El viento blanco es un fenómeno meteorológico caracterizado por una fuerte y prolongada tormenta de nieve que quita la visibilidad y desorienta totalmente. En Chile este concepto lo aprendió todo el mundo después de una tragedia en la cordillera del volcán Antuco el 18 de mayo de 2005, cuando por unas estúpidas órdenes de los mandos militares se congeló en la marcha un grupo de 44 conscriptos y un suboficial. En ruso esto se conoce románticamente como 'metel', y es uno de los escenarios preferidos de la literatura clásica. El inicio de este año se destacó por este viento blanco o tormenta de nieve en Moscú, que dibujó paisajes con la blancura prístina de un cuento, por largos ratos paralizando la posibilidad de cualquier actividad humana.
El viento blanco de la política mundial de las últimas semanas no tenía nada de cuento romántico.
En todo el mundo nos quedamos encandilados por las trágicas noticias de todas partes a la vez: Venezuela, Siria, Palestina, Irán y otras, donde los medios de comunicación hegemónicos juegan el rol de la tormenta de nieve: congelando el alma e impidiendo ver absolutamente nada.
Millones de personas se volvieron adictas a las noticias y convirtieron sus cerebros en extensiones de sus celulares. La mentira de los grandes monopolios de la verdad para ellos se hizo más real que la realidad de sus propios sentidos, en un claro proceso de atrofia.
Esto me recordó un viaje turístico de hace como 10 años, que hicimos en un barquito por la parte alta del río Paraguay. Nunca antes ni después vi la Vía Láctea más grande y cercana, reflejada con tanta nitidez en la oscuridad del gran río. Todo el esplendor del Gran Chaco, las comunidades guaraníes, los cielos con tucanes y loros de todo tipo, yacarés, pirañas y hasta jaguares… Fue lo más parecido al mayor sueño de cualquier niño de cualquier edad (me incluyo). En nuestro pequeño grupo de viajeros había un abuelo con su nieto. El viejo capitán le quiso hacer al niño un regalo de 14 años, invitándolo a este viaje para celebrar su cumpleaños. En casi dos semanas de navegación nunca vimos al niño. Él estuvo encerrado en su cabina, muy enojado con la vida y con su abuelo, porque en medio del río, rodeado por los verdes mares de la selva, no había Internet y él no podía jugar sus videojuegos preferidos. Nunca nos habló, ni quiso ver nada hasta el final del viaje. La lucha del neoliberalismo contra la soberanía de los pueblos consiste en esta deshumanización del espíritu de la juventud, así se elaboran las piezas clave para construir su dominio.
El problema del mundo actual no es el señor Trump, como gritan los falsos expertos y analistas desmemoriados. Trump es un derivado natural de la descomposición del quehacer político moderno, que acumuló tanta hipocresía y mezquindad, que el vómito fascistoide de la ultraderecha estadounidense se percibe casi como un alivio de las náuseas contenidas. Incluso lo de las coordenadas ideológicas, establecidas por los medios del sistema, tampoco es tan cierto.
Al público le han vendido la idea de que ahora el mundo está en una lucha entre 'tradicionalistas' y 'globalistas', presentados normalmente por lado y lado como 'izquierda' y 'fascismo'. Para ser más preciso, entre comillas yo dejaría solo la primera palabra, porque justamente las variadas pseudoizquierdas de las fundaciones de Soros y demás, absolutamente iguales y predecibles dentro de su inmensa diversidad, hicieron más que nadie por el actual resurgimiento de verdaderas ultraderechas, ideologizadas, agresivas y activas.
Independientemente de esta lucha entre 'tradicionalistas' y 'globalistas', real o ficticia, la globalización neoliberal no para. Todo lo contrario, se acelera.
Todo el mundo se convierte en una sola corporación, que lo traga todo, incluso al Estado estadounidense.
El mejor ejemplo de esto es que la carrera armamentística o la lucha por el espacio no podría sustentar el Estado norteamericano sin la compañía de telecomunicaciones de Elon Musk, Starlink, o la empresa tecnológica de Peter Thiel, Palantir. Además de competir en su complicidad por la sofisticación y eficiencia de los crímenes de guerra de Israel, Ucrania y EE.UU., que son diferentes expresiones político militares de lo mismo, ninguna de estas dos empresas representa intereses del capitalismo nacional estadounidense.
A la larga, buscan subyugar a EE.UU. a intereses de los mismos suprapoderes corporativos que por ahora confiaron al Gobierno estadounidense el rol de su principal gerente y gendarme.
Pero si no fuera por el poder de las corporaciones transnacionales, EE.UU. no podría hacer ahora nada frente a China, que entiende el problema y acelera su desarrollo tecnológico. Las autoridades chinas saben también que este proceso es lento y sería imposible, y hasta suicida, tratar de desmontarse rápido de todas las interrelaciones e interdependencias del mundo capitalista moderno.
Para controlar las protestas que buscan derrotar al Gobierno, las autoridades iraníes desconectaron en el país los servicios de Internet. Elon Musk casi de inmediato ofreció a los manifestantes el servicio alternativo de los satélites Starlink, interviniendo en los asuntos de un Estado soberano en el momento de una grave crisis interna. Pocos días antes, después del ataque estadounidense contra Venezuela y del secuestro de presidente Nicolás Maduro, el mismo Musk ofreció servicios gratuitos de Internet de Starlink por un mes para toda Venezuela con el fin de "asegurar la transición democrática".
Bajo el viejo pretexto de la 'libertad de información' los imperios tecnológicos convierten sus servicios en una potente arma de control externo, mientras que el amplio público mundial sigue desaprendiendo a distinguir el mundo virtual del real.
Los dueños de las tecnológicas modernas les diseñan a los países los límites de su soberanía. Pero es importante recordar que desde hace tiempo estos dueños no son los Estados, sino las empresas. La soberanía se nos presenta como una fantasía si entendemos que en manos de los dueños corporativos está casi absolutamente todo: servicios de Inteligencia, satélites, redes sociales, los científicos expertos en psicología, genética, etc. Ellos controlan, entienden, programan, compran y corrompen prácticamente todo, excepto algo que jamás entenderán: la frágil e imperfecta esencia del ser humano.
Por eso insisto que el verdadero problema no es un personaje como Donald Trump, sino el dominio del sistema en nuestras cabezas. ¿Cómo recuperamos nuestra soberanía mental, emocional y espiritual? Para ganar en esta guerra es necesario salir del territorio enemigo y dejar de obedecer a la lógica que se nos impone.
Empezamos aquí conversando sobre el viento blanco y la imagen de un mundo encantado, como en los cuentos. Recordemos que en todos los cuentos los hechizos y encantos malignos siempre terminan con el acto más sencillo y sorpresivo: un beso, una mirada, una tomada de mano, un abrazo, un silencio… El ser humano para sus enemigos sigue siendo un objetivo inalcanzable e indescifrable. Las vidas de los cubanos que en la noche del 3 de enero entraron al desigual combate y murieron por la dignidad de todos los hombres y mujeres de este mundo no caben en la lógica ni en los cálculos de la máquina de muerte que pretende dominarnos.
La profunda emoción que nos une al pensar en nuestros muertos y el sentir que somos el amor heredado de quienes nos dieron la vida nos hace saber que venceremos. Como escribió Vittorio Arrigoni, en 2008 desde las llamas de Gaza (cuando Gaza existía todavía), "seguimos siendo humanos".

