Opinión

Lo que dice de Occidente el asilo en Italia de la niña afgana protagonista de la icónica fotografía de National Geographic en 1985

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Italia ha comunicado de forma oficial, a bombo y platillo, que Sharbat Gula, protagonista de la icónica fotografía de una niña afgana que fue portada de National Geographic en 1985, ha llegado a Roma y ha recibido asilo humanitario por parte del Gobierno italiano. Una noticia que ha recorrido los diarios del planeta y que aspira a propaganda, destila marketing puro, lo que suele pretenderse cuando se piensa en fotografías en lugar de personas. Porque Occidente no entiende de personas, entiende de fotografías, de símbolos, de iconos, máxime si ello le permite borrar de la exigua y efímera memoria occidental la desastrosa evacuación afgana. 

Sharbat Gula, la fotografía

Sharbat Gula tardó décadas en saber que, en 1985, fue protagonista de una icónica fotografía —portada de National Geographic— que representa como ninguna otra la dramática vida de los refugiados afganos. Fue tomada un año antes, en 1984, en un campamento de refugiados de Pakistán, donde en esos momentos había unos tres millones de afganos. Lo que, quizás, todavía no sepa Sharbat Gula, es que no es una persona en Occidente, es una fotografía. Razón por la que, realmente, tiene valor, por la que hoy cuenta con asilo en Italia. Su vida, en toda su expresión, no vale un centavo; su fotografía, en cambio, no tiene precio.

Porque la famosa instantánea se tomó en los años en los que los antecesores de los talibanes eran los luchadores de la libertad y pisaban las moquetas occidentales, como los que protagonizaron una fotografía no menos icónica pero sí menos recordada —una recepción con Ronald Reagan—. Y corrió como la pólvora: una adolescente de ojos verdes y mirada inquietante era justamente lo que Occidente necesitaba como propaganda para la Guerra Fría. Casi como arma de guerra.

En busca de la fotografía perdida

Después, como el cartucho de un proyectil caído al suelo, nadie más reparó en ella hasta que diecisiete años después, en el año 2002, Sharbat Gula volvió a ser protagonista de la revista National Geographic. A decir verdad, de este reportaje no extraña su existencia, sino la tardanza en publicar tan jugoso y rosa episodio como saber qué había sido de esa niña afgana de ojos verdes y penetrantes. Había que saber como fuera qué había pasado con esa fotografía —que no con esa persona—. Hasta fue empleado John Daugman, profesor de la Universidad de Cambridge e inventor de un sistema de reconocimiento automático del iris, para certificar que la mujer encontrada era realmente la niña de la portada de la revista geográfica. Lo era.

Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.
Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.
La fotografía volvió al teatro occidental en un momento en el que Europa aporrea migrantes en la frontera polaca, devuelve ilegalmente migrantes a Marruecos y paga miles de millones de euros a Turquía y al Magreb para no ver migrantes ni de cerca ni de lejos.

Fue entonces cuando relató que tenía tres hijas, que había perdido una cuarta y que su vida había sido de lo más miserable. También, todo hay que decirlo, era más que evidente su proximidad a los talibanes y no solo por sus declaraciones, sino también por su ubicación entonces, en las montañas de Tora Bora, donde habían quedado recluidos los talibanes tras la invasión norteamericana de 2001. No lo sabía entonces, pero solo era el principio de dos décadas de guerra e invasión que no terminarían hasta que hace unos meses los occidentales debieron abandonar el país, ridículo mediante.

La fotografía reaparece por casualidad

Terminado el espectacular reportaje, acabada la tirada de la revista y rellenados convenientemente los espacios intencionadamente vacíos de los medios de comunicación que deberían de servir para explicar muchos porqués, la fotografía volvió a caer en el olvido y Sharbat Gula regresó a su anónima y paupérrima existencia para convertirse en una fotografía nuevamente perdida en el trastero mediático. Sin embargo, un incidente años después, en noviembre de 2016, la elevó de nuevo a la categoría de actualidad: fue detenida y encarcelada por falsificación de documentos en la frontera con Pakistán

Como una fotografía no es una persona, sino que goza de un estatus superior, aquel nuevo incidente de esos ojos verdes que tanto simbolizan y tan poco importan conmovió al mundo occidental. '¡Liberen a Sharbat Gula, no se dan cuenta de que es una fotografía! Ustedes hagan lo que quieran con las personas, pero cuiden las fotografías', pareció esgrimir la comunidad internacional. Y así fue.

Después de dos semanas en prisión, Sharbat fue liberada tras fuertes presiones internacionales, en las que se involucró el propio Gobierno afgano, y pudo regresar a su país. En ese momento se supo que padecía Hepatitis C, una enfermedad que había terminado con la vida de su marido, Rahmat Gul. Debido a ello, nada más ser liberada, fue trasladada a un hospital en Peshawar.

¿Os acordáis de esta fotografía?

Es un poco extraño su asilo si tenemos en cuenta que millones de personas son perseguidas en Afganistán mientras la propia Sharbat Gula afirmó que el burka "es una prenda hermosa, no una maldición" o que "se vivía mejor con los talibanes, al menos había paz y orden", pero, a fin de cuentas, si a la mayoría le importa bien poco la persona tras la fotografía, imaginen lo que importará leer el texto que acompaña una instantánea. 

Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.
Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.
Sharbat Gula ha conseguido asilo humanitario, a diferencia de los varios millones de afganos fuera del país o el millón de afganos dentro del propio país. Veremos si también lo consigue la persona, porque Europa sabe mucho de asilar fotografías y fotogramas, pero de personas anda todavía un poco perdida.

Así fue cómo, de alguna manera, la fotografía volvió al teatro occidental en un momento en el que Europa aporrea migrantes en la frontera polaca, devuelve ilegalmente migrantes a Marruecos y paga miles de millones de euros a Turquía y al Magreb para no ver migrantes ni de cerca ni de lejos. Pero una fotografía no es un migrante, por ello resulta ideal darles asilo. Es algo así como ir a misa los domingos o dar limosna en fiestas señaladas, calma el espíritu, reconforta las conciencias inquietas. Casi como si asilar una fotografía fuera como asilar a todo ese pueblo afgano que, por millones, padece a causa de la invasión norteamericana. Ese pueblo que ha descubierto que los americanos no son tan buenos como decían ser en los años ochenta.

Y así, de súbito, la fotografía cobró un inusitado valor, tanto que Sharbat pudo viajar a Roma y se le concedió asilo humanitario, aun cuando si hubiera sido una persona normal, si no hubiera sido una fotografía, estaría trabajando en una fábrica en el sur de Turquía, habría sido una de los miles de fallecidos en la construcción de fastuosos estadios de fútbol para el próximo mundial, habría perecido en una patera o habría sido apaleada sin pudor por las porras polacas. Así fue como lo que queda de su desgastada fotografía de Sharbat Gula ha conseguido asilo humanitario, a diferencia de los varios millones de afganos fuera del país o el millón de afganos dentro del propio país. Veremos si también lo consigue la persona, porque Europa sabe mucho de asilar fotografías y fotogramas, pero de personas anda todavía un poco perdida.

Esperemos que ni Sharbat Gula ni su fotografía terminen en el mismo lugar que muchas otras personas y fotografías que las retraron, como el caso de Aylan Kurdi, un niño que antes de ser imagen icónica recibió la negativa de asilo para él y su familia de Canadá, o de Ossamah, el refugiado sirio zancadilleado por una periodista húngara, que fue contratado en España por el Getafe y despedido cuando los focos desaparecieron alegando que no había aprendido español. Getafe y España, que no había cumplido con su promesa de integrar a diecisiete mil refugiados aprovecharon sin escrúpulos de la publicidad de su contratación. Y es que, en general, a las personas que se encuentran tras las fotografías les suele ir bastante peor que a estas: Kim Phuc, Omayra Sánchez, Fabienne Cherisma o la niña fotografiada junto a un buitre en Somalia por Kevin Carter en 1993.

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