Opinión

Por qué el escándalo de espionaje en España refuerza a Margarita Robles (pero afecta a todos los poderes públicos)

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Una democracia, máxime plena, tal y como aseveró hace no tanto el presidente español, Pedro Sánchez, que era —y se supone que es— España, habría reaccionado con dureza al escándalo de espionaje revelado por la prestigiosa organización canadiense Citizen Lab. Un escándalo que, como mínimo, supone que más de sesenta catalanes, incluidos activistas, periodistas y abogados, además de políticos, hayan sido espiados por el Gobierno español. Pero, para ello, para poder reaccionar al virus de la corrupción y la degeneración moral hay que poseer anticuerpos.

Haber superado la enfermedad, haber sido vacunada contra ella o ambas. Sin embargo, los virus se han encontrado en España como en casa, como los nazis huidos de Alemania después de la II Guerra Mundial. Como los violadores, torturadores y asesinos ultraderechistas del franquismo y posfranquismo —como esos dos que vivían en México sin rendir cuenta alguna—. Porque la sensación que, tras varias semanas, deja el escándalo de espionaje es que España no ha sido invadida y atacada por cuerpos extraños, sino que estos habitan cómodamente en su seno.

La gran extravagancia: la ministra de defensa, reforzada

La supervivencia de Margarita Robles en el escándalo de espionaje es, sin duda, lo más extravagante de todo el asunto. Insólito incluso en una España que, desde 1939, siempre ha estado muy lejos de ser una democracia. Porque, incluso en los años noventa, el escándalo de espionaje de los servicios de inteligencia, entonces CESID —le cambiaron el nombre a CNI debido al mismo—, provocó las dimisiones del jefe de los servicios de inteligencia, el general Emilio Alonso Manglano; el ministro de Defensa, Julián García Vargas; y el vicepresidente del Gobierno, Narcís Serra —este último por haber sido el anterior ministro de Defensa—.

La supervivencia de Margarita Robles en el escándalo de espionaje es, sin duda, lo más extravagante de todo el asunto. Insólito incluso en una España que, desde 1939, siempre ha estado muy lejos de ser una democracia.

Y si su supervivencia resulta extravagante, qué decir de su fortalecimiento, pues no solo no ha sido cesada o ha dimitido, sino que ha elegido como jefa del CNI a su primera opción, Esperanza Casteleiro, que no pudo ser elegida tras la jubilación del general Roldán por su enfrentamiento con el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska. Ello, a pesar de las reiteradas peticiones de dimisión de la ministra de Defensa por parte de los propios socios de gobierno, muy especialmente de Unidas Podemos, formación con la que el PSOE comparte gobierno, y Esquerra Republicana de Catalunya, formación clave para la continuidad del gobierno.

Puede ser que, a pesar de todo, en los próximos meses, quizás en verano, cuando los españoles están más preocupados de las sombrillas, la crema solar, la cervecita o el chiringuito, una remodelación gubernamental borre discretamente el nombre de Margarita Robles del despacho principal del ministerio de Defensa. Pero, de ocurrir, lo que ni siquiera se puede asegurar, el Gobierno español seguirá quedando en muy mal lugar: no habrá elegido ni el momento ni el lugar ni las formas oportunas para un cese o dimisión convertido en una simple «sustitución» —expresión que la propia Margarita Robles utilizó para la caída de Paz Esteban—.

Las malas sensaciones de la nueva directora del CNI

Por si fuera poco, la nueva directora del CNI, Esperanza Casteleiro, no parece guardar el mejor perfil para regenerar los servicios de inteligencia españoles: espía española desde hace cuarenta años, expulsada de mala manera de Cuba en los años noventa, hija de alto mando militar franquista y demasiado relacionada con el comisario Villarejo —tuvo que declarar en un juicio de injurias entre el antiguo jefe del CNI, general Roldán, y el comisario Villarejo al respecto de dos comidas mantenidas con este último—.

No cabe duda de que se trata tan solo de indicios y que, por ello, no se puede prejuzgar el trabajo que pudiera realizar Esperanza Casteleiro al frente del CNI, pero si hasta el más inmaculado individuo pasaría por serias dificultades para regenerar unos servicios de inteligencia que no han dejado década sin escándalo mayúsculo, lo cierto es que, con el nombramiento de alguien de la Casa, pareciera que el Gobierno español pretende mantener las cloacas en lugar de limpiarlas. Justo lo contrario de lo que afirma en público.

Ni Margarita Robles ni Paz Esteban eran el problema, ni sus ceses solución alguna

Porque, aun cuando las dimisiones o los ceses de Paz Esteban y Margarita Robles eran más que necesarios —y solo se ha producido el de la primera—, lo cierto es que ni ellas son el problema ni sus caídas son la solución. El problema de los servicios de inteligencia españoles es mucho más profundo. Es un problema de mentalidad, de valores democráticos. Una prueba de ello la encontramos en las declaraciones de Alberto Saiz, exjefe de los servicios de inteligencia entre 2004 y 2009, que ha afirmado que "lo menos que podían [por los servicios de inteligencia españoles] era espiar a los indepes [independentistas catalanes], pero les pillaron". De nuevo, una gran parte de España, como ocurrió con el caso del terrorismo de Estado, no comprende que no todo vale y lo único que lamenta es que les hayan pillado. Mal asunto.

El espionaje marroquí y la operación gubernamental para desviar la atención

En general, casi todos los poderes españoles que podían quedar retratados, para mal, en este escándalo de espionaje, han mostrado aspectos demasiado inquietantes: el ejecutivo, el político, el judicial, el mediático o el militar y policial —el CNI se nutre de militares y cuerpos policiales, además de civiles—.

El Gobierno, en lugar de asumir su responsabilidad y emprender una investigación en profundidad, no solo impidió una investigación parlamentaria, sino que orquestó una operación para desviar y atenuar su atención al desvelar el espionaje sufrido por el presidente.

En el caso del poder ejecutivo, en lugar de asumir su responsabilidad y emprender una investigación en profundidad, no solo impidió una investigación parlamentaria, sino que orquestó una operación para desviar y atenuar su atención al desvelar el espionaje sufrido por el presidente del Gobierno, la ministra de Defensa y varios ministros hace un año, durante la crisis con Marruecos. No es que hayan conseguido quedar eximidos, es que la imagen de los servicios de inteligencia ha sufrido mayor deterioro al añadir una negligencia a una práctica en parte inmoral, por estar autorizada judicialmente, y en parte delictiva, aunque seguramente nunca se sepa con exactitud la autoría.

El País y la operación mediática para desviar la atención

Los medios de comunicación no han quedado menos señalados durante este escándalo de espionaje. Los medios más conservadores no solo han justificado la operación, sino que, inicialmente, han hecho todo lo posible por torpedear tanto a Citizen Lab como a cualquiera que denunciara el espionaje.

Sin embargo, con todo, lo peor ha sido la actuación de medios de comunicación teóricamente progresistas, como El País o Eldiario.es. En el primero, sin dar importancia al asunto hasta que el órdago político les obligó a ello y, ayer mismo, destapando en portada unas escuchas a María Dolores de Cospedal que, siendo relevantes, resultan descontextualizadas en la escala temporal y se han presentado con un despliegue que ya hubiera querido para sí el caso de espionaje. Los archivos Villarejo permiten y permitirán desviar la atención siempre que ello sea necesario y la portada de El País parece más una cortina de humo que una exclusiva.

El Tribunal Supremo, seriamente afectado

En estas circunstancias, con ánimo de salvar la responsabilidad política del Gobierno y de los servicios de inteligencia, han sido filtradas las autorizaciones judiciales y estas no dejan en muy buen lugar a los dos magistrados del Tribunal Supremo encargados de autorizar el espionaje —un titular y un suplente—. Los argumentos utilizados rozan el bochorno, máxime cuando se supone que estos magistrados deberían velar por los derechos de los ciudadanos que van a ser espiados. Hicieron todo lo contrario, fueron parte del asunto: solo les faltó el uniforme del CNI.

Y el poder parlamentario, entre la complicidad y el beneplácito

El poder político español, el legislativo, ha dejado estampas tan imborrables como reveladoras: desde los medios conservadores defendiendo a Margarita Robles hasta los Comunes en Catalunya absteniéndose en la votación del Parlament para pedir la dimisión de Margarita Robles. Por no hablar del PSOE, cuya obstrucción en este caso resulta tristemente manifiesta de su esencia e intereses: es tan partido del Régimen como de las cloacas. Demasiados intereses, escasos valores.

Por todo ello, el repaso al comportamiento de los estamentos más importantes de España evidencia no solo que España no es una democracia, sino que no tiene mucha intención de serlo. Hubo y hay cloacas en España y, tal y como se han comportado los poderes durante esta crisis, seguirá habiéndolas: la democracia ni está ni se la desea.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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