Opinión

Moverse o anquilosarse: Lula y los malabares para gestionar una victoria en campo minado

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El triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva es indiscutiblemente el acontecimiento más importante que ha ocurrido los últimos años en América Latina.

Después de sufrir la persecución política más agresiva contra líder alguno, que le conllevó a la cárcel y a la inhabilitación política, Lula es nuevamente presidente electo y se convierte en un líder regional que, en medio de un continente girado hacia la izquierda, tendrá la gran oportunidad de concretar políticas comunes para articular más a la región y buscar la consecución de objetivos comunes, en un momento de crisis económica y geopolítica.

Lula demostró que la mayoría del pueblo brasileño no creyó en la andanada de acosos y críticas que le llovieron. En su contra se creó una estructura para dañar su imagen, que sincronizaba acciones judiciales con espectáculo mediático, pero que demostró no ser suficiente para acabar con el coloso político más importante que haya tenido Brasil durante su democracia.

De la misma forma, su triunfo supone la derrota, aunque no total ni definitiva, del populismo de derecha radical representado por el actual presidente Jair Bolsonaro, quien también demostró ser un líder popular con los resultados obtenidos en primera y segunda vuelta.

Lula no le ganó en esta ocasión a un candidato liberal escogido por el 'statu quo' e inflado por el marketing, sino a otro coloso de la política, lo que, si bien da vértigo por lo que representa, engrandece la victoria del líder histórico. 

A qué se enfrenta Lula

Más allá de su indiscutible victoria, habrá que advertir (durante la fiesta que congrega su triunfo) que Lula tendrá que enfrentar una cruda realidad económica y política en su país. 

Por un lado, la crisis mundial y la pospandemia marcan un presente inasible en el campo económico. Bolsonaro ejecutó una cantidad de medidas que van a suponer una enorme carga fiscal y diseñó a su sucesor un verdadero campo minado, que puede hacer explotar el conflicto social. Entre ellas, la disminución sensible del precio de combustible que la nueva administración tendrá que cubrir, o sincerar, todo esto con altas expectativas en el electorado de una mejoría rápida.

Muchos de sus votantes esperan que la vuelta de Lula traiga la mejoría económica que se vivió durante sus dos períodos presidencial, en el que pudo gestionar logros sociales inocultables. Pero esas expectativas no se cumplen automáticamente.

El bolsonarismo ha demostrado que, pese a su discurso radical e incorrecto, tiene la capacidad de crecer y de perpetuarse y que además cuenta con personajes de relevo, lo que a la izquierda le ha costado mucho posicionar.

El nuevo presidente va a tener que equilibrar de manera perfecta la marcha de la economía real, con una distribución más justa de la riqueza, ambos objetivos que no suenan nada fácil debido a la desestabilización mundial.

Por el flanco político va a tener una oposición agresiva, con mucho poder incluso para ensayar un 'impeachmnent' y, peor aún, bien posicionada para intentar volver al poder en cuatro años. El bolsonarismo ha demostrado que, pese a su discurso radical e incorrecto, tiene la capacidad de crecer y de perpetuarse y que además cuenta con personajes de relevo, lo que a la izquierda le ha costado mucho posicionar.

La cuestión latinoamericana

Este problema del auge de la derecha al que hacemos mención para comprender el relativo buen resultado de Bolsonaro (49,1%) no se circunscribe solo a Brasil, sino que puede verse en toda Latinoamérica.

La derecha ha dejado de centrarse en los discursos políticos liberales y se ha lanzado una aventura hacia el populismo, que le ha permitido astillar e incluso dividir el voto popular que estaba muy compactado en torno a la fórmulas izquierdistas. Esto ya no es así y el resultado cerrado del domingo lo ha demostrado.

La derecha no solo ha venido aglutinando el malestar social sino que ha demostrado, según hemos visto en las últimas elecciones en Chile, Colombia y las regionales de Perú, que han tenido capacidad de sembrarse en sectores populares.

El chileno José Antonio Kast, el colombiano Rodolfo Hernández, el conservadurismo peruano victorioso en las regionales, la oposición al peronismo y ahora Bolsonaro, todos liderazgos y movimientos de derecha que desde sus actuales lugares "antigubernamentales" pueden catalizar su crecimiento, dependiendo sobre todo de los embates de la economía y la forma como afecte el ejercicio de gobierno.

En pocas palabras, la izquierda ha ganado en casi todo el continente y el mapa latinoamericano se viste de rojo, pero a diferencia del primer ciclo progresista, la derecha no se ha arrinconado en las élites y las clases medias, sino que se ha lanzado a conquistar el mundo popular y ha avanzado de manera eficiente en ello. Aunque todavía no lo suficiente para ganar, ya casi para picar al país en dos mitades similares.

En el caso concreto de Lula, va a tener que enfrentar a un crecido bolsonarismo que, con mucho poder legislativo y regional, va a tratar de obstaculizar el nuevo gobierno, ya veremos con qué dosis de realismo e inteligencia.

Más complejo aun es que mientras lucha con el bolsonarismo por conquistar territorio popular, en paralelo Lula tiene que negociar con el 'centrao' su permanencia en el poder.

La derecha: cambio de enfoque

La izquierda del continente debe cambiar urgentemente el enfoque para entender a la derecha en auge, porque ésta ha cambiado de estrategia, y debe hacerlo mientras gobierna, no después.

La derecha ya no es la misma que la que se oponía al ciclo progresista en la primera y segunda década del siglo. Ha nacido una derecha populista que es muy diferente, más radical incluso, pero que no se centra en recuperar el discurso del institucionalismo liberal (democracia, separación de poderes, moralismo político), sino en la incorrección y la crítica al poder establecido.

Las izquierdas pueden guarecerse en el centro y en el liberalismo para aguantar la arremetida de la derecha populista, pero si se quedan allí, en el lodo del inmovilismo y se pierde la expectativa de cambio, pueden terminar provocando su propio deslave político.

Así, lo más importante para Lula y el liderazgo latinoamericano es no terminar enlodado con el statu quo y no formar parte él, o de lo contrario estará dando todos los argumentos para que la derecha se enraíce mucho más en los sectores populares.

Las izquierdas pueden guarecerse en el centro y en el liberalismo para aguantar la arremetida de la derecha populista, pero si se quedan allí, en el lodo del inmovilismo y se pierde la expectativa de cambio, pueden terminar provocando su propio deslave político. Esto no puede pasar, aunque su circunstancia amerite negociar con el centro político y la derecha moderada.

Entonces Lula deberá hacer malabares: negociar, mantenerse independiente y cumplir con las expectativas. Un asunto que no es nada fácil.

Así las cosas, se esperan cuatro años de tremenda polarización en un país que nos acostumbró a cierto pacifismo político cuando sus vecinos ardían. No es cosa de Brasil, es el mundo que se está recalentando.

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