A finales de agosto, en paralelo, Donald Trump y Delcy Rodríguez anunciaron un acuerdo petrolero entre EE.UU. y Venezuela. Según el mandatario, sería "el mayor acuerdo petrolero de la historia mundial", lo que era de esperar viniendo de alguien que califica así sus acciones hasta cuando sale del baño.
El pacto de crudo (o crudo pacto, según a quién pregunten) pondría a EE.UU. en una posición mayoritaria de cara la explotación de 17 campos petroleros venezolanos con potencialidad para extraer alrededor de 65.000 millones de barriles. Esta cantidad es equivalente, aproximadamente, a una quinta parte de las reservas probadas de Venezuela, que son, por cierto, las mayores del planeta.
Esos datos son, digamos, de momento, los más duros e incontrovertibles que se conocen. Sin embargo, otros todavía generan cierta incertidumbre. Por ejemplo, mientras medios estadounidenses hablan de una duración de un siglo, la presidenta encargada de Venezuela se refirió a 25 años en su alocución al respecto.
El anuncio, por muy grandilocuente que suene, tiene mucho más de anuncio que de realidad tangible de efecto inmediato
Delcy Rodríguez puso como objetivo elevar la producción en estos campos hasta el millón y medio de barriles diarios, lo que requeriría una inversión extranjera –principalmente estadounidense- de unos 100.000 millones de dólares. Según cálculos de su Administración, esto reportaría más de 200.000 millones de ingresos al Estado venezolano, repartidos a lo largo de ese futuro cuarto de siglo de acuerdo. Es decir, casi 20 dólares por barril extraído. O, en otras palabras, unos 30 millones de dólares diarios, cuando se alcance ese nivel de producción.
La cosa es que ese nivel de producción no se alcanzará mañana ni pasado mañana, sino, según varios cálculos de expertos, llevaría casi una década. Eso suponiendo -que es bastante suposición- que los inversores lleguen en los números y tiempos previstos. Hay que tener en cuenta, además, que, de los 17 campos mencionados en el pacto, apenas la mitad de ellos están hoy activos. Los demás son lo que en jerga petrolera se denomina "campo verde", es decir, una zona virgen en la que hay cero infraestructura y prácticamente todo por hacer.
Como ven, el anuncio, por muy grandilocuente que suene, tiene mucho más de anuncio que de realidad tangible de efecto inmediato. Y, por tanto, sus consecuencias, sean las que sean, no tendrán un impacto real pronto o, en una situación geopolítica global tan cambiante como la que vivimos últimamente, quizá lo tengan en mucho menor medida o, directamente, no lleguen a tenerlo nunca. Esto hay que tenerlo muy presente a la hora de analizar el anuncio.
Un debate innecesariamente extremo
Lo que ocurre es que, desde el 3 de enero de 2026, muy comprensiblemente, todo lo que sucede o deja de suceder en Venezuela es escrutado al detalle tanto dentro como fuera del país. Y, también en el marco de este acuerdo, volvemos a insistir en la importancia de ponerse en el lugar del otro antes de señalar o, en el sentido inverso, antes de reaccionar a señalamientos.
Por un lado, la agresión estadounidense y el secuestro de su presidente dejó al país, desde el punto de vista militar, en la encrucijada de, o bien lanzarse a una resistencia armada frontal (sin las capacidades, experiencia ni tradición de, por ejemplo, Irán), con un inmenso saldo sangriento en contra (a EE.UU. le basta con bombardear desde lejitos para causar decenas de miles de bajas militares y civiles sin mayor esfuerzo ni poner un pie en el país) y muy escasas posibilidades de éxito, o bien someterse como quien tiene las manos atadas y una pistola pegada al cráneo, en espera de algún momento propicio para zafarse.
Por supuesto, someterse implica hacer concesiones dolorosas (en ocasiones nauseabundas) y créanme que yo, como muchos, personalmente, siento ese dolor (y esas náuseas) más a menudo de lo que me gustaría.
Por todo esto, obviamente, este sometimiento no es del agrado de muchas personas, tanto dentro como fuera del país, pero –les hablo personalmente otra vez- yo no sería capaz de juzgar o criticar ese sometimiento sin antes dar el ejemplo y no sé, mínimo ir a la Embajada estadounidense más cercana y pinchar los cauchos de los vehículos de sus diplomáticos, por decir algo, para contagiar ánimos de resistencia a costa de enfrentar las consecuencias que sean.

Por el otro, quienes están de acuerdo –así sea porque no ven alternativa- con esa estrategia de someterse en espera de oportunidades mejores tienen que entender que van a recibir muchas más pedradas que flores por eso, particularmente entre amigos o amigos decepcionados. Porque el recorrido histórico de la Revolución Bolivariana atrajo a personas (dentro y fuera de Venezuela) precisamente por su indomable negativa a someterse.
Lógico que surjan suspicacias y acusaciones de todo tipo; lo raro hubiera sido que no surgieran. Y obvio que es desagradable escuchar todo tipo de críticas –muchas de ellas extremadamente hirientes- pero toca capear el temporal y hacer el poco agradecido esfuerzo de explicar -las veces que haga falta- la propia postura antes que responder a las ofensas con otras ofensas.
En estos días, a raíz del anuncio del acuerdo, las cuentas en redes sociales de partidarios, semipartidarios y expartidarios de Caracas se convirtieron en un hervidero fratricida de insultos, acusaciones, señalamientos, sacada de trapos sucios y demás que no aportan nada, a excepción de diversión para quienes siempre se mostraron hostiles a la Revolución Bolivariana.
Dicho todo esto, y subrayando una vez más que son perfectamente comprensibles ambas posturas (respecto a este acuerdo en concreto y a la senda venezolana desde la agresión gringa en general), este análisis, con cabeza fría y el corazón en una frecuencia aceptable de pulsaciones (que es como hay que analizar la geopolítica), busca poner el ojo en aspectos que, por momentos, parecieran perderse en la batalla de redes.
Ni tan bueno para EE.UU. ni tan perjudicial para Venezuela
Y es que, comparando con otros pactos petroleros presentes hoy en el mundo o acordados por Venezuela en el pasado, lo acordado –de momento apenas verbalmente- entre Washington y Caracas no es ni tan maravilloso para el que sostiene la pistola ni tan perjudicial para quien tiene el cañón pegado al cráneo.
Sí, en los últimos años de Hugo Chávez en el poder existía un marco petrolero mucho más beneficioso para los intereses del país, pero en sus primeros años en Miraflores –cuando no gozaba de una correlación de fuerzas favorable- jugó con las reglas de juego impuestas desde la Casa Blanca. El presidente Nicolás Maduro nunca se negó a que petroleras estadounidenses volvieran a trabajar en territorio venezolano (de hecho, Chevron nunca dejó de hacerlo) y luchó por ese objetivo, lo que implicaba el levantamiento de sanciones, impuestas progresivamente desde tiempos de Barack Obama.
Su secuestro fue una jugada sucia y criminal de Trump para asegurarse de que ese regreso fuera en los términos más favorables a las petroleras estadounidenses. Y encima ese objetivo está bastante en 'veremos'. No olvidemos las caras largas de varios CEO petroleros compatriotas suyos cuando los sentó para invitarlos a invertir en Venezuela después de que el propio bipartidismo gringo hubiera sancionado la industria del país hasta dejarla pendiendo de un hilo.
Que ahora Trump diga que las reservas estadounidenses aumentaron en 65.000 millones de barriles de la noche a la mañana tiene el mismo valor que cuando dice, como viene diciendo a diario desde febrero, que derrotó a Irán y controla el estrecho de Ormuz: ninguno.
Un futuro aún por escribir
Y es que, si miramos más allá, el acuerdo anunciado no demuestra tanto la fortaleza del presidente estadounidense como, más bien, su debilidad. Desde enero para acá, más allá de anuncios grandilocuentes, Trump no ha logrado ninguna mega inversión petrolera ni mucho menos ninguna megaextracción en Venezuela, que produce menos crudo que en 2018 (cuando ya estaba con las sanciones encima). La desesperación trumpista ahora es tratar de bajar los precios de la gasolina antes de las elecciones de medio término de noviembre, disparados a causa de su otra aventura criminal, lanzada contra Irán.
Su pomposo anuncio sobre Venezuela ha tenido cero impacto en los mercados, por un lado porque esos 100.000 millones de inversión no han aparecido y segundo (y más importante), porque como comentábamos al inicio, el efecto de estos acuerdos, de llegar a sentirse alguna vez, no se sentirá hasta dentro de unos 7-8 años, para cuando Trump esté muy probablemente fuera de la Casa Blanca y quién sabe si hasta dentro de un cajón de madera. Y, geopolíticamente hablando, es en esa debilidad y desesperación en lo que hay que poner el centro del análisis en este caso.
La historia nos enseña que los procesos libertadores están inevitablemente compuestos de avances y retrocesos y así como los avances no son siempre sinónimo de victoria definitiva, los retrocesos no son necesariamente equivalente de derrota sin paliativos.
De momento, el dizque "mayor acuerdo petrolero de la historia mundial" no es más que un anuncio y pasarán años hasta que tenga posibilidades de convertirse en algo más que eso. De modo que puede pasar cualquier cosa: que se implemente más tarde de lo esperado, más pronto, en mayor medida, en menor… o que no se implemente en absoluto. Lo que digan sus más furibundos detractores y sus más apasionados defensores no cambia esa realidad. Porque el futuro nunca está escrito y esa verdad, que siempre ha sido verdad, hoy es más verdadera que nunca.
El presente texto es una adaptación de un video realizado por el equipo de '¡Ahí les va!', escrito y dirigido por Mirko Casale.


