El año 2025 se inició con una imagen todavía muy presente en la retina: la cumbre de los BRICS celebrada en Kazán en octubre de 2024 y la evidente sintonía entre Vladímir Putin y Xi Jinping. Aquella fotografía fue interpretada por muchos como un gesto simbólico, una puesta en escena destinada a enviar un mensaje al mundo en un contexto de creciente confrontación geopolítica. Sin embargo, visto desde el inicio de 2026, resulta evidente que Kazán no fue una escena aislada ni un punto de llegada, sino el anticipo visible de un proceso que se ha ido consolidando. El año que acaba de cerrarse convirtió aquella imagen —leída entonces como declaración de intenciones— en una realidad política, económica y estratégica.
Para entender la solidez de esta relación es imprescindible partir de un elemento que a menudo se minimiza en el análisis político: la geografía. Rusia y China son países vecinos y comparten una de las fronteras terrestres más extensas del mundo, de más de 4.000 kilómetros, que atraviesa regiones estratégicas de Asia central y del Extremo Oriente. La vecindad no es una opción ideológica, sino una condición permanente. Las fronteras no cambian con sanciones ni con cambios de gobierno, y Moscú y Pekín lo saben bien. En un contexto de inestabilidad global, garantizar una relación de vecindad estable se convierte en una prioridad estratégica de primer orden.
Esa vecindad, sin embargo, no ha estado exenta de conflictos. La ruptura sino-soviética de la segunda mitad del siglo XX marcó profundamente la relación entre ambos países. Las tensiones ideológicas y los enfrentamientos fronterizos deterioraron la confianza mutua y debilitaron a ambos actores en un momento crucial de la Guerra Fría. Aquella fractura fue aprovechada por EE.UU. para desplegar la estrategia de triangulación impulsada por Henry Kissinger, orientada a explotar la rivalidad entre Moscú y Pekín para reforzar su posición global.
Más allá del plano político, el 2025 consolidó la relación en términos materiales. El comercio bilateral entre Rusia y China alcanzó cifras récord.
Las consecuencias de esa división fueron claras: militarización de las fronteras, pérdida de margen estratégico y una mayor capacidad de intervención externa en el espacio euroasiático. El siglo XX dejó así una lección en Rusia y China: cuando los vecinos se enfrentan, el principal beneficiario suele ser un tercero.
Más allá del plano político, el 2025 consolidó la relación en términos materiales. El comercio bilateral entre Rusia y China alcanzó cifras récord, afianzando una tendencia que venía gestándose en años anteriores y que se aceleró tras la ruptura de los vínculos energéticos y comerciales entre Rusia y Europa. China se consolidó como principal socio comercial de Rusia, mientras que Moscú reforzó su papel como proveedor estratégico de energía para la potencia asiática, situando el ámbito energético en el centro de la relación bilateral.
Ese eje energético explica buena parte de la solidez alcanzada. A través del gasoducto 'Power of Siberia' (Fuerza de Siberia, en español), en funcionamiento desde 2019, Gazprom suministró en 2025 cerca de 38,8 bcm de gas a China, superando la capacidad contractual prevista e intensificando el flujo de recursos hacia Asia. Esta dinámica no solo refleja una reorientación estructural de los flujos energéticos rusos tras la pérdida del mercado europeo, sino que prepara el terreno para la siguiente fase de cooperación: el memorando firmado en septiembre de 2025 para construir el gasoducto 'Power of Siberia 2', que podría transportar hasta 50 bcm anuales a través de Mongolia. Lejos de aislar a Rusia, la política de sanciones occidentales aceleró su giro estratégico y fortaleció una interdependencia basada en infraestructuras, contratos a largo plazo y necesidades mutuas.
En paralelo, 2025 reforzó los marcos institucionales compartidos por ambos países. Los BRICS, ampliados y con mayor peso global tras la cumbre de Kazán, funcionaron como una plataforma de coordinación económica y política frente al orden internacional dominado por Occidente. A ello se suma el papel, menos visible pero clave, de la Organización de Cooperación de Shanghái, un espacio central para la seguridad y la estabilidad en Asia central que aporta continuidad y profundidad a la relación bilateral.
La consolidación del eje ruso-chino no pasó desapercibida para Occidente. EE.UU.y la OTAN dejaron claro que consideran a Rusia y China como sus principales adversarios estratégicos, aunque con enfoques diferenciados: Rusia es presentada como "amenaza" directa e inmediata; mientras que China es señalada como desafío sistémico a largo plazo. De ahí la coexistencia de dos estrategias: la confrontación abierta con ambas y, al mismo tiempo, el intento de separar a Moscú de Pekín mediante ofertas selectivas.
En este contexto reapareció, a lo largo de 2025, un viejo planteamiento bajo nuevas formas. En las propuestas de "plan de paz" para Ucrania impulsadas desde Washington circuló la idea de ofrecer a Rusia una "reintegración" en la economía occidental mediante el alivio gradual de sanciones. La lógica es clara: utilizar el acceso al mercado occidental como incentivo para distanciar a Moscú de Pekín. El problema es que este planteamiento llega tarde. Las sanciones y la ruptura forzada de los vínculos con Europa no solo cerraron puertas, sino que empujaron a Rusia a profundizar alianzas alternativas con una base material difícil de deshacer, como decíamos anteriormente.
La relación entre Rusia y China ha dejado de ser una variable táctica para convertirse en uno de los pilares del nuevo equilibrio internacional.
Desde este inicio de 2026, el escenario aparece más claro que hace apenas un año. La relación entre Rusia y China ha dejado de ser una variable táctica para convertirse en uno de los pilares del nuevo equilibrio internacional, no solo por su consolidación política y económica, sino porque cumple una función estratégica central: impide que una sola potencia dicte las reglas del sistema global.
No estamos ante una convergencia ideológica ni ante la reedición de un bloque homogéneo como en la Guerra Fría. Los sistemas económicos y políticos de Rusia y China son muy diferentes. La multipolaridad que emerge no se define por la oposición entre modelos antagónicos, sino por la crisis de un capitalismo internacionalizado que impuso durante décadas una lógica rígida de centro y periferia y que hoy muestra contradicciones cada vez más profundas. En ese contexto, la alianza ruso-china no actúa como proyecto ideológico exportable, sino como una estructura de contención. Precisamente por ello resulta legible —y en muchos casos útil— para otros países periféricos o semiperiféricos que enfrentan presiones similares. La multipolaridad no aparece así como una promesa abstracta, sino como una respuesta práctica a un sistema en descomposición. Y la consolidación del eje ruso-chino lo constatan.

