Opinión

La nueva salvajada de Arabia Saudí

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Un periodista entra en la Embajada de Arabia Saudí en Turquía y acto seguido es apresado por quince hombres. No había mucha intención de desperdiciar semejante oportunidad. La perplejidad y angustia del periodista debió ser inenarrable. Nada más ser aprehendido es trasladado a las dependencias del cónsul, reducido, apoyado en una mesa y drogado.

Instantes después es trasladado vivo a una habitación contigua. Drogado, pero no sedado, le cortan los dedos. Después comienza a ser descuartizado con una sierra eléctrica por uno de los quince hombres, sicarios todos. Los gritos, el ruido de la sierra y las contorsiones resultan tan espeluznantes que el principal asesino recomienda a los 'espectadores' escuchar música y en un momento dado seda al periodista. Tal recomendación, la conducta en general, nos sitúa ante un profesional. Un experto descuartizador y ejecutor. La escena dura siete minutos, los que tarda el esbirro en desmembrar y finalmente decapitar al periodista.

Durante el proceso, en un momento indeterminado, el delegado consular protesta. No lo hace por el suceso en sí mismo, sino por las consecuencias que pudiera derivarse de él. "[Hacedlo] en cualquier sitio por ahí o tendré problemas". Al sicario, diría yo, no le tiembla ni la voz, solo está en su jornada de trabajo. Un día en la 'oficina'. Es más, hasta es muy posible que le incomoden tantos escrúpulos. 'Estos diplomáticos siempre con tantas suspicacias'.

Sin apenas margen para más protestas le espeta "cállate si quieres seguir vivo cuando estés de vuelta en Arabia Saudí". El cónsul calla, aterrorizado ante semejante amenaza, pues en medio de los alaridos, los trozos de carne amontonados y la sangre salpicada en el suelo y los muebles convirtiendo la sala en un matadero, la amenaza no es una bravuconada. Es real. Traga saliva y piensa, presumiblemente, que ojalá acabe cuanto antes el dantesco espectáculo que acontece frente a él. Y acaban. Recogen los restos, limpian la sangre y vuelven a convertir la sala consular en lo que jamás debería haber dejado de ser tras haberse trasformado durante instantes en una grotesca carnicería.

Este relato no es ficción, no es una novela, no es una película, es Arabia Saudí. Se produjo, según diversas fuentes y medios, en la Embajada saudita en Turquía cuando un periodista crítico ―ni siquiera disidente― llamado Jamal Khashoggi, acudió el pasado 2 de octubre a recibir un papel que necesitaba para contraer matrimonio.

Protestas internacionales

Ante semejante salvajada las protestas han arreciado sobre los sauditas y el foco periodístico les persigue con la tenacidad de un sabueso. De hecho, la situación ha llegado hasta el punto de considerar estos, en un gesto absolutamente inusual en la diplomacia, admitir que en mitad de un interrogatorio el periodista falleció. Una versión un tanto particular de los terroríficos siete minutos que costaron la vida a Khashoggi.

Y es que no es lo mismo para la prensa internacional masacrar yemeníes, ya sean mujeres, ancianos o niños, que asesinar a un periodista que escribe en medios norteamericanos. Menos aún de la forma en la que se sabe que ha sucedido todo y menos aún si existe una grabación del asunto. Si el negocio hubiera sido menos sanguinolento y explícito, algo más parecido a una sospecha que a una monstruosidad semejante, todavía. Si todo tuviera que ver con financiar al Estado Islámico que asesina musulmanes por miles y europeos por cientos mientras ayuda a derrocar a Siria, pues tampoco sería para tanto. Al fin y al cabo, los sauditas no solo decapitan por cientos a los suyos todos los años, ya sean disidentes, adúlteros, homosexuales o ateos, sino que también compran carros de combate, participan del tráfico de armas y se ven envueltos en los turbios negocios junto a la élite occidental capitalista. Pero este embrollo es demasiado charcutero para el alto estándar moral de la prensa occidental. Asesinar a un periodista de la manera en la que se ha perpetrado es traspasar una línea roja cuyas consecuencias los sauditas deberían haber tenido capacidad de prever. Lo que sucede es que entre tanta decapitación, tanta sierra eléctrica y tanto genocidio a veces pierde la perspectiva.

La situación, además, no llega en el mejor momento para Arabia Saudí, cuyos métodos ya han sido condenados por Canadá, lo que ha desatado una colérica venganza diplomática saudí tan extremadamente dura como bastante insólita. Y es que los sauditas están más acostumbrados a países como España, en los que literalmente se les considera familia por la gracia de los millones de euros en comisiones, que a países disconformes con sus reiteradas y estructurales violaciones de los derechos humanos.

En cualquier caso, que nadie espere medidas de profundidad contra Arabia Saudí y sus barbaridades, pues ambas son aliadas occidentales, aliadas OTAN, y lo seguirán siendo. Queda capear el temporal, dejar pasar el tiempo y que la prensa internacional, antes o después, olvide el atroz crimen. Porque Occidente no dejará de venderles armas, las élites occidentales no dejarán de apropiarse de comisiones millonarias y los sauditas no dejarán de masacrar yemeníes o financiar las ideas más radicales que después terminan en atentados. Sobre todo, porque sin esto último las dos suculentas premisas anteriores no se cumplirían.

Luis Gonzalo Segura
Luis Gonzalo Segura
Los sauditas no solo decapitan por cientos a los suyos todos los años, ya sean disidentes, adúlteros, homosexuales o ateos, sino que también compran carros de combate, participan del tráfico de armas y se ven envueltos en los turbios negocios junto a la élite occidental capitalista.

Las consecuencias de aliarse con el terror

No sucederá, pues, pero ciertamente se hace cada vez más necesario que Occidente recapacite sobre su geopolítica a nivel mundial y sobre los perversos aliados que cuenta a día de hoy sobre el tablero. No parece que países como Arabia Saudí sean los mejores compañeros si se pretende un mundo mejor, aunque no cabe duda que si el objetivo es descuartizar el planeta para expoliarlo, difícilmente se encontrarán mejores sicarios.

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