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Putin el reparador

Publicado: 23 sep 2013 16:06 GMT | Última actualización: 23 sep 2013 19:49 GMT
A raíz del acuerdo alcanzado recientemente entre Estados Unidos y Rusia en Ginebra en relación con la destrucción de las armas químicas en poder de Siria, muchos especialistas abordaron el resultado en clave de triunfo del mandatario ruso.

Considerando que Rusia siempre amparó la no intervención en Siria y respaldó conversaciones en Ginebra como única vía de gestión del conflicto, efectivamente el presidente Putin surge como "el vencedor".

RIA Novosti
 
 
Sin embargo, si nos atenemos a la importancia de los procesos o transcursos en las relaciones internacionales, quizá resulte más apropiado considerar el acuerdo de Ginebra como una instancia relevante de reparación rusa frente a Estados Unidos. Un acuerdo de esta naturaleza muy difícilmente hubiera sido posible hace más de una década: en 1999 la diplomacia rusa propuso una salida negociada para el conflicto de Kosovo reclamando la 'vía Kumanovo', es decir, el mantenimiento de la integridad territorial de la República Federal de Yugoslavia y el despliegue de fuerzas 'onusianas' en Kosovo. Pero su iniciativa no solamente fue desestimada, sino que la OTAN intervino en Yugoslavia sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, situación que fue determinante para que el entonces primer ministro, Yevgueni Primakov decidiera (durante el mismo vuelo que lo llevaba a Washington) cancelar su visita.
 
Incluso en tiempos menos distantes, un acuerdo como el de Ginebra no hubiera sido posible: en 2003, a pesar de las advertencias de Moscú y de sus reclamos por la negociación diplomática, una coalición de países liderada por Estados Unidos intervino en Irak sin autorización de la instancia decisiva de la ONU, situación que afectó la confluencia de intereses ruso-estadounidenses 'pos-11-S-2001'.
 
Tanto en Kosovo como en Irak, el estado de Rusia era endeble y sus crecientes descontentos ante las acciones de Occidente no superaban el terreno de la retórica. De allí que Ginebra representa la primera instancia desde el final de la Guerra Fría en la que Rusia obtiene, formal y realmente, reconocimiento e incluso deferencia por parte de Estados Unidos; es decir, más allá de lo que finalmente implique el acuerdo, se trata del primer acto de reparación alcanzado por Rusia.
 
La reconstrucción de poder en Rusia desde el año 2000 ha sido el hecho decisivo en relación con el reconocimiento y avenencia estadounidense. Dicha reconstrucción implicó la recuperación del orden interno, propósito que fue determinante para que Rusia se relocalizara externamente en un espacio acorde a su singular condición (miembro 'V3' de la ONU –voz, voto y veto- y poseedor de armas nucleares); asimismo, también fue determinante para restringir (y hasta alterar) políticas de poder que desde hacía tiempo procuraban no solamente menoscabar la recuperación de Rusia, sino convertirla en un actor lateral y pasivo del orden interestatal.
 
En efecto, el final de la Guerra Fría implicó el final de un ciclo o régimen en las relaciones internacionales; no obstante, no implicó que se descartaran enfoques relativos a la seguridad y el interés nacional. Si bien el discurso de los 'triunfantes' Estados Unidos estuvo dirigido a fortalecer las esperanzas de la comunidad internacional en relación con el advenimiento de un nuevo orden "en el que predominaran los principios de justicia y juego limpio", según las propias palabras de George H. Bush, en los hechos Washington buscó multiplicar los 'dividendos' de su victoria: no solamente para afirmar su condición de predominancia y excepcionalidad, sino para impedir el surgimiento ("dentro y fuera de Occidente") de otro actor que lo pudiera llegar a desafiar o con el que tuviera que compartir poder.
 
Desde estos términos, su enfoque frente al 'Estado continuador' de la Unión Soviética, la Federación de Rusia, se fundó en una lógica 'dúctil' de poder que, en poco tiempo, demostró ser contundente con relación a impedir la recuperación de Rusia y obtener ganancias de poder.
 
Dicha lógica se manifestó por caso en apoyar sin atenuantes la adopción de la economía de mercado (en un país sin tradición ni instituciones que favorecieran semejante opción), en predisponer a Rusia a que se aviniera a tratados de desarme (que estratégicamente la desguarnecían), en anunciar la necesaria ampliación de la OTAN para dar cobertura estratégica a los países del este de Europa (cuando el fin de la Guerra Fría se habría pactado sobre la base de la no ampliación de la misma) al tiempo que se invitaba a Rusia a ser parte de instancias política-estratégicas que se presentaban como 'decisivas' en materia de seguridad continental, etc.
 
Cabe recordar que la visión externa rusa fungió como 'facilitadora' de la estrategia o técnica de poder estadounidense, puesto que los funcionarios de la Rusia postsoviética, particularmente los de cancillería, consideraban que solamente defendiendo y promoviendo el relacionamiento con Estados Unidos se evitaría caer otra vez en extravíos misionales como el marxismo-leninismo-stalinismo, al tiempo que se lograría el cambio favorable para el país. La orientación externa atlántica, que se conocería como 'Doctrina Kozyrev', fue tan extrema que, por vez primera en su historia zaro-soviética, Rusia subordinó (cuando no rindió) sus intereses nacionales a dicha alineación.
 
Durante la segunda parte de los años noventa Rusia modificó sensiblemente su percepción respecto de las verdaderas intenciones de Estados Unidos para con ella; pero su estado de debilidad interna no le permitió ir más allá de la grandilocuencia, incluso en cuestiones que Moscú consideró como 'líneas rojas' que no toleraría fueran atravesadas, concretamente, la ampliación de la OTAN o la injerencia sin autorización de la ONU en los Balcanes. Occidente las atravesó, decisión que para Moscú implicó el afianzamiento de una suerte de 'Yalta sin Rusia'.
 
Este transcurso, durante el que por momentos Rusia pareció un actor desconocido, es el que bajo Putin se ha refrenado, para lo cual la restauración de la autoridad y fortaleza del Estado fue capital. A diferencia de Yeltsin  que fue un líder transformacional, Putin ha sido (y es) un líder tradicional, puesto que ha restablecido al menos cuatro patrones tradicionales que devolvieron a Rusia orden interno y deferencia externa: recentralización del poder, formulación geopolítica nacional, acumulación militar y política externa activa.
 
Pero Rusia bajo la autoridad de Putin no solamente ha refrenado ese transcurso, sino que ha logrado incluso revertirlo, sobre todo cuando los intereses nacionales se encontraron ad portas de una situación que, de llevarse a cabo, hubiera implicado la afectación de un activo geopolítico protohistórico: la profundidad que le proporciona su espacio.
 
En agosto de 2008  en una 'operación de defensa contraofensiva', Rusia desplegó su músculo militar e intervino en la región del Cáucaso a fin de amparar intereses afectados por Georgia. Dicha operación representó un acontecimiento mayor en relación con lo que podemos denominar 'decisiones de reparación estratégica' llevadas adelante por parte de Rusia: la denominada 'guerra de los cinco días' no pasará a la historia por la brevedad de las operaciones militares sino porque fue la instancia decididamente más enérgica y efectiva de Rusia en relación con el amparo de su interés nacional, como asimismo la respuesta más concluyente a un diseño de orden interestatal de cuño pro polar: desde entonces, la OTAN no solamente no volvió a ampliarse, sino que se multiplicaron los interrogantes en torno a la congruencia entre la política de ampliación de la Alianza y la seguridad internacional.

 
 
El siguiente acto de reparación de Rusia fue en el conflicto de Siria, y también estuvo dirigido a frenar los intentos occidentales con relación a afianzar un patrón de signo unipolar, intervencionista y excluyente: Rusia había apoyado los términos humanitarios de la Resolución 1973 que autorizó la intervención en Libia; pero los 'cambios' operados finalmente en los propósitos de la intervención en el país norafricano fueron concluyentes para que Moscú sistemáticamente no consintiera una nueva injerencia en Siria.
 
En breve, sin duda que hay cuestiones que explican el cerrado amparo de Rusia sobre Siria: desde bazas geopolíticas hasta la preservación de la integridad territorial y la soberanía, pasando por transferencia de armas, etc. Pero hay una cuestión previa que no se explica desde estos términos, algunos de los cuales se han vuelto mitos, sino desde la lógica de poder con que Occidente abordó la relación con Rusia desde el final de la contienda bipolar. Dicha lógica implicó maximizar ganancias y restar a Rusia toda posibilidad de ejercer influencia en el orden interestatal.
 
Desde hace más de una década Rusia inició un camino de reconstrucción de poder con el fin no solamente de superar el desorden interno sino de reparar un afectado y hasta humillado frente externo.
 
Desde una perspectiva de poder, este es el significado del acuerdo de Ginebra, que no afecta el curso de la catástrofe que sufre el pueblo sirio (107.000 muertos según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos), pero que tal vez representa el inicio de un ciclo interestatal con menos desestimaciones y con más consultas entre sus poderes mayores. 

 Una mirada desde el poder para analizar el equilibrio global.

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