Opinión

Hezbolá contra Israel: una guerra psicológica de desgaste

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Hezbolá e Israel están jugando una guerra psicológica de desgaste. Hezbolá por un lado busca imponerse como el garante de la soberanía libanesa, mientras que Israel recurre al "juego sucio" para justificar la intervención suya y de sus aliados contra cualquier socio de Irán en la región. Se trata de la supervivencia y legitimidad de las dos partes. Si bien ninguno quiere un nuevo 2006, las campañas de amenazas y ataques quirúrgicos pueden elevar la tensión hasta el punto en que cualquier error desemboque en una escalada de tensiones imparable y, finalmente, la guerra.

La última disputa regional que hizo temer una nueva guerra árabe-israelí ha sido más digna de una ficción de Jose Luis Cuerda que de la actualidad internacional. Tras bombardear Irak, Siria y Líbano, los Israelíes decidieron sembrar su frontera con maniquíes en vehículos a la espera de una respuesta por cualquiera de los grupos pro-iraníes en la región, aunque lo esperado era que la iniciativa la tomase Hezbolá.

Y así, el día 1 de septiembre, Hezbolá atacó a Israel con lo que parecían ser misiles anti-tanque Kornet. Empieza el espectáculo.

Los canales ligados a Hezbolá no tardaron en difundir un video en el que aparentemente destruían un APC del tipo WOLF Blindado. Seguido, las redes se llenaron de lo que parecía un soldado israelí herido siendo transportado hacia el hospital de Haifa. Finalmente, en un intento de plot twist al estilo del cine europeo de sobremesa, las Fuerzas de Defensa de Israel mostraron otro video en el que supuestamente demostraban que los heridos eran maniquíes y que todo resultó ser una escena preparada. En su cabeza era espectacular, aunque lo que debía ser una respuesta inteligente para dejar en evidencia al partido libanés, se les volvió en contra, y es que la audiencia del espectáculo con lo que se quedó es con que un escuadrón de Hezbolá pudo atacar un vehículo militar israelí en suelo israelí, sin una respuesta firme por parte de las fuerzas sionistas. Hablamos de un ataque que, poco después y contra toda la propaganda israelí, Hezbolá pudo demostrar que era cierto en un video que difundió al día siguiente y en el que se veía claramente que al menos uno de los Kornet disparados pudo impactar contra un vehículo del ejército israelí con soldados dentro, cerca de los Kibbutz Avivin y Yiron.

Tampoco le fue muy útil a las IDF (Fuerzas de Defensa de Israel) bombardear la nada en suelo libanés, y ver cómo la población respondía asomándose a sacarse selfies y subirlos a Redes Sociales. Y es que si algo se repite en la propaganda del lado libanés contra los israelíes es la incidencia en la demostrada cobardía judía frente a la resiliencia árabe.

La guerra durante unas horas, e incluso días, fue muy probable. Las IDF, por mucho que lo hayan negado desde el día 1, no tuvieron bajas mortales únicamente por suerte. Todo dependió del impacto del segundo Kornet de Hezbolá. Llegaba a haberlo disparado una persona más experimentada, y el vehículo no habría sobrevivido como tampoco lo habrían podido hacer los cinco soldados que iban dentro del mismo. El Mossad no se habría podido adjudicar la "inteligente" estrategia de los maniquíes, e Israel se habría visto obligado a una respuesta más contundente que el teatro con el que siguieron tras el ataque de Hezbolá que, creo que es necesario recordar, se realizó después de que Israel asesinase a dos militantes suyos al bombardear Damasco primero y Beirut después.

Alberto Rodríguez García, periodista especializado en Oriente Medio, propaganda y terrorismo.
Alberto Rodríguez García, periodista especializado en Oriente Medio, propaganda y terrorismo.
"La campaña de Trump contra Irán, de hecho, es la guerra –cada vez menos indirecta– de Israel con Irán. Los shekel son los que pagan 'el trabajo sucio' que 'hay que hacer'".

Bombardear a la población sitiada de Gaza es relativamente fácil para Israel, aunque la verdadera batalla que está librando no es tan sencilla. La campaña norteamericana de máxima presión sobre Irán tiene inevitablemente una respuesta regional que va más allá del estrecho de Ormuz. Ahí es donde entran en juego los israelíes; principales interesados en un conflicto contra los persas. La campaña de Trump contra Irán, de hecho, es la guerra –cada vez menos indirecta– de Israel con Irán. Los shekel son los que pagan 'el trabajo sucio' que 'hay que hacer'.

A pesar de las palabras de Trump, más enfocadas al ruido mediático que a enviar mensajes concisos a sus enemigos, los bombardeos a las Unidades de Movilización Popular (Irak) –una de las fuerzas que más ha combatido al Estado Islámico–, los bombardeos a posiciones de la Guardia Revolucionaria Iraní o las operaciones con drones en barrios de Beirut, son cosa de Israel. Así como es cosa de Israel la escalada que a poco ha estado de llevar a una nueva guerra a Oriente Medio por la 'pasada de frenada' del gabinete de Netanyahu, que no supo medir las consecuencias de sus acciones.

Ni en Tel Aviv ni en Beirut quieren un nuevo 2006, pero los sionistas tampoco quieren compartir espacio con Irán. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, que se está erigiendo como el amo y señor de Israel adjudicándose cargos, el más reciente el de ministro de Bienestar (es también ministro de Defensa, Sanidad y Diáspora), ve que su proyecto –ya más personal que político– se desmorona entre la corrupción como problema interno y el aislamiento como problema externo.

Desde el Knesset ven, casi sin poder reaccionar, cómo mientras Irán aumenta su presencia y lazos con países vecinos, Donald Trump, lejos de lo deseado por sionistas y halcones, en la práctica aboga por acercar posiciones con los Ayatolás. Como hace con Corea del Norte, el presidente norteamericano apuesta por los titulares incendiarios que después terminan en nada. A pesar de las sanciones, no es aventurado afirmar que EE.UU. solo se enfrentaría a Irán por la vía militar tras un error de cálculo. Tal es así, que tras la cumbre del G7, el presidente de Estados Unidos llegó a afirmar que no busca un cambio de régimen en Irán.

Alberto Rodríguez García, periodista especializado en Oriente Medio, propaganda y terrorismo.
Alberto Rodríguez García, periodista especializado en Oriente Medio, propaganda y terrorismo.
"Cuando el presidente libanés sale a decir públicamente que las operaciones israelíes en su país "son una declaración de guerra”, los sionistas solo escuchan música; porque significa que sus cloacas hacen bien el trabajo. O, al menos, hacen el trabajo que Netanyahu requiere. Porque así, puede jugar la carta del victimismo para sobrevivir".

Declaraciones como las de Trump tras el G7 son inadmisibles para un gobierno israelí, cada vez más solo, que pide desesperadamente al mundo no negociar con Irán justo después de que su aliado en la Casa Blanca anunciase la posibilidad de una reunión con el presidente iraní, Hassan Rohaní, a fin de resolver la crisis acaecida tras la ruptura unilateral del acuerdo de no proliferación nuclear y las consiguientes sanciones impuestas a la República Islámica.

A todo lo anterior hay que añadirle que el 17 de septiembre Israel celebra nuevas elecciones. Netanyahu se lo juega todo en menos de dos semanas, y sus aliados entre la derecha occidental están más preocupados por solucionar sus problemas internos que por involucrarse en nuevas disputas que no llevan a nada. La carta del terror chií cada vez está más gastada y tiene menos sentido. Por eso, cuando el presidente libanés sale a decir públicamente que las operaciones israelíes en su país "son una declaración de guerra", respaldado por Hezbolá y las Fuerzas de Movilización Popular iraquíes, los sionistas solo escuchan música; porque significa que sus cloacas hacen bien el trabajo. O, al menos, hacen el trabajo que Netanyahu requiere. Porque así, puede jugar la carta del victimismo para sobrevivir. Al final, como bien apuntan sus enemigos, los sionistas se enfrentan con cobardía a la resiliencia.

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