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Final de Champions en Occidente, guerra en Oriente

Publicado: 28 may 2018 15:49 GMT

Occidente y el mundo en general disfrutaron el sábado por la noche de un evento deportivo único, uno de los cuatro o cinco más importantes de los que se celebran anualmente. Quizá el más importante. Millones de personas se agolparon frente a los televisores, casi los devoraron de impaciencia, el nudo en el estómago, los nervios en cada jugada de peligro, el temor y la esperanza. La ilusión. El profundo deseo de ver ganar a uno de los dos equipos, fuera cual fuera, lo acaparaba todo.

La final estuvo a la altura de lo esperado. Cuatro goles. Uno de ellos un auténtico golazo y dos errores no menos controvertidos e históricos. Dos lesiones con el dolor y el llanto reflejados en el rostro de deportistas que acaban de perder una oportunidad que, en fútbol, nadie sabe si puede ser la última. Dos partidos diferentes, como si se hubieran jugado en días distintos, y alternativas vibrantes en ambas porterías. Con el pitido final, exaltación y júbilo o decepción y desconsuelo mientras las cámaras de televisión rastreaban las gradas en busca de niños llorando, apesadumbrados, ante la derrota del equipo o de aficionados jubilosos celebrando la victoria tras el esfuerzo ímprobo realizado por millonarios en pantalones de deporte que conquistaron su cuarta Champions en cinco años. La tercera seguida.

Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.
"Más de dos millones de desplazados vagan por el mismo país en el que las estrellas de fútbol paralizaron el mundo como por arte de magia". Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.

A no mucha distancia, la guerra se perpetuaba. Ese conflicto que ya casi nadie recuerda, como si hubiera terminado hace años o décadas. Como si jamás hubiera existido. Solo que existe, solo que continúa. Los proyectiles de morteros llueven, los fusiles disparan, las minas acechan, los 'chekpoints' registran. Los goles no cambiaron nada. Muchos niños lloran por la desesperación del que sufre malnutrición, muchos ancianos hacen esfuerzos fatigosos por conseguir agua y muchas mujeres y muchos hombres no son capaces de calentar los hogares. Porque los cortes de agua y luz son la cotidianidad de este cruel olvido. Y los cadáveres, claro está, siguen acumulándose hasta superar las 10.000 víctimas, según la Oficina para el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos. Ese es otro registro histórico, como el golazo de chilena, pero menos conocido. Más anecdótico en nuestras vidas, menos transcendental.

Como si fuera una ficción, había una guerra tras los focos, las cámaras y el balón. Tras la opulencia. Más de dos millones de desplazados vagan por el mismo país en el que las estrellas de fútbol paralizaron el mundo como por arte de magia. Con la misma magia, o parecida, con la que los diarios occidentales detuvieron un día la guerra ucraniana y dejaron de informar en portada sobre ella. De nuevo, un mundo y un inframundo separados por los designios del capital, por los intereses geopolíticos. Como Oriente Próximo, Palestina, Yemen, Libia o Arabia Saudí.

Un país perdido

Ucrania es una guerra que, como muchas otras, jamás debería haber acontecido. Sobre todo, porque existía un pacto tácito de no agresión por el cual tanto Ucrania como Bielorrusia, Lituania, Letonia y Estonia quedarían fuera de cualquier organización, de un lado u otro, convirtiéndose en un espacio neutral, de seguridad si se prefiere, entre Occidente y Rusia. Europa no cumplió y se anexionó primero las repúblicas bálticas, que ahora custodia militarmente con el consiguiente gasto, y después quiso hacer lo mismo con Ucrania, pensando que Rusia permanecería impertérrita ante un nuevo abuso. Se equivocó y el error lo están pagando y lo pagarán millones de personas.

Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.
"Las guerras actuales ya no van de ganar o perder, van de comprar y vender armamento. De consumirlo. De debilitar al rival. De estados fallidos. De neocolonialismo". Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.

Después, ante la imposibilidad de la anexión llegó la 'paz'. Tres años después de los acuerdos de Minsk, Occidente obvia el incumplimiento de las promesas de Poroshenko de terminar con la corrupción, conseguir la paz, mejorar la transparencia y otorgar un estatus especial a Donetsk y Lugansk. Al presidente ucraniano le interesa la guerra, a casi todos en realidad, porque sabe que mientras los morteros sigan cayendo sobre familias y los explosivos continúen segando vidas de niños jugando, al fútbol claro, tanto Washington como Bruselas le apoyarán sin fisuras. Para él, la guerra significa inmunidad para la corrupción y protección para su continuidad política, por eso considera a Rusia un país agresor y compara Crimea y Dombás. Porque quiere guerra, aunque sepa que será inviable a corto y medio plazo la victoria militar, aunque tenga la certeza que lo mejor sería trabajar en el sentido contrario. Aunque a lo máximo que aspire sea a una victoria pírrica que destruya todavía más lo poco que queda en pie en las tierras negras. Hoy más sangrientas que nunca.

Pero las guerras actuales ya no van de ganar o perder, van de comprar y vender armamento. De consumirlo. De debilitar al rival. De estados fallidos. De neocolonialismo. Y en esas está Poroshenko con la complicidad de Estados Unidos y Europa, no en vano Estados Unidos aprobó en diciembre de 2017 que se vendieran armas letales a Ucrania. Y los heridos ya superan los 25.000 en esta 'guerra congelada' e ignorada.

Ucrania ya es un país sin esperanza. Un país perdido. El futuro de las próximas dos o tres generaciones no solo quedará mermado demográficamente y marcado por el odio, los cadáveres, las mutilaciones y el infinito dolor de perder a los seres amados, sino que la malnutrición, las carencias sanitarias y el desplazamiento será sufrido por millones de personas. No será el último padecimiento, cuando la munición se agote llegará la explotación laboral en empresas subcontratadas por nuestras textiles, farmacéuticas o tecnológicas. O por cualesquiera otras. Todo ello mientras sus recursos son expoliados por nuestros estados de forma más o menos 'legal', quizá en concepto de reparación de guerra, o son consumidos por el gasto bélico, que al final viene a significar lo mismo.

Occidente jugó el sábado 25 de mayo la final de la Champions League, Oriente hacía lo posible por sobrevivir. Y después de todo, aunque muchos ni lo sepan ni quieran saberlo, los goles no cambiaron nada.

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