Opinión

Brasil: La izquierda y el poder

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Ahora, cuando el mundo, incluso en países muy lejos de América Latina, habla del regreso de Lula a la presidencia del Brasil como de la mayor noticia mundial de esta semana, muchos tratan de proyectar los cambios que esto podría significar.

Vi por primera vez a Lula en enero del 2003 en el Tercer Foro Social de Porto Alegre. Recién inaugurado como presidente de Brasil, él llegó a saludar a los participantes del evento, y decenas de miles de los presentes, activistas sociales, dirigentes políticos, académicos y artistas, visitantes de los cinco continentes, corearon junto con los brasileños: "Ô Lula, eu quero ver o plebiscito sobre a ALCA acontecer" ("Oye Lula, yo quiero ver cómo sucede el plebiscito sobre el ALCA"). Eran tiempos de mucha efervescencia social, entusiasmo y avance de los gobiernos progresistas en la región, que parecía irreversible. Pocos meses antes, en un referéndum informal organizado por los movimientos y partidos de izquierda, votaron 11 millones de brasileños y el 95% se expresaron en contra del tratado del "Área de Libre Comercio de las Américas", ALCA, concebido por los EE.UU. para reafirmar su dominio económico y político en el continente. Me acuerdo que Lula, visiblemente emocionado, se limitó a saludar a los presentes, no hizo grandes discursos ni promesas, como haciéndonos entender que ganar una elección presidencial en Brasil no era lo mismo que tomar el poder real que pensábamos ingenuamente muchos de sus seguidores.

Luiz Inácio Lula da Silva, reelegido hace un par de días presidente del país más grande de Latinoamérica, ya ocupó este cargo dos veces, gobernando Brasil desde el 1 de enero de 2003 hasta el 31 de diciembre de 2010.

A diferencia de la enorme mayoría de la clase política de Brasil, un país extremadamente clasista y excluyente, Lula es de origen humilde, era obrero cuando perdió su dedo meñique en un accidente laboral teniendo solo 17 años, luego llegó a ser presidente del sindicato de los obreros metalúrgicos, fue uno de los principales organizadores de la mayor huelga que hizo tambalear a la dictadura militar y que aceleró su caída. Las reformas de sus dos gobiernos consecutivos pueden ser consideradas de las más exitosas en la región; más de 30 millones de brasileños durante sus gobiernos dejaron de ser pobres, el 27% de la población de su país se benefició de su programa social Bolsa Familia, y en ese mismo periodo Brasil triplicó su PIB per cápita y llegó a ser la sexta economía más grande del mundo. Al final de su presidencia, contaba con el apoyo de más del 80% de los brasileños después de ocho años en el poder. Como se sabe, prácticamente meses después recibió una serie de acusaciones judiciales de corrupción; el sistema judicial brasileño, estrechamente vinculado con los grupos oligárquicos, se ensañó con él con la intención de sacarlo de la escena política. El julio de 2017, Lula fue condenado a nueve años y seis meses de prisión y estuvo 580 días encarcelado hasta que en 2019 fue liberado y absuelto de todos los cargos. Así fue como el juez Sergio Moro, quien fabricó la acusación, sacó a Lula de las elecciones presidenciales de 2018, eliminando así la competencia de Jair Bolsonaro, quien tras ganar las elecciones agradeció al juez Moro nombrándolo ministro.  

Esta historia, totalmente cinematográfica y llena de todo tipo de simbolismos, fue tan manipulada por la prensa en manos de los grupos oligárquicos de siempre que muchos de sus votantes terminaron creyendo en la ficción judicial.

A la prensa le faltó también contar sobre lo que pasó con Dilma Rousseff, quien al igual que Lula fue militante del Partido de los Trabajadores y su sucesora en la presidencia de Brasil, convirtiéndose en la primera mujer en este cargo. Durante la dictadura militar, y siendo estudiante de secundaria, formó parte de la guerrilla urbana, en el 1970 fue detenida y torturada por los militares, pasando tres años presa. Cuando llegó a ser presidenta, Dilma siguió la política de Lula, profundizando las reformas y por primera vez atreviéndose a tocar un tabú: exigió la investigación y el procesamiento de los militares por los crímenes cometidos durante la dictadura. La respuesta de los poderes fácticos del Brasil no se hizo esperar: en agosto de 2016 fue acusada de corrupción y destituida de la presidencia por el Senado. En 2022, con una investigación judicial se comprobó la total falsedad de las acusaciones y no se identificó ningún delito ni acto de irregularidad administrativa. Pero este 'golpe legal' puso final a los gobiernos del Partido de los Trabajadores y en 2019 al poder llegó Jair Messias Bolsonaro, un militar retirado, ultraconservador, evangélico y político de signo ideológico diametralmente opuesto a los gobiernos de Lula y Dilma. Desde el inicio de su aparición en la política, Bolsonaro se posicionó como férreo defensor de la dictadura militar, "cuyo error fue torturar y no matar", consideró la tortura como una práctica legítima contra los comunistas y se declaró simpatizante de Pinochet, "quien debía haber matado a más gente", y en una discusión en el Congreso dijo que "no violaría" a la diputada María do Rosario porque "ella no lo merecía", etc.

Este domingo, 30 de octubre, en las elecciones presidenciales Lula le ganó a Bolsonaro, sacando 50,9% de los votos frente a los 49,1% del exmilitar.

Analizando racionalmente los sucesos electorales de los últimos años en Brasil, lo primero que cuesta entender es cómo un país tan claramente beneficiado por los consecutivos gobiernos del Partido de los Trabajadores solo tres años después de la ilegal destitución de Dilma entrega su confianza al grotesco populista Bolsonaro, quien no escondía su intención de enterrar para siempre la herencia política de la izquierda y sacó el 55% de votos en la segunda vuelta de las elecciones del 2018 y ahora su principal y más fuerte rival Lula, gana las elecciones con solo el 1,8% de diferencia.

Aquí, más allá de una natural simpatía por el recién elegido presidente de Brasil, necesitamos tocar los temas que suelen evadir los que todavía celebran el triunfo. Es curioso que cuando Lula iba hacia la cárcel y Dilma era destituida de la presidencia, la enorme mayoría del pueblo brasileño, quien supuestamente era el directo beneficiario de las políticas de los gobiernos del PT, nunca se movilizó contra la claramente injusta persecución de sus dirigentes. A pesar de las buenas o por lo menos beneficiosas prácticas sociales de Lula y de Dilma, quienes sin atreverse o tal vez realmente sin poder tocar las raíces del modelo capitalista, por lo menos lograron suavizar sus efectos para muchos. El pueblo nunca se sintió protagonista de este proceso, y las políticas paternalistas desde arriba nunca fueron reforzadas con unas bases organizadas desde abajo para recuperar el poder real. Sin tener esta cohesión con el pueblo a través de sus organizaciones, el gobierno quedó a merced de los grupos económicos, financieros y burocráticos que hoy siguen siendo mucho más poderosos que cualquier representante ascendido por votación popular. En otras palabras, una democracia basada solo en la votación cada cierto tiempo y que no esté comprometida con la participación ciudadana diaria como parte de la cultura civil general no es sostenible y siempre será frágil y reversible.

A pesar del abismo entre las monstruosas declaraciones y antisociales prácticas de Bolsonaro y de muchas de las reformas progresistas hechas por los gobiernos de Lula y Dilma, Brasil se mantuvo dentro del mismo paradigma político, donde aparte de algunas medidas paliativas o suavizantes, dentro un sistema profundamente inhumano, nada más es posible hacer

Si agregamos a esto el factor de los medios de comunicación y de las redes sociales en manos de los grupos económicos y del creciente deterioro de la educación pública, que requiere de una activa participación de un Estado no capitalista para sostenerse, veremos la enorme dificultad no solo para avanzar con las reformas sociales, sino también para lograr mantener el poder, cuando cualquier gobierno democráticamente elegido trata de cumplir sus compromisos con la sociedad y les toca los intereses particulares a los dueños del poder.

Además, pasa algo raro: celebrando con los amigos brasileños y latinoamericanos el regreso de Lula al poder, no me nace llamar a su triunfo "victoria popular".  

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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