La Patria Milagro de Abelardo, el destripador

Oleg Yasinsky

El premio nobel colombiano Gabriel García Márquez decía: "Nadie me cree que no he inventado nada. Yo lo que soy es un simple escribano". Tenía toda la razón. Para describir la realidad de un país como Colombia, todo su realismo mágico era poco. El nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, parece tener hasta el nombre de uno de sus personajes literarios, pero lamentablemente no es parte de ninguna novela. E igual de garciamarquiano suena su proyecto político: La Patria Milagro.

El 7 de agosto, el día de su posesión como presidente de la república, el canal de televisión colombiano Canal 1 presentó a De la Espriella como "abogado, cantante, 'influencer', mezclador de ron y vendedor de licores y ropa". Me pareció divertido, muy al estilo de estos tiempos donde la palabra 'populismo' queda corta y anticuada.

Es posible que pronto hasta este canal deje de existir junto a todos los 'malos periodistas', como el nuevo presidente llama a quienes lo critican o difieren de su opinión, él promete dejarlos a todos sin trabajo para contratar solo a sus 'buenos periodistas', leales y obedientes. 

Abelardo de la Espriella no es un producto como Milei, no es una reencarnación del pinochetismo como Kast y no es heredero de la demagogia de su padre delincuente, como una Keiko Fujimori. Para comprender mejor la lógica del retorno al poder en Colombia de la ultraderecha, se debe recordar que la 'democracia ejemplar' de este país en las décadas de los años 80 y 90 dejó más muertos y desaparecidos que todas las dictaduras del continente juntas.

La economía colombiana (es decir, la riqueza de los dueños del país) creció al ritmo de las masacres de sus campesinos y del envío de cocaína a los dueños del negocio en EE.UU. 

El mundo de estos tiempos se quita las máscaras y nos habla en lenguaje de símbolos. Colombia no es ninguna excepción. La posesión presidencial de este Gobierno contó con una asistencia mínima de jefes de Estado y fue más bien un desfile de la derecha continental: mandatarios de Argentina, Chile, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, Honduras, Paraguay y Panamá, además del rey de España.

El juramento del presidente rompió con el protocolo tradicional en escenarios como la plaza de Bolívar y el Congreso en Bogotá, y por primera vez tuvo lugar en un auditorio de una universidad privada, la Universidad de Santiago de Cali, y el primer discurso inaugural del presidente se realizó en el Batallón Pichincha, también en Cali.

El mensaje estaba más que claro: el departamento del Valle del Cauca, durante décadas uno de los territorios más golpeados por la guerra civil, fue donde más resistencia tuvo su narrativa guerrerista y, en consecuencia, uno de los departamentos donde perdió en las elecciones y triunfó el Pacto Histórico del candidato de izquierda Iván Cepeda. Posesionarse allí prestando juramento ante las Fuerzas Armadas y no ante el Congreso reafirma su argumento preferido y casi el único, el de que la autoridad política se somete ante la militar. Este primer discurso presidencial fue el más largo en la historia del país, y en sus 77 minutos él se las ingenió para no decir absolutamente nada. Para darles una idea, era como un discurso de Trump, pero un poco peor. 

La ceremonia solemne de posesión de la banda presidencial tuvo pocos invitados internacionales, que además tuvieron que ver el discurso ante las Fuerzas Armadas por televisión en un recinto aparte, ya que Abelardo de la Espriella prefirió dedicar su mensaje a la nación solo a los militares, en privado, con solo 18 civiles como testigos. Los 201 congresistas que viajaron desde Bogotá a Cali para el cambio del mando quedaron viendo la tele junto a los extranjeros.

Para cambiar la larga tradición republicana del país, De la Espriella, para asumir la presidencia, ni siquiera se molestó en entrar al Congreso de la República o en reconocer la separación de poderes. Ningún otro presidente de la derecha latinoamericana había hecho algo similar.

Hasta el salvadoreño Najib Bukele, aunque a veces acompañado de militares y policías, entró a la Asamblea Nacional. Y volviendo al tema futbolístico, Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, fue uno de los invitados de Abelardo. Este mismo que se hizo famoso en la última Copa Mundial de Fútbol cumpliendo las órdenes de Trump de suspender la expulsión por un año del delantero estadounidense Folarin Balogun, para que así pudiera jugar el siguiente partido de Estados Unidos. Seguramente De la Espriella necesita demostrarle a su país tan futbolizado que es amigo del jefe de la FIFA, que hay esperanza de tener la próxima copa, porque entra a formar parte de la élite política privilegiada que influye en el deporte y en cualquier otro aspecto de la vida humana.

Abelardo de la Espriella le avisó a la nación de que no iba a trabajar desde el palacio presidencial, la Casa de Nariño; incluso ha planteado reformar la Constitución para que Barranquilla sea la capital alterna y gobernar desde la costa caribeña. Si es necesario descifrar este mensaje, al parecer gobernar para él no es trabajar. Con tantos asesores y empleados, él podrá firmar todo desde sus yates o 'jets' privados.

Seguramente dirá que puede dirigir el país vía TikTok o Instagram, ¿o es que acaso el poder no es para eso? Insistirá que no es un político, que no le interesa la política, porque eso solo es un asunto de comunistas y guerrilleros.

Y a la gente ignorante le encanta eso, ya que es una legitimación presidencial para no pensar mucho… Y como a tantos les gusta que estos eventos de Estado ahora se parecen tanto a las fiestas privadas glamurosas, como una ceremonia de los Óscar en Hollywood. Así el poder transnacional con el apoyo de las masas reeducadas por redes sociales y narcocultura llama a destruir los restos del Estado, porque todo lo estatal es tan feo, corrupto y malo, y por el contrario todo lo privado es tan lindo, admirable, próspero, llegando a la conclusión de que ya no se necesita más al Estado, este que debe ser reemplazado por una megacorporación mundial e incluso megacorporación mundial digital. 

Abelardo de la Espriella desde joven fue admirador de figuras narcotraficantes y asesinas, como el conocido jefe paramilitar Salvatore Mancuso, incluso puede verse cómo ha tratado de imitar aquel estilo de mafioso italiano, inteligente, educado, con estilo.

Aunque sin mucho éxito, pues las características físicas dejan al 'petite' Abelardo como una caricatura ante un Salvatore Mancuso, italiano de vía directa y hombre culto y clase alta. Mancuso fue condenado por delitos extremadamente graves cometidos como comandante de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), entre ellos homicidios y masacres de civiles, desapariciones forzadas, desplazamiento y despojo de tierras a los campesinos y indígenas, violencia sexual, narcotráfico, por lo que, bajo el Gobierno de Álvaro Uribe, fue extraditado a EE.UU. La importancia de Mancuso es que, siendo uno de sus principales comandantes de las AUC, él fue uno de los principales nexos entre las estructuras paramilitares y la Fuerza Pública. El joven abogado Abelardo de la Espriella logró su primera fama gracias a que se convirtió en defensor de Mancuso y, además de él, de otros paramilitares y narcotraficantes.

Otro detalle que cobra importancia es la cercanía de Abelardo de la Espriella con Carlos Alonso Lucio, uno de los personajes más enigmáticos de la política colombiana, quien se convirtió en el gerente programático de su campaña electoral. De joven Lucio fue integrante de la guerrilla del M-19. Después de la desmovilización, entró a la política y fue representante a la Cámara y senador. Luego se convirtió en asesor de las AUC, es decir, pasó de la guerrilla de izquierdaa trabajar con una organización paramilitar de extrema derecha. Pero tuvo graves problemas judiciales: fue condenado por estafa y falsa denuncia, escapando del país, pagando después solo con unos meses de prisión. Estuvo involucrado en casos de narcotráfico y corrupción. Según su versión oficial, durante su paso por prisión tuvo una conversión religiosa y posteriormente se convirtió en un predicador evangélico conservador. Se casó con Viviane Morales, exsenadora y exfiscal general de Colombia, que durante mucho tiempo fue su protectora. Inhabilitado para participar en política personalmente, al final terminó siendo jefe de la exitosa campaña electoral de su amigo Abelardo, pero, a diferencia de él, es estudioso y culto. 

Abelardo de la Espriella irrumpe en la historia latinoamericana tal vez en el peor de sus momentos.

Un ser ignorante y ambicioso que durante su campaña electoral más de una vez prometió "destripar a los comunistas" (y los que conocen algo de la historia colombiana saben que no es ninguna metáfora), sueña con llevar a su país de nuevo a una guerra civil de todos contra todos, como principal garantía de sus nuevos negocios y su actual poder.

Las consecuencias del desastre que representa la presidencia de Abelardo 'El Destripador' son muy previsibles, y superarlas les costará a los colombianos muchas lágrimas y más sangre. 

Aunque se le conoce formalmente como el presidente de la extrema derecha, en realidad no profesa ninguna ideología política, y es capaz de cambiar de postura cada día: unas veces se autodenomina libertario y ateo, y pocas horas después llora ante los altares y jura su amor por Cristo. 

A partir de ahora, Trump cuenta con un nuevo aliado fiel para aplicar en el continente la doctrina Monroe, sus socios narcotraficantes tienen un defensor y protector de confianza; y para los campesinos, los indígenas y todo el pueblo, es un enemigo implacable que no se detendrá ante nada.

Si en alguna parte de América Latina existe un 'business plan' completo para crear un infierno en medio de paisajes tropicales paradisíacos, música alegre, mujeres bonitas y el aroma del café, el lugar ideal para realizarlo es, sin duda, Colombia.