Así comienza la canción del uruguayo Daniel Viglietti: "Donde cayó Camilo nació una cruz, pero no de madera, sino de luz…".
Este domingo 15 de febrero de 2026 se cumplen 60 años de la muerte de Camilo Torres en un combate con el Ejército. Son también 60 años de un mito, de una leyenda, de especulaciones varias, del uso de su nombre para las causas justas y no tanto. Además, son seis décadas de la búsqueda de sus restos, cuyos supuestos "hallazgos" de vez en cuando aparecen en titulares sensacionalistas de la prensa colombiana y luego de a poco se desmienten hasta el siguiente caso. Así, hace más o menos un mes, apareció un nuevo comunicado del Ejército de Liberación Nacional (ELN), el grupo guerrillero colombiano entre cuyos 'fundadores' figura Camilo, informando que sus restos, por fin, fueron encontrados e identificados. Hasta el presidente Gustavo Petro habló de la preparación de su entierro en la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia, que fue la primera de América Latina, creada en 1959 por iniciativa de Camilo Torres. Al parecer, y como es de costumbre, de nuevo no se confirma nada.
Ya que de lo único que se suele hablar de Camilo en el mundo es de su estampa de 'cura guerrillero' y de su pertenencia a la Teología de Liberación, destinada a unir a los cristianos y los marxistas en la lucha por una sociedad más justa, creo que es importante recordar algunos elementos más.
El defensor de la justicia para los pobres, Camilo Torres Restrepo, provenía de una familia aristocrática, recibió una excelente educación y rápidamente se convirtió no solo en uno de los líderes jóvenes más populares de la Iglesia católica del país, sino también en uno de los políticos más prometedores y queridos por el pueblo colombiano. Se le auguraba una carrera brillante, pero tomó otra decisión. Exigió públicamente a la Iglesia que cumpliera con su principal deber cristiano: defender al pueblo humillado y explotado.
"Comprendí que en Colombia no se podía realizar este amor —el amor al prójimo— simplemente por la beneficencia, sino que urgía un cambio de estructuras políticas, económicas y sociales que exigían una revolución a lo cual dicho amor estaba íntimamente ligado”, explicaba Camilo en uno de sus escritos.
A pesar de que toda su vida se opuso a la violencia, al final, bajo la presión de las élites colombianas, Camilo fue expulsado de la vida política legal, excomulgado de la Iglesia católica y su última opción, apasionada, como todo lo que él hizo, fue unirse a la guerrilla. No fue exactamente fundador del ELN, como a veces afirman; esta guerrilla nació en 1964 bajo el mando de los hermanos Vásquez Castaño, con Fabio Vásquez Castaño al frente. Camilo Torres dirigía entonces el Frente Unido del Pueblo y se unió al ELN solo a finales de 1965.
Camilo murió en una localidad conocida como Patio Cemento del departamento de Santander a los 37 años, en su primera y única batalla. Se cuenta que los militares le dispararon cuando él intentaba socorrer a un soldado herido. Por parte del Ejército, el combate lo dirigió su antiguo amigo de la infancia, Álvaro Valencia Tovar. Poco antes de su muerte, Camilo dijo: "El deber de todo cristiano es ser revolucionario. El deber de todo revolucionario es hacer la revolución".
Se puede hablar mucho sobre la historia personal de Camilo, de la búsqueda de sus huesos y de los errores del ELN, pero ahora todo esto me parece irrelevante. Estamos viviendo un tiempo de caída y resquebrajamiento de todos los valores éticos. Por eso, seguir el viejo discurso sobre la importancia del ejemplo de Camilo Torres para unir a los marxistas y cristianos en la lucha contra el capitalismo, por todo lo importante que sea, ya es anacrónico e insuficiente. No se trata solo de la compatibilidad de los credos con las ideologías para buscar nuevos Cristos revolucionarios de nuestros tiempos. Está bien, pero no basta con eso.
Como siempre, me parece mucho más potente e inspirador, un simple ejemplo humano sin tener que agregarle ningún envoltorio de lemas e ismos. Una cruz de luz, una llama que no se apaga con el cambiante viento de los tiempos, traiciones de unos, errores de otros o fracasos de una u otra organización política. Ahora entendemos qué influenciables y manipulables somos los seres humanos, cómo depende eso lo que consideramos nuestras convicciones políticas, de las opiniones del entorno inmediato, de los 'influencers' y de todo tipo de redes y pantallas que nos acosan cotidianamente. Cada vez más increíbles nos parecen las pruebas de la existencia de aquellos seres humanos capaces de actuar a pesar de las conveniencias, circunstancias y entornos. Camilo Torres es uno de ellos.
En sus recuerdos, el gran poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal cuenta sobre su conversación en Cuba con la mamá de Camilo, Isabel Restrepo de Torres: "Dice doña Isabelita que ella era anticlerical. Y que para ella fue un duro golpe cuando Camilo entró al seminario. Primero, Camilo se había querido hacer dominico. Ella lo tuvo que bajar del tren con un policía. Admitió después que entrara al seminario, pero pronto se arrepintió de eso, porque los muchachos que se fueron con los dominicos regresaron a los dos meses, mientras que Camilo se quedó en el seminario. Cuenta también que Camilo tenía un gran amor por los pobres desde pequeño. Se robaba las medicinas del papá, que era médico, y las regalaba. El dinero que le daban para el cine a veces lo repartía entre los niños pobres. Se hacía amigo de los mendigos que llegaban a la casa, y algunas veces ella lo tenía que regañar por eso. A los ocho años entró al Colegio Alemán y el primer día de clase le pegó a un niño alemán mayor que él, porque había hablado mal de Colombia, y le apeó los dientes”.
Para el hijo de una familia anticlerical, su decisión de ser religioso era un acto revolucionario. Al igual que fue revolucionaria su decisión de que, siendo un sacerdote muy querido por el pueblo y reconocido por el poder, optó por la lucha armada y exigió estar en la primera línea de combate en la guerrilla, a pesar de la opinión del liderazgo del ELN. La excelente educación que obtuvo en Colombia y en el extranjero le brindó una comprensión sobre los valores humanos más nobles, que Camilo convirtió en su forma de vida. De la Biblia él tomó la esencia de la fe cristiana: el amor al prójimo. Cosas simples y evidentes que cuestan tanto a muchos 'intelectuales', 'militantes de izquierda' y 'cristianos'. Lo que tanto nos cuesta a todos.
En estos tiempos de la Doctrina Monroe planetaria y frente al gobierno Trump-Epstein con sus aliados, Camilo Torres Restrepo, caído hace 60 años, es un gran peligro para el poder que no soporta la espiritualidad humana.
No sé si los restos de Camilo serán algún día encontrados y sepultados en una ceremonia solemne que él despreciaría. No importa. Lo que importa es que fueron escondidos por un acuerdo entre su examigo de infancia, el entonces coronel del Ejército Colombiano Álvaro Valencia Tovar, y el hermano mayor de Camilo, Fernando Torres, 'avergonzado' por la opción de su familiar. Ni su madre ni su pueblo pudieron despedirse de Camilo, porque, como lo explicó Fernando en su carta para la prensa: "El deber de sus verdaderos amigos es impedir que su imagen y la imagen de su muerte y su cadáver sean objeto de demostraciones vulgares y estentóreas promovidas por aquellos que solo lo vieron en vida y lo consideran después de muerto como un arma para crear el desorden y sacar provecho para sus propias ambiciones".
Lo que hicieron con su cuerpo fue una venganza de clase por parte de la oligarquía colombiana contra alguien a quien consideraron como uno de ellos y que traicionó su causa. Justamente por eso, ellos "lo clavaron con balas en una cruz, lo llamaron bandido, como a Jesús...".



