Opinión

Las consecuencias de la estrepitosa caída de Afganistán: ¿es un fracaso para EE.UU.?

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Solo el tiempo podrá precisar la magnitud del impacto y las consecuencias de la esperpéntica e histórica derrota en Afganistán para los Estados Unidos y, sobre todo, para el resto del planeta, pero de lo que podemos estar seguros es que nada bueno acontecerá, pues Estados Unidos será capaz de cualquier maniobra con tal de seguir controlando el planeta. 

Biden: Estados Unidos no fracasó en Afganistán, cumplió sus objetivos 

Si pensamos en los objetivos públicos que esgrimieron los norteamericanos, el fracaso no puede ser mayor. Es una hecatombe histórica. Tras varios billones de dólares y varios millones de muertos en Afganistán e Irak, estos países no se han democratizado, no han dejado de ser refugio de terroristas ni tampoco se encontraron en ellos las armas de destrucción masiva ni al malo malísimo de Osama Bin Laden, al que asesinaron en Pakistán. 

En cambio, si pensamos en los verdaderos objetivos norteamericanos en Afganistán, e Irak, porque difícilmente puede ser desligados, ya que forman parte de la misma operación, la mayoría de los mismos se han cumplido: la industria militar obtuvo milmillonarios beneficios; Irak y Afganistán se han convertido en dos países inestables en las proximidades de China, Rusia e Irán –incluso Pakistán–; y ambos países se han abandonado cuando el coste ha superado al beneficio

Entonces, ¿cuál es el fracaso de Estados Unidos? 

El principal fracaso de Estados Unidos en Afganistán, e Irak, no es haber destrozado ambos países para beneficio de sus intereses geopolíticos o de sus industrias militar, petrolífera, farmacéutica o textil, sino haber sido incapaz de imponer gobiernos pronorteamericanos que pudieran mantener el expolio y la lealtad a cambio de cuantos abusos y corruptelas quisiera cometer.

Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.
Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.
El peor escenario geopolítico para EE.UU. habría sido construir dos democracias modernas y fuertes, soberanas e independientes. Dos países que podrían haberse convertido en aliados de China, Rusia, Irán o Pakistán, o al menos en elementos estabilizadores de la región.

Pero, sobre todo, el fondo fundamental del fracaso lo encontramos en las formas, en el caos de la retirada, en las imágenes. A poco que reflexionemos, de Irak surgió nada menos que el Estado Islámico, la intervención fue mucho más injustificada y el fracaso resultó mucho mayor, pero no existió en la opinión pública una sensación semejante de fracaso. Es el poder de la imagen y, también, del teatro de los medios de comunicación occidentales. 

Escenario geopolítico favorable 

Con todo, dos países inestables, dos bombas de relojería en un triángulo formado por China, Rusia e Irán, es un escenario geopolítico más que óptimo para Estados Unidos, que ha arrasado y ha expoliado la región y los recursos durante décadas hasta que estos han comenzado a perder valor. 

Porque, siendo honestos, el peor escenario geopolítico para Estados Unidos habría sido construir dos democracias modernas y fuertes, soberanas e independientes. Dos países que podrían haberse convertido en aliados de China, Rusia, Irán o Pakistán, o al menos en elementos estabilizadores de la región. Y, lo peor de todo, en rivales regionales de aliados geopolíticos tan importantes como Israel, Arabia Saudí o Turquía. Mejor geopolítica de tierra quemada que de desarrollo regional. Si no se puede asegurar la lealtad, mejor gastar billones en la destrucción que en la construcción. 

Geopolítica sin cambios; política interior en la cuerda floja 

Por ello, la geopolítica norteamericana no experimentará grandes cambios, aunque ello no quiere decir que el planeta no se vea afectado por ello. Tras la estrepitosa caída de Saigón en 1975, Estados Unidos aprendió tan poco que, años después, en los ochenta, Ronald Reagan estaba financiando a los muyahidines, los padres de los talibanes, gracias a la revisión histórica interesada de lo que aconteció en Vietnam. Y de aquella radicalización, este desastre. Por ello, a saber qué puede salir de la caída de Kabul... 

Lo que sí es cierto, y debería preocupar a Joe Biden –aunque dada su edad, más a los demócratas–, es que los republicanos perdieron las elecciones posteriores a Vietnam en 1976 –Jimmy Carter gobernó de 1977 a 1981–, aunque esa derrota electoral cimentó en parte la victoria republicana de Ronald Reagan en 1981 en base, como he apuntado, a que la derrota militar en Vietnam habría sido provocada por la incapacidad gubernamental. Probablemente, los republicanos puedan obtener más réditos de este tipo de colapsos y, en especial, de Afganistán. 

Por otra parte, la historia también demuestra que colapsos como el acontecido pueden no ser definitivos para los gobernantes. Es el caso de John F. Kennedy, que consiguió sobrevivir al desastre de Bahía de Cochinos en 1961 e, incluso, la reputación de Gerald Ford pudo mejorar gracias a episodios posteriores, como el rescate de rehenes norteamericanos en Camboya. 

Por lo tanto, es muy difícil establecer, máxime al comienzo de un mandato, si el bochorno de Afganistán tendrá coste para los demócratas, pero es muy probable que pueda convertirse en un acontecimiento que impulse triunfos electorales futuros de los republicanos. Sobre todo, porque la historia que hoy vivimos será reescrita al gusto a pesar de ser la guerra de los cuatro presidentes –Bush, Obama, Trump y Biden– que tres de ellos, salvo Bush, quisieron abandonar. 

Europa, decepcionada e incapaz 

Europa, el principal apoyo norteamericano en el mundo y pieza fundamental en el tablero euroasiático, ha vuelto a mostrar públicamente su decepción con la política exterior de Estados Unidos. Las imágenes de Kabul, del desastre afgano, aunque teatralizadas por los medios de comunicación y convenientemente desenfocadas, no resultan plato de buen gusto. No tanto por lo que acontezca en Afganistán, lo que en el fondo a Europa no le importa gran cosa, sino porque, como ya aprendió tras Irak y Siria, las consecuencias humanitarias de esa cada vez más numerosa riada de refugiados y desplazados, por encima de los setenta millones, impactará de lleno en el Viejo Continente.

Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.
Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.
Afganistán es una nueva evidencia para los europeos de qué son realmente, de cuál es su sumisión a Estados Unidos o su incapacidad de actuar en su área de influencia.

Es cierto que existen mecanismos para minimizar el daño, pues siempre se puede pagar a Turquía o Marruecos para que limpien de migración a la aristocrática Europa, pero no dejará de ser una nueva evidencia para los europeos de qué son realmente, de cuál es su sumisión a Estados Unidos o su incapacidad de actuar en su área de influencia. Debido a Afganistán, Europa es, ante su ciudadanía, cada día más títere de Estados Unidos

En este contexto, surge la oportunidad de crear un ejército común y convertirse en un actor geopolítico más. Es decir, independizarse realmente de Estados Unidos. Ello sería beneficioso para el mundo, tanto como perjudicial para Estados Unidos, que quedaría arrinconado en el continente americano, pero no se antoja sencillo. Y es que Europa es, ante todo, insolidaria y autodestructiva y, aunque se presente como una unión, dista mucho de serlo. Se denominan tensiones norte-sur y este-oeste, pero realmente son desigualdades económicas, culturales, fiscales, militares, democráticas, educativas o sanitarias tan abismales como los salarios mínimos nacionales, que oscilan entre los quinientos y los más de dos mil quinientos euros. Solo es una prueba, pero hay varias Europas: de ricos, de pobres, de ultras, de regímenes autoritarios, de paraísos fiscales, de demócratas… 

Estados Unidos redistribuye esfuerzos 

A pesar de la herida afgana, Estados Unidos sigue fuerte en Europa, una Europa tan sumisa como dividida, aunque revuelta, por lo que es muy probable que Estados Unidos redistribuya sus esfuerzos para fortalecerse en Europa y, también, en América Latina. Esta redistribución de esfuerzos denota debilidad, ciertamente, pero también pragmatismo, ya que, muy probablemente, Oriente Próximo sea una región abocada a perder relevancia a medida que sus recursos sean cada vez menos importantes. Es un proceso que ya ha acontecido en otras regiones en otros momentos históricos, como en la América española, en la que los recursos mineros dejaron de ser relevantes a medida que las necesidades cambiaron. 

Así pues, los norteamericanos saben que su estatus de potencial global depende en exclusiva de su dominio sobre Europa –y de América Latina–, una región cada vez más cabreada en la que deberá trabajar con gran esfuerzo en los siguientes años para recuperar la confianza. Ello, que Europa sea la clave del estatus planetario de Estados Unidos, no debe hacernos olvidar que en los últimos veinte años Estados Unidos es cada año menos dominador y sus fisuras se muestran cada vez más profundas, hirientes y visibles. 

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