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Vuelo por tierra a San Petersburgo

Publicado: 17 jul 2010 13:28 GMT

   Estaba casi todo listo. El viaje a San Petersburgo iba, pero faltaba un detalle. ¿Podría contactar, de antemano, a un guía local que conociera las maravillas del territorio, pudiera acompañarme durante las primeras jornadas y que, además, hablara español? ¿Era mucho pedir?

   Decidí acudir a un colega latinoamericano que vivía desde hace más de 20 años en Rusia. Aunque parezca ingenuo estaba confiado de que surgiría la vieja fraternidad latinoamericana, esa que sabe de terremotos y tsunamis, hambre y pobreza, bares y calles, amor y alegría, pasión y derrotas, salvajismo y oscuridad.

   Y surgió:

- No te preocupes, hermano. Yo veré que puedo hacer y te aviso. Pero quédate tranquilo: considera ese asunto solucionado.

 

Esa era la manera: el preciso y, ante todo, práctico 'latino style'. Ambos lo conocíamos. Eso bastó

Un cabello en aceite... y llegamos

   6 días después partí. Iba dispuesto a 'dejar los pies en la calle' con tal de conocer los atractivos locales, empaparme más de la idiosincrasia rusa, tomar centenares de fotografías y –quien sabe- tal vez escribir algún relato sobre la experiencia. Ya tenía, incluso, un título tentativo: 'Desde San Petersburgo con amor”' No era un alarde de ingenio, aunque su alternativa tampoco: 'Impresiones de San Petersburgo'.

   Cuando llegué al terminal ferroviario de Moscú, hice un par de preguntas en mi rudimentario inglés, mostré mi boleto y seguí las instrucciones recibidas. Así, pronto tuve frente a mí el tren super rápido de la línea 'Sapsán' que me llevaría al que sería mi hogar por seis noches. O, más bien, mi 'dormitorio', pues mi intención era pasar unas cuantas horas de sueño y el resto del tiempo a la calle para encontrarme cara a cara con las iglesias y avenidas, parques y teatros, basílicas y palacios, joyas arquitectónicas y canales, catedrales y esculturas, monumentos y plazas, el cielo casi transparente y la atmósfera rebosante de soberbia de la segunda ciudad más importante de la Federación de Rusia.

   Igualmente, lo reconozco, quería ver la belleza femenina nativa, la que –según había escuchado en más de una oportunidad- era sencillamente fascinante.

   Bueno, estimados(as), si algo puedo contarles en mi papel de cronista que se dirigía a esos parajes es que, efectivamente, el tren era 'rápido'. Lo paradójico es que ni lo advertí. Es que aquella vertiginosa máquina casi no emitía sonido. Parecía como si hubiese viajado al futuro. Sentía que estaba en un tren del año 2150 que 'volaba por los aires'. Tenía la impresión de que se deslizaba por las vías casi como un cabello sobre el aceite, sin la menor vibración.

   Tras mirar un rato la campiña, saqué un libro. Se trataba de 'El embajador' de Morris West, historia con mucho gancho y entretenida, pero –quién sabe porqué- a eso de una hora del comienzo de la travesía me quedé profundamente dormido. Mientras tanto…

 

   No sé en qué momento fue, pero abrí los ojos y, tras desperezarme, se me ocurrió mirar el letrero electrónico que estaba en la parte delantera del vagón. Y, entonces, noté que decía: 239 kilómetros. Pensando en que no me gustaría estar en el pellejo del gato que se atravesara en la vía... volví al sueño.

   A las 21 horas descendí del tren en la estación Moskovsky Vokzal de San Petersburgo. Había recorrido una considerable cantidad de kilómetros y ya: podía decir que conocía Moscú... y algo más. 

   Misión exitosa: ¡HABÍA LLEGADO A SAN PETERSBURGO!

   ¿Qué sucedería a continuación?

   Hace un par de meses, un lector escribió en este blog: “Ojalá siga contando todos sus aciertos y fracasos, sobre todo estos últimos que son más divertidos y que la mayoría de los viajeros prefiere omitir por pudor”.

   Ese será el espíritu de nuestra siguiente columna: San Petersburgo: (in)completo informe.

 

 

 

Un chileno escribe sobre la maravillosa experiencia de conocer Moscú y Rusia y trata de hacerlo de manera amena e interesante.

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