbios e, incluso, resistencia armada (ya fuera de grupos violentos o de los cuerpos policiales) que podrían provocar la intervención militar (en la actualidad hay un número ligeramente superior de mossos que de policías y guardias civiles) y/o la intervención internacional. No cabe duda que en semejante escenario, un conflicto abierto, se antojaría complejo que las instituciones supranacionales siguieran manteniéndose impertérritas.

En caso de no producirse la intervención internacional, lo cual dependería en gran medida de la intensidad del conflicto y su duración, esta solución es la que tendría más posibilidades de solucionar el problema a corto y medio plazo, lo que con una centralización de la educación, las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado y un sometimiento absoluto de los poderes legislativo y ejecutivo generaría un escenario de estabilidad que sostenido en el tiempo lo suficiente (décadas) podría llevar a una solución definitiva al problema. Esta solución es propia de dictaduras y, como se ha demostrado, no se puede garantizar su éxito: después de los cuarenta años del franquismo, estamos aquí.

No podemos obviar, tampoco, que en caso de producirse un conflicto prolongado en el tiempo las heridas que se pueden originar en la sociedad pueden ser de una enorme profundidad. Por ejemplo, en el caso del conflicto en Euskadi, no cabe duda que la violencia vivida es uno de los elementos que hoy les impide estar en la situación que están los catalanes.

Por tanto, sea cual sea el escenario de fuerza que apliquemos resulta más que evidente que ninguno de ellos, salvo el más extremo, soluciona el problema y que el peligro de aumentar el nivel de la fuerza hasta terminar en una espiral incontrolable es más que considerable. Muy probablemente, esta es la solución que desearían los sectores más ultras de nuestra sociedad.

Escenarios de Diálogo

Las posibilidades de diálogo pasarían por tres tipos de escenarios:

El nivel de diálogo de baja intensidad es un escenario que ya se producido con anterioridad, tanto en gobiernos socialistas como populares. Como vemos, no supone una solución completa ni real al conflicto, aunque sí asegura la reducción de los niveles del independentismo y garantiza una cierta estabilidad a corto plazo. No es una solución definitiva, pues tarde o temprano los independentistas podrían pedir más concesiones, se podría producir otra involución en el gobierno central que alentase el deseo de independencia o podría producirse  cualquier otra externalidad que afectase al equilibrio conseguido. No cabe duda, por ejemplo, que la resolución del Tribunal Constitucional sobre el 'Estatut' y la involución del gobierno del Partido Popular han sido elementos clave para llegar a esta situación.

Un nivel de diálogo medio consistiría en un acuerdo constitucional (que incluye reformas superficiales), un aumento de las competencias y una cesión en cuestiones fiscales y económicas. Esta solución sería definitiva a corto y medio plazo e, incluso, podría ser definitiva a largo plazo, pero tampoco se puede asegurar por completo. Mientras la coyuntura económica y política fuera positiva y existiese una relación fluida entre ambos gobiernos no cabe duda que sería una solución y, resulta evidente que dado el contexto actual esta solución sería dada por buena de forma mayoritaria por la sociedad catalana y española en los próximos años. Pero ¿definitiva? Esa es la gran pregunta que tiene difícil solución.

El tercer nivel de diálogo consistiría en abrir un proceso mucho más complejo como podría pasar por un referéndum, un estado federal o un estado libre asociado (estos dos últimos escenarios requerirían igualmente de referéndum). Si analizamos esta posibilidad descubrimos que, aunque contenga debilidades y amenazas, es la única que cerraría el conflicto por completo. O, al menos, es la que tiene más posibilidades.

El presidente de Cataluña, Carles Puigdemont, en el Parlamento catalán, Barcelona, España, el 10 de octubre de 2017. / Albert Gea / Reuters

Si ganase la independencia, fin del problema. En cambio, si ganase el unionismo ello no supondría la renuncia a la celebración de un nuevo referéndum (ya se escuchan voces en Escocia), por lo que habría que pactar que los resultados fueran acatados durante un periodo de tiempo (10, 25, 50 años…). En cualquier caso, la celebración del referéndum tiene una enorme ventaja sobre cualquier escenario, aun en el caso de producirse la victoria del unionismo: legitima cualquier uso posterior de la fuerza en caso de ser necesario. Por otro lado, el referéndum puede suponer una gran ventaja a un gobierno involucionista como el que tenemos en la actualidad y, a la vez, una gran amenaza para el independestismo: la centralización. Después de esta crisis y de la celebración de un referéndum pactado, en caso de victoria del 'no' a la independencia, sería muy complejo cuestionar, máxime con el vigor con el que se ha mostrado el aparato del Régimen, que el gobierno central iniciase un proceso de centralización de todo el territorio y suprimiera competencias o desmontase directamente, aunque fuera de forma soterrada, todo el sistema autonómico.

En cuanto al estado federal o la posibilidad de un estado libre asociado, dichas opciones necesitarían de reformas constitucionales y, posiblemente, referéndum. No cabe duda que se trataría de dos soluciones no menos definitivas al problema, pero habría que asumir que ello supondría un proceso complejo.

La conclusión

Por tanto, tras analizar los escenarios solo existen dos soluciones definitivas al problema a medio y/o largo plazo, una del siglo XX (el uso de la fuerza en su expresión máxima) y otra del siglo XXI (el uso del diálogo en su expresión máxima). Si tenemos en cuenta que la fuerza ya fue usada y ha demostrado ochenta años después no haber solucionado gran cosa, solo nos quedaría optar por la solución que Reino Unido o Canadá han adoptado en el siglo XXI y antaño hubiera sido impensable: el acuerdo. Cualquier otra solución, a poco que se analice el escenario, solo supondrá posponer la cuestión durante un tiempo.

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