En estos momentos, quien diga que sabe todo lo que sucede en Venezuela o bien está mintiendo o bien se está dejando llevar por una errada sensación de autosuficiencia. El país caribeño vive, probablemente, el momento más delicado en sus más de 200 años de historia como nación independiente y lo que allí suceda repercutirá en toda la región. Entonces, es lógica esa ansiedad por querer entenderlo todo rápidamente y llegar a conclusiones rotundas y definitivas. Pero no son tiempos de análisis ansiosos, sino de calma y cordura acorde a la importancia de los acontecimientos.
El bombardeo estadounidense contra Venezuela y el secuestro de su presidente y esposa es el primer ataque militar directo de Washington contra Sudamérica en toda la historia. La agresión, que dejó alrededor de un centenar de fallecidos y, sobre todo, lo que vino después, está dejando un cúmulo de teorías y preguntas sin respuesta que alimentan esas mismas teorías.
En las primeras horas del 3 de enero en redes sociales se habló de que no había habido resistencia armada ante el secuestro, para pocos días después conocerse que el ataque involucró 150 aviones estadounidenses, guerra electrónica para cegar las defensas del país y un equipo comando a bordo de ocho helicópteros que entraron disparando contra todo lo que se movía en su camino. Alrededor de 50 militares, entre cubanos y venezolanos, fueron asesinados durante la incursión, algunos de los invasores recibieron heridas de gravedad y uno de los helicópteros fue alcanzado y logró evacuar con gran dificultad. Así, a primeras de cambio, se derrumbaba la tesis de que "no hubo resistencia".
El mundo está en un punto de quiebre y no deben esperarse reacciones obvias. Ni por parte de Venezuela ni por parte de nadie.
En pleno cambio de época, en el que la geopolítica es cada vez menos evidente, no es buen momento para dejarse llevar por las apariencias. El mundo está en un punto de quiebre y no deben esperarse reacciones obvias. Ni por parte de Venezuela ni por parte de nadie.
EE.UU. acaba de abandonar décadas de política exterior hipócrita, en la que decía defender la democracia y los derechos humanos cuando en la realidad solo actuaba por intereses geopolíticos y económicos, y la sustituyó por una nueva etapa, en la que la hipocresía es sustituida por el más crudo cinismo. Hoy, Washington admite sin tapujos que, en el caso venezolano, solo le interesa controlar el petróleo, que consideran como suyo propio. Algo que todos sabíamos, pero que nunca antes admitieron tan abiertamente desde un Gobierno estadounidense.
Este cinismo sincero o sinceridad cínica no solo cambia las reglas del juego, sino que prácticamente elimina las reglas del juego por completo. Y cualquier análisis que no tenga esto en cuenta parte de una base distorsionada.
Lo que parece y lo que es
En estas circunstancias, a Venezuela le toca actuar con unos niveles de cautela y paciencia que, vistos desde fuera, podrían parecer otra cosa. Porque no está lidiando con alguien apuntándole con una pistola: está lidiando con alguien que sostiene una pistola apoyada contra su sien y tiene el dedo en el gatillo. Esa realidad gustará más o menos, según a quién pregunten, pero en estos momentos es la realidad. Aunque suponga concesiones dolorosas o discursivamente contradictorias.
Porque otro elemento clave en el análisis es que quien está llevando ventaja en el discurso es alguien con unos inimitables niveles de mitomanía. No olvidemos que Donald Trump es el mismo que dijo que acabaría con el conflicto rusoucraniano en 24 horas y no lo ha logrado en un año. El mismo que lleva esos mismos 12 meses tratando de apoderarse de Groenlandia y Canadá, sin conseguirlo tampoco. ¿Por qué habría que creerse todo lo que diga sobre Venezuela, entonces?

Según, poco a poco, se despeja el humo de la agresión del 3 de enero, comienzan a conocerse determinados aspectos que pueden ayudar a aclarar algunas de las muchas dudas que corren. Por ejemplo, que muchos de los acuerdos petroleros entre Washington y Caracas que se están anunciando ya habían sido acordados por Maduro y Trump mediante emisarios o en conversaciones privadas previas al secuestro. Desde ese punto de vista, para Trump la agresión estadounidense tendría por objeto mostrarse ante el mundo como "el que manda e impone condiciones" en lugar de "el que negocia y pacta acuerdos en secreto".
Tras el éxito militar de su ataque y la impunidad asociada al mismo, lógicamente, en estos momentos Trump está eufórico. Pero lo peor que le puede pasar a un arrogante no es que las cosas le salgan mal, sino que le salgan bien, porque le dan una falsa sensación de invencibilidad. Y, tras la euforia inicial de los primeros días, ya hay indicadores de que –oh sorpresa– no todo está resultando como anuncia en esas continuas declaraciones que hace buscando copar los titulares.
Incógnitas reveladoras
Por lo pronto, su ataque a Venezuela sin aprobación en el Legislativo le supuso una relativamente significativa grieta en su propio partido, lo que le llevó a perder una votación sobre ese tema en el senado. Y, entre tanto anuncio rimbombante por su parte, se observan otras grietas en su discurso.
Por ejemplo, por qué el supuestamente mejor ejército del mundo no pudo plantearse un control efectivo sobre ni un metro cuadrado de Venezuela por más de un par de horas y tuvo que recurrir a un operativo indiscriminado de tipo relámpago en su lugar.

O por qué no lograron colocar en Miraflores a uno de los tantos políticos opositores venezolanos, dispuestos desde siempre a hacer lo que les dicten desde la Casa Blanca sin rechistar, de los que han dicho continuamente que cuentan con el apoyo de la mayoría de la población. En este sentido, María Corina Machado fue abiertamente humillada por Trump cuando dijo que no cuenta con apoyo ni respeto por parte de los venezolanos y Juan Guaidó discretamente humillado, ya que el presidente estadounidense ni siquiera mencionó al que consideró su homólogo durante su anterior paso por la Casa Blanca.
O por qué, apenas un par de días después de su secuestro, retiraron la acusación de que Nicolás Maduro lideraba un supuesto 'Cartel de los Soles', debilitando la postura de la Fiscalía a la hora de lograr una condena contra el presidente venezolano.
O por qué, aun teniendo Venezuela las mayores reservas petroleras del mundo, las empresas estadounidenses del ramo que dejaron el país en años pasados no se muestran del todo convencidas sobre el regreso que les exige Trump, como si ni ellas mismas creyeran que el mandatario fuera a controlar el país la cantidad de años que estiman necesario para que su retorno les resulte beneficioso.
Peligrosas patadas de ahogado
En diez días apenas, además, la Casa Blanca borró de un plumazo su discurso de una década sobre Venezuela como un narcoestado gobernado por una minoría sin apoyo popular, discurso que ya no podrá volver a usar. Ni con Trump en la presidencia, ni sin él. Washington tendrá que encontrar pronto otro chivo expiatorio al que culpar de las drogas que inundan (y seguirán inundando) las calles estadounidenses, una vez desechado por ellos mismos el discurso sobre el Tren de Aragua y el Cartel de los Soles.
Por muchos anuncios que haga Trump sobre los miles de millones que supuestamente ganará EE.UU. con el petróleo venezolano, la deuda estadounidense no deja de aumentar, a un ritmo todavía superior al que dejó Joe Biden y de seguir en esa senda superará los 40 billones de dólares antes de final de año.
Es decir, pareciera que, todavía maltrechos ante el golpe recibido, en Caracas han optado por seguir la enseñanza de la famosa anécdota del junco, que se dobla ante las circunstancias adversas, adaptándose a las tormentas para evitar quebrarse. Si es una estrategia adecuada o no, solo el tiempo lo dirá. Porque quedan muchas cosas por saberse, no solo sobre lo ocurrido, sino sobre lo que pueda ocurrir de ahora en adelante.
¿Volverá Trump a atacar Venezuela si considera que lo están desafiando o engañando? ¿Qué hará si el Gobierno de la presidenta interina no rompe lazos con La Habana, Pekín, Teherán y Moscú, tal como ha exigido públicamente Washington? ¿Logrará Venezuela mantener la paz social y la cohesión del Gobierno como lo ha hecho hasta ahora por más tiempo con esta estrategia?
Son, entre otras muchas, preguntas sin respuesta inmediata ni evidente con la información que se maneja en estos momentos. Y, por supuesto, habrá quien busque explicaciones a todo lo sucedido y por suceder en traiciones internas o externas, pero lo sucedido en Venezuela no es un hecho aislado y tengan por seguro que vendrán más. Porque la Casa Blanca, en su desesperación ante la pérdida de hegemonía, se comportará cada vez más de acuerdo a su auténtica naturaleza, ya sin intenciones de simular otra cosa diferente. Especialmente en lo que considera su "patio trasero".
Se vienen tiempos inciertos, con estallidos en diferentes puntos del planeta y hay que estar preparados. Sí, es cierto que EE.UU. está dando patadas de ahogado y eso no tiene vuelta atrás, pero no hay que menospreciar esas patadas, al contrario. Porque no son unas patadas de ahogado cualquiera, sino las de un imperio que se está quedando sin oxígeno en los pulmones.
El presente texto es una adaptación de un video realizado por el equipo de '¡Ahí les va!', escrito y dirigido por Mirko Casale.


