Opinión

Occidente contra Rusia, ¿un conflicto irresoluble?

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La Mini Guerra Fría estuvo cerca de entrar en ebullición y de alcanzar dimensiones inimaginables cuando, el pasado jueves 23 de junio, un buque de guerra y un avión rusos lanzaron disparos de advertencia –el avión Su-24 arrojó cuatro bombas OFAB-250– para disuadir al destructor británico HMS Defender de navegar por aguas territoriales rusas –junto a Crimea–. No obstante, se trata de la primera ocasión en la que Rusia utiliza munición real para disuadir a un buque de guerra occidental desde la Guerra Fría. 

La escaramuza no llegó a mayores, aunque en ningún caso puede considerarse un incidente menor ni tampoco un episodio aislado, pues se trata de uno más de las decenas de incidentes que se han producido entre la OTAN y Rusia en las proximidades –o el interior– de esta última desde la crisis de Ucrania. Episodios que son juzgados, a conveniencia, con dureza o tibieza en medios occidentales. Si la OTAN realiza ejercicios mastodónticos junto a la frontera rusa con innumerables efectivos, vehículos, buques y aeronaves se trata de maniobras legítimas, habituales e inocuas –como los Defender Europe–, pero si los rusos realizan ejercicios en su propio territorio, entonces están provocando una Tercera Guerra Mundial. 

Obviamente, los rusos siempre son los malos de una película escrita por los guionistas occidentales que solo en ocasiones muestra alguna toma falsa. Como la que recorrió medio mundo este domingo 27 de junio, cuando documentos clasificados del ministerio de Defensa británico fueron encontrados en una parada de autobús de Kent. Una toma falsa que convirtió el thriller ruso en una serie cutre de bajo presupuesto, pues desveló que los británicos sabían lo que estaban haciendo y contaban con la más que posible reacción de los rusos. Los provocados han terminado por ser los provocadores, pues muy accidental no parece que fuera la navegación del Defender británico. 

En este escenario teatral, los ejercicios Sea Breeze 21, que tendrán lugar en el mar Negro entre la Marina ucraniana y la Sexta Flota norteamericana hasta el próximo 23 de julio con el recién llegado USS Ross, no solo se consideran legítimos, necesarios u oportunos sino hasta pacíficos, aun cuando sean los mayores de su historia con más 5.000 efectivos y más de setenta embarcaciones y aeronaves de más de una treintena de países. Y ello, aunque el USS Ross lleva algo más que palomas de la paz, 56 misiles Tomhawk para ser exactos, y no navegue para inaugurar la presencia norteamericana en el área de influencia rusa, sino para sustituir al USS Laboon que lleva semanas patrullando el mar Negro –imaginen embarcaciones rusas en gigantescas maniobras en el Golfo de México frente a la costa norteamericana, ¿qué dirían los medios occidentales?–. 

Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.
Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.
Si la OTAN realiza ejercicios mastodónticos junto a la frontera rusa con innumerables efectivos, vehículos, buques y aeronaves se trata de maniobras legítimas, habituales e inocuas, pero si los rusos realizan ejercicios en su propio territorio, entonces están provocando una Tercera Guerra Mundial.

Ciertamente, en Occidente hay países, y no son cualesquiera, sino Francia o Alemania, que en los últimos días, conscientes de la realidad, abogaron por el diálogo con Rusia, lo que no fue aceptado por la mayoría de los países europeos, muchos de ellos más sometidos a Estados Unidos que involucrados en el proyecto de crear una Unión europea independiente. Así pues, con una OTAN caldeando el ambiente y una Europa fracturada, lejos de un deshielo, la Mini Guerra Fría se encamina, si no se impone la razón, hacia un conflicto convencional, pero ¿qué soluciones se pueden adoptar para reconducir las relaciones entre Rusia y Occidente y evitar el conflicto armado? 

La solución USA 

La solución de Estados Unidos pasaría por que Rusia se sometiera a su voluntad, como el resto de Europa, y se integrara en la OTAN tras entregarle todos sus recursos y poner a su servicio sus fuerzas militares. Entonces sería bienvenida en la Unión Europea, en los paraísos fiscales y en el expolio latinoamericano y mundial. Todos a una. Ni que decir tiene que este sueño norteamericano, muy frecuente durante los años noventa, necesitaría, al menos, de un presidente borracho en ropa interior en la avenida Pennsylvania mientras detiene un taxi para comprar una pizza –y no es broma, algo parecido parece que le sucedió a Yeltsin–. No es el caso de Putin, quizás por eso resulte tan poco gracioso. 

La solución OTAN 

La solución OTAN es, a todas luces, otro imposible, pero solo desde hace unos años, porque durante mucho tiempo fue la hoja de ruta norteamericana en Eurasia. Consiste en anexionarse mediante la Unión Europea y la OTAN desde las Repúblicas bálticas, ya anexionadas, hasta Ucrania y Bielorrusia, para convertir a Rusia en una potencia asiática. Tras esta primera fase, se cerraría el cerco a Rusia convirtiéndola casi en una potencia ártica con la expulsión de Rusia de Asia Central –llamémoslo globalización, que suena más tierno–. En este escenario, la OTAN llegaría, de forma oficial u oficiosa, hasta casi China, el siguiente objetivo en este ideal Risk.

Sin embargo, con un Estados Unidos resquebrajándose, un sistema capitalista mostrando síntomas de debilidad, una Rusia fortalecida militarmente y una China emergente, lo que hace solo un par de décadas podía ser factible, hoy parece un imposible. 

La solución rusa 

La solución rusa, les cuenten lo que les cuenten, ha pasado siempre por considerar a las Repúblicas bálticas, Bielorrusia y Ucrania un área de influencia que debería quedar ajeno a la OTAN y a la Unión Europea. Así quedó pactado de facto tras la caída del muro de Berlín, cuando Rusia pensó que sería tratada como un amigo y abrió la mano. Un corredor de seguridad que, de no intervenir Rusia en la última década, hoy estaría plenamente integrado en la OTAN y la Unión Europea, como es el caso de las Repúblicas bálticas, y se habría convertido en una soga geopolítica en el cuello ruso. De hecho, Ucrania arde y Bielorrusia está cerca de la combustión.

Lamentablemente, esta solución parece, a día de hoy, inviable, pues supondría que Estados Unidos renunciase a arrinconar a Rusia o una Unión Europea fuerte y unida impusiera cordura por su propio interés. Quizás un colapso económico permita en un futuro esta vía o una muy similar, pues Europa triplica con creces el gasto de Rusia en Defensa, lo que puede tener serias consecuencias.

Las soluciones salomónicas 

Más allá de las soluciones de unos u otros, improbables por múltiples cuestiones, una solución salomónica pasaría por un compromiso de la OTAN y de la Unión Europea de no incorporación de Bielorrusia y Ucrania y una solución para la crisis territorial ucraniana. Una solución que pasaría por la división de Ucrania creando una nueva república, la concesión de una autonomía real a la zona prorrusa o la creación de un nuevo estado tutelado por la ONU o un ente neutral de confianza para ambas partes. Esta solución no es descartable, pero no parece a corto plazo que cuente con opciones reales. 

La solución clásica 

Por último, queda la solución clásica, la que presumiblemente se implementará: dejar que la situación se resuelva sola, como la anterior Guerra Fría. Es decir: 1) gastar y gastar en armamento mientras cada día aumentan a mayor velocidad el número de millones de pobres en Europa, en Estados Unidos y en el resto del mundo, incluyendo ancianos y niños; 2) Rezar para que nadie apriete el botón equivocado y reventemos todos; y 3) esperar a que el gasto militar salvaje provoque, junto a otras medidas, el colapso de una de las partes.

Conociendo a Occidente, los creadores de ese precioso siglo XX con dos devastadoras contiendas y medio siglo de crueles y sanguinarias dictaduras a su servicio: recen, aunque no sepan.

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