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Ese ardiente frío ruso (meditaciones en torno a las bajas temperaturas)

Publicado: 1 sep 2010 23:54 GMT

La ola de incendios registrada en distintos puntos de Rusia central hace algunas semanas fue noticia reiterada en los medios de comunicación internacionales. No era para menos, y es que daba para mucho… Sí, porque el país más extenso del mundo se veía sacudido por una abrasadora onda de destrucción que no parecía tener voluntad de finalizar.

De pasada, venía a confirmar la regla de que la nación era nuevamente desafiada por la adversidad, como ya tantas veces en su historia. Rusia estaría otra vez en el foco de sus pares, cuya pregunta podría resumirse así: “¿Cómo saldrán de ésta los rusos?”.  

Pasaron los días. Ardientes y desoladores días. Y cuando la prensa dio cuenta de que las llamas ya estaban en las inmediaciones de la provincia de Briansk, cerca de Chernóbil, la situación alcanzó ribetes aterradores. La suma elemental apuntaba a que la humanidad podía estar enfrentándose -por más que fuera remota- a la posibilidad de un nuevo Chernóbil. ¡Era una perspectiva horrible! Y todo en nombre del fuego. El bendito… y el odiado fuego.

Este rápido y vertiginoso reinado de las brasas en la Federación Rusa dejaba también patente un fenómeno que ya no maravilla a nadie, por más que la civilización 'avance' por el camino de la tecnologización: si la Naturaleza desata su furia, al hombre no le queda otra que lanzar un mensaje de auxilio en una botella… y esperar que en la otra orilla 'Dios' (o lo que más se le parezca) se digne a interrumpir su 'tedium vitae', se acerque al objeto y se dé a la tarea monumental de leer la misiva que contiene. No quiero parecer pesimista, pero a veces tengo la impresión de que 'Alguien' no nos quiere. O que la historia de Adán y Eva quedó tan buena, que ese 'Alguien' no halló nada mejor que hacer la II parte, y la III parte, y la IV parte, (…) y la MMMCLXXIX parte, y así hasta el final de los tiempos.

Pero, bueno, la vida sigue.

 

 

Eso, claro, tampoco es novedad. La vida sigue (así, simplemente). Acá en Rusia lo saben bien. Y no hace falta que la adversidad venga a recordarlo. Llevo ya diez meses en este país y he podido conocer algo de la manera de pensar de este pueblo. Es que, contrariamente a lo que comentaba un lector de este blog, no me he dedicado sólo a 'turistear'. 

 

Una anécdota particularmente ilustrativa

La anécdota más ilustrativa sobre el particular tuvo lugar a fines de enero. Por entonces, el invierno ya había 'engalanado' las calles con una gruesa capa de nieve. Y cuando digo 'capa' es CAPA: con mucha dificultad podía verse algún espacio de la superficie cuyo color no fuera el blanco. Debido a ello -en esta oportunidad al menos- me esforzaba por que mi cabeza no se fuera a las inmediaciones de la galaxia NGC 2403, para así concentrarme y caminar con el cuidado necesario de no resbalar y caer -discúlpeseme la palabra- de trasero sobre la endurecida vereda. Aún resonaba en mi interior lo que me había advertido un argentino, que sabía de lo que hablaba, y al que había conocido un mes atrás en el Club 'Che' de Moscú: “¡Oye, que acá cuando la nieve se pone brava es cosa seria…!”. 

Con tales precauciones, por aquellos días mi humanidad posterior aún no había tenido ningún encuentro cercano de ningún tipo con la nieve rusa.

Entonces, vi algo.

Con los ojos puestos en el suelo para detectar zonas de hielo potencialmente homicidas, y escuchando a la banda local 'DDT', algo se modificó en mi parcialmente completo campo visual. Una forma humana había caído. Debió ser unos diez metros a mi izquierda: una anciana había resbalado y ahora su cuerpo yacía sobre la nieve.

Reaccioné rápidamente y me dispuse a caminar y ayudar a la mujer a levantarse… pero no alcancé a llegar. En menos de quince segundos se había puesto de pie -recogiendo incluso una fruta que había caído de su bolsa de compras- y, sin más, había vuelto a emprender la marcha. Me quedé petrificado. ¿Cómo había sucedido aquello? ¿Es que acaso era inmune al dolor? ¿Era posible que ni siquiera se hubiera tomado el tiempo para mirar a su alrededor y evaluar si había algún peligro cerca? No: con un tesón casi milagroso aquella mujer se había levantado… y había andado.

 

Eso me dio para pensar

Por supuesto que en aquellos segundos la única idea que podía hilvanar no era siquiera una 'idea', si no que a lo más una percepción de que estaba ahí… pasmado. Sin embargo, sí tenía una intuición que se estaba corroborando. Como antecedente, una serie de imágenes, actitudes, silencios y misterios entrevistos a diario. Del mismo modo, ciertas magias callejeras, alguna extraña mirada en el trolebús que me permitían inferir conocimientos ancestrales e incluso por ahí un gesto de fastidio. Había una esencia, 'algo' que me rodeaba y que no sabía interpretar.

 

 

Han pasado los meses y, aunque sigo escribiendo igual de enrevesado que antes, haré el intento de explicar de lo que hablo. Es esto: 

Por entonces elucubré, luego estuve seguro y a futuro lo daría como hecho irrebatible que:

Los rusos pueden recibir mil golpes, o sufrir las más incomprensibles condenas de la vida… pero SIEMPRE se ponen de pie. Los ejemplos históricos son incontables. ¿De dónde han sacado (y siguen sacando) esa fuerza interior que les impulsa a seguir en movimiento? ¿Cuál es el alimento espiritual que les faculta a ir con la frente en alto, mientras encaran dificultades dignas de un Prometeo, cuya águila es majaderamente huidiza e inalcanzable?

Hay algo que se origina en lo más profundo de este pueblo, un secreto, un misterio que no será revelado a nadie. 'Eso' está ahí. A veces me he preguntado si no les anima un 'espíritu' (no, no he 'fumado' nada antes de escribir estas líneas…), que se introduce en su ser quién sabe en qué segundo, y no les abandona hasta el momento de partir, cuando es sólo el cuerpo el que ya no aguanta más extenuación.

Ahora -con el permiso del Lector o la Lectora, y adelantándome a las posibles críticas a esta columna- aclaro de antemano que las siguientes líneas son parte de una confesión AUTORREFERENTE:

 

 

Soy poco dado a sorprenderme y observo todo lo que me rodea con una suspicacia casi patológica. En un ejercicio fisiológicamente poco sano, tiendo a pensar que existen pocas cosas en el universo que no impliquen la presencia de gato encerrado. ¿1 + 1? Hay pocas cosas que me merezcan una adhesión fervorosa, pues no puedo sino imaginar que todas vienen contaminadas con algo impuro, falso -léase, cínico en el caso de las personas- o, lisa y llanamente, malo.

Sin embargo, esta entereza, voluntariedad y convicción de los rusos, esa tendencia a doblarle la mano al destino de manera valerosa, esa vibración que recorre su cerebro y les infunde una suerte de creencia de que su idiosincrasia ha de ser “retroceder nunca, rendirse jamás” me parecen sencillamente admirables y…

La mujer comienza a alejarse. Me siento particularmente irrisorio. Un esquimal en el desierto. Desencajado en la fiesta. ¿Qué había de extraño en que una mujer se hubiese caído en la nieve? Al parecer, lo inusual era no caer... Los rusos lo sabían. Desde pequeños han visto la nieve en cada invierno, la han soportado… y disfrutado. Yo no: para mí esto era algo totalmente inédito… como imagino que deben resultar muchas cosas de Latinoamérica para un ruso. 

¿Qué sabía yo de la nieve? Muy poco más que haberla visto en fotografías.

Debe haber sido a fines de febrero. Gracias a la cercanía entre los países de Europa fui a visitar a un amigo a Suecia. Estocolmo también estaba rebosante de nieve, como Moscú. Cerca del Palacio Real nos encontramos con unas madres que conversaban, mientras sus niños hacían bolas de nieve o jugaban en pequeños trineos. En un momento uno de ellos cayó. ¿Y qué hizo? ¿Pararse? No. REVOLCARSE EN LA NIEVE. ¡REVOLCARSE! Mientras fumábamos nerviosamente para tratar de evitar pensar en los -10° C (o tal vez menos) que nos rodeaban, mi amigo salió con una de las genialidades a las que me tiene acostumbrado: “¿Te das cuenta por qué nunca seremos como ellos? ¿Viste a ese chico? Tú nunca serás ruso… ni yo sueco”. Eso ya lo sabía y tampoco era mi propósito, pero me interesaba escuchar el resto. “Ellos consideran la nieve como parte de su hábitat. En cambio a ti te hace mal… porque te puede 'aclarar la piel. ¡Ja, ja!'” Por supuesto, mi amigo tenía razón. Dedicamos unos minutos a ver cómo los niños de Suecia se divertían con la nieve y retomamos la marcha. 

Un mes atrás, y sin siquiera imaginar que conocería Suecia (lo que prueba que es cierto eso de que 'la vida da muchas vueltas'), estaba ahí parado cerca de las 17:30 PM en Zubovsky Bulvar sin saber si seguir mirando o dirigirme directamente a casa...

Poco antes de morir, Jim Morrison dejó plasmados en el disco 'L.A. Woman' unos versos que hablaban de los “amistosos extranjeros” que llegaban a la ciudad, y a los que toda la gente trataba mal, salvo las mujeres, quienes “amaban sus maneras” y les invitaban a venir “otra vez algún otro día”. Pues bien, yo seguía pensando en aquella mujer cuando dos bellísimas jóvenes pasaron a mi lado. Yo era 'luminosamente' extranjero a esa hora. Y ellas se dieron cuenta. Y me miraron. Y siguieron caminando. Yo las miré como a un tesoro de oro ruso, cuyo destinatario era otro, y ellas lo adivinaron. Creo que por eso lo hicieron: voltear y decir:

 

 

-WELCOME TO RUSSIA!

Después de eso, se alejaron por la calle en dirección a Arbat. Riendo, por supuesto.

Para ser mi 'bienvenida' a Rusia, no había estado tan mal.

 

En nuestra próxima entrega:

Ese ardiente frío ruso

(en esta oportunidad:

Todos los fuegos, el fuego)”

Un chileno escribe sobre la maravillosa experiencia de conocer Moscú y Rusia y trata de hacerlo de manera amena e interesante.

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