Opinión

De rechazar invitaciones a descartar sanciones: las dudas de la UE ante la presión de Biden contra Rusia

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La Unión Europea, en plena crisis de identidad, duda si seguir a Estados Unidos en la que parece que puede ser su próxima aventura bélica: Ucrania. Terminado su Vietnam del siglo XXI –Afganistán, país del que retirarán las tropas antes del próximo 11S–, Estados Unidos busca una guerra con la que seguir ostentando un liderazgo mundial cada día más resquebrajado, aunque ello suponga incendiar, otra vez, el mundo. Un mal menor si ello permite alimentar a su insaciable industria militar y llenar los bolsillos de no pocos comisionistas. Un entramado bélico que ha añadido a sus balances contables, guerra tras guerra y muerte tras muerte, todo lo que los norteamericanos han perdido en vidas humanas, prestigio y posición geopolítica. 

La Unión Europea duda 

Este lunes, 19 de abril, la Unión Europea volvió a dar la espalda a la escalada de tensión norteamericana cuando decidió descartar la imposición de nuevas sanciones contra Rusia, en este caso basadas, según el Alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borrell, en el despliegue de tropas rusas en la frontera de Ucrania y el deterioro de la salud de Alexéi Navalny.

El hasta hace poco ministro de Exteriores español se ha quejado de la concentración de 150.000 soldados rusos en la frontera con Ucrania y ha responsabilizado a Rusia del deterioro de salud de Navalny, cuya liberación ha exigido. Incluso ha señalado que se trata del mayor despliegue militar del ejército ruso en las fronteras de Ucrania hasta la fecha, aunque no ha ofrecido fuente alguna al respecto, lo que no parece muy acorde con el cargo que ostenta. 

Las contradicciones de la Unión 

En primer lugar, cabría señalar que sorprende que se pretenda sancionar a Rusia por movilizar militares en su propio territorio cuando el año pasado los Estados Unidos plantearon el ejercicio Defender Europe 20, el mayor ejercicio militar norteamericano en Europa en un cuarto de siglo con 37.000 militares en total, llegando a desplegarse desde Norteamérica un total de 20.000 militares y 4.000 efectivos de la Guardia Nacional provenientes de hasta 12 estados y equipados con 13.000 equipos de combate, carros de combate y vehículos blindados.

Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.
Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.
Occidente pretende sostener que las fuerzas militares de EE.UU. y la OTAN pueden ejercitarse, incluso a escalas ingentes, en países europeos fronterizos con Rusia, pero esta no puede movilizar militares en su propio territorio.

Un enorme contingente que se unió a 9.000 militares norteamericanos destinados en bases militares norteamericanas en Europa. Ello por no hablar de la presencia militar constante de múltiples países europeos en las Repúblicas bálticas, Hungría o Polonia. Occidente pretende sostener que las fuerzas militares de Estados Unidos y la OTAN pueden ejercitarse, incluso a escalas ingentes, en países europeos fronterizos con Rusia, pero esta no puede movilizar militares en su propio territorio. 

En segundo lugar, las informaciones sobre el peligro de salud de Navalny tras dieciocho días en huelga de hambre resultan no menos asombrosas. Y no hablo desde el desconocimiento, pues yo estuve un total de 21 días en huelga de hambre sin que las señales fueran tan alarmantes, aunque entiendo que cada organismo es un mundo. 

Y en tercer lugar, lo que sí llama la atención es que exista tanta preocupación por el estado de salud de Navalny, lo que me parece lícito, y tan poco por aquellos que han pasado y pasan por situaciones tan duras o más en la propia Unión Europa. Indigna, cuanto menos, escuchar a Josep Borrell preocuparse por el estado de salud del opositor ruso o por los derechos humanos cuando en la España gobernada por el partido al que pertenece, el PSOE, los políticos catalanes han sido nuevamente encarcelados por sus ideas. O cuando los ciudadanos han sido torturados y asesinados por iniciativa del mencionado PSOE, lo que ha sido justificado, incluso, por la ministra de Defensa, Margarita Robles, o el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. O cuando el actual ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, ha provocado varias condenas a España por no investigar las torturas… 

No es la primera señal de vacilación 

Más allá del cinismo y la hipocresía de la Unión Europea, que vende refugiados al por mayor a Turquía por miles de millones de euros, la marcha atrás europea constituye un nuevo retroceso a las iniciativas bélicas de Joe Biden en Ucrania tras el rechazo público la semana pasada de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, a la invitación para acudir el próximo 24 de agosto a la celebración del trigésimo aniversario de la independencia de Ucrania de la Unión Soviética. Un rechazo que adquiere dimensiones de escándalo diplomático al ser la propia presidenta de la Comisión Europea quien, de forma insólita, oficializará por escrito su denegación. Un acto al que sí acudirá Charles Michel, presidente del Consejo Europeo, en un intento de mantener un punto medio cada día más insostenible. 

Estados Unidos se retira de Afganistán, su Vietnam del siglo XXI 

No podemos olvidar, en cualquier caso, que el aumento de intensidad en la durante años olvidada Ucrania coincide con el anuncio de Estados Unidos y de la OTAN de comenzar el abandono de Afganistán el próximo 1 de mayo para culminar la retirada antes del vigésimo aniversario del 11S. Una guerra perdida, otra más, que ha costado, solo a Estados Unidos, más de un billón de dólares, más de 2.300 militares fallecidos y más de 20.000 heridos. En total, han sido más de veinte años en los que no se han conseguido ninguno de los objetivos iniciales y que han culminado de la forma más humillante posible: pactando un tratado con los talibanes. Esos que eran tan buenos en los ochenta y tan malos a principios de este siglo. Ahora, se ve, vuelven a ser buenos. 

Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.
Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.
La UE sabe que Rusia no pretende una guerra, sino respeto. Sabe que lo mejor para toda Europa es restablecer las relaciones con Rusia, pactar en Ucrania y abandonar sus intenciones en Bielorrusia. Pero también sabe que EE.UU. no se lo permitirá.

En este contexto, Rusia, elevada de nuevo a la categoría de ogro, ayuda, y mucho, a evitar cualquier reflexión al respecto de lo ocurrido en Irak y Afganistán en las últimas dos décadas. Además, aumentar la tensión en Ucrania, al coste que sea, permite que la industria militar norteamericana –que acaparó en 2019 el 59% del mercado mundial– aumente sus pedidos, y sus beneficios. Es una operación redonda para los Estados Unidos que a los europeos no termina de entusiasmar, pues no dejan de ser vecinos de Rusia y conocen por experiencia las consecuencias de estos tejemanejes norteamericanos. 

Las cifras demuestran la realidad 

Pero, más allá de las declaraciones o las intenciones de unos y las dudas de otro, para saber lo que realmente sucede en Ucrania debemos acudir a lo incuestionable: las cifras. El gasto militar de Rusia durante 2018 se situó en un total de 63.000 millones de dólares, lo que constituye una décima parte del gasto de Estados Unidos, una cuarta parte menos de lo que gastó Arabia Saudí y solo la tercera parte de lo que gastaron Alemania, Reino Unido y Francia juntos –menos de una cuarta parte si añadimos al resto de países de la Unión Europea–. ¿De verdad Rusia puede planear una guerra cuando su gasto es una décima parte del gasto militar norteamericano y una cuarta parte del europeo? 

Es una cuestión de respeto 

No, ciertamente no. Las cifras demuestran que la tensión existente en Ucrania, el enfrentamiento entre Europa y Rusia, instigado por Estados Unidos y la OTAN, se debe en gran medida al posicionamiento occidental. Estados Unidos debería haber mostrado respeto por Rusia tras la caída del Muro de Berlín, haberla tratado como a una compañera, haber pactado con ella y haber mantenido la neutralidad en las Repúblicas bálticas, Bielorrusia y Ucrania, la franja que delimitaba entonces a la Unión Europa con Rusia y que constituye un área de influencia rusa. Sin embargo, lo que pretendió fue el sometimiento ruso, su ostracismo y su expulsión a Asia. Y la Unión Europea, que probablemente hoy se arrepienta, obedeció como lo hizo en Afganistán o Irak. Inicialmente aquella maniobra funcionó hasta que Rusia modernizó sus Fuerzas Armadas y dijo basta. Ahora no pocos se lamentan. 

Es por ello que Europa duda. Sabe que Rusia no pretende una guerra, sino respeto. Sabe que lo mejor para toda Europa es restablecer las relaciones con Rusia, pactar en Ucrania y abandonar sus intenciones en Bielorrusia. Sabe que mejorar las relaciones con Rusia generaría múltiples beneficios a todos los niveles. Sabe que la tensión solo sirve para gastar en armas lo que podrían gastar, unos y otros, en educación o en sanidad, o en reducir la pobreza y la desigualdad de la Unión, cada día más alarmantes. Sabe que reconducir las relaciones con Rusia puede ser el primer paso para reconstruir el proyecto de la Unión, el cual, a día de hoy, naufraga. Pero también sabe que Estados Unidos no se lo permitirá. Y duda. Europa duda.

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