Los acontecimientos de Ceuta del pasado 30 de julio de 2026 han vuelto a situar las relaciones entre España y Marruecos en el centro del debate público. Como ocurre cada vez que aumenta la tensión entre ambos Estados, reaparecen relatos construidos alrededor de la "amenaza exterior", la "invasión", la "guerra híbrida" o el enfrentamiento entre dos intereses nacionales supuestamente homogéneos.
Son mensajes breves, sencillos, pero explican poco. Comprender esta relación exige reconstruir las condiciones históricas y materiales que la han forjado y la posición que ambos países ocupan dentro de un sistema internacional profundamente desigual.
Apenas 14,4 kilómetros separan las dos orillas del estrecho en su punto más angosto. Durante siglos fue un espacio de circulación de personas, mercancías, ejércitos, culturas y poderes políticos. Territorios de ambas orillas pertenecieron a espacios políticos comunes, mientras comerciantes, trabajadores, refugiados y poblaciones desplazadas circularon en ambas direcciones. Además, la frontera contemporánea responde a una historia mucho más reciente, estrechamente vinculada a la expansión colonial europea sobre África, cuyos efectos sobre las relaciones internacionales llegan a la actualidad.
Valor estratégico
Durante los siglos XIX y XX, Ceuta y Melilla adquirieron una importancia estratégica creciente como posiciones desde las que España proyectó su poder militar hacia el norte de África. El Protectorado mantuvo formalmente la autoridad del sultán y del Majzén mientras Francia y España ejercían el poder efectivo. La rebelión de Abd el-Krim y la República del Rif expresaron estas contradicciones: el líder rifeño se destacó en señalar a esas instituciones monárquicas profundamente subordinadas a las potencias europeas.
Durante los siglos XIX y XX, Ceuta y Melilla adquirieron una importancia estratégica creciente como posiciones desde las que España proyectó su poder militar hacia el norte de África.
La independencia de Marruecos en 1956 acabó con el Protectorado, aunque muchas de sus estructuras fueron reorganizadas dentro del nuevo Estado. La monarquía conservó una posición central y el Majzén articuló legitimidad histórica, control político y una estrecha relación con las potencias occidentales. La descolonización modificó las formas de dependencia sin eliminar la desigualdad entre Europa occidental y el norte de África.
La ocupación del Sáhara Occidental permite observar con especial claridad cómo se entrelazan la reproducción interna del régimen marroquí y su función internacional. La reivindicación del Gran Marruecos reforzó la legitimidad de la monarquía en un periodo de fuerte crisis interna y permitió incorporar el nacionalismo territorial al discurso del Estado. Al mismo tiempo, la confrontación con el Frente Polisario convirtió a Marruecos en una pieza útil para las potencias occidentales frente a los movimientos anticoloniales y revolucionarios del Magreb, especialmente frente a Argelia. El apoyo exterior contribuyó a sostener al Majzén y su estabilidad aumentó, a su vez, su valor estratégico para sus aliados.
Desde esta perspectiva se entienden mejor los sucesivos respaldos occidentales a las posiciones marroquíes sobre el Sáhara. Estados Unidos reconoció en 2020 la soberanía marroquí sobre el territorio y el Gobierno de Pedro Sánchez asumió en 2022 la propuesta de autonomía de Rabat como "la base más seria, realista y creíble" para resolver el conflicto. La estabilidad del Majzén y su papel regional han tenido durante décadas un valor estratégico para las potencias occidentales.
El capital español y europeo encuentra en Marruecos mano de obra más barata, capacidad productiva, mercados y condiciones favorables para sus cadenas de acumulación.
Para situar esta relación en un marco más amplio resulta útil recuperar a Samir Amin. El economista egipcio describió un imperialismo colectivo articulado en torno a la tríada formada por Estados Unidos, Europa occidental y central y Japón, dentro de un capitalismo mundial polarizado entre centros y periferias. Con todo, la participación común en estructuras económicas, financieras, políticas y militares que reproducen esa jerarquía no elimina las contradicciones entre sus integrantes.
Contradicciones coyunturales
España se integró plenamente en esas estructuras occidentales con su incorporación a la OTAN y a las Comunidades Europeas (CEE, UE), proceso acompañado posteriormente por una fuerte internacionalización de sus grandes capitales. Su posición respecto de Marruecos resulta bastante clara. España es su principal socio comercial individual y el intercambio bilateral supera los 22.500 millones de euros, con un superávit español superior a los 3.000 millones. La Unión Europea concentra, además, alrededor de un tercio del comercio exterior marroquí, mientras Marruecos representa una parte muy reducida del comercio exterior europeo.
La capacidad de Rabat para presionar y obtener concesiones debe entenderse dentro de esta relación desigual. El capital español y europeo encuentra en Marruecos mano de obra más barata, capacidad productiva, mercados y condiciones favorables para sus cadenas de acumulación. Las grandes empresas y la oligarquía españolas obtienen importantes beneficios de esta relación, mientras la dependencia marroquí respecto del espacio económico europeo es considerablemente mayor. Las presiones coyunturales del Majzén existen, pero convertirlas en una supuesta subordinación estructural de España frente a Marruecos invierte la relación material realmente existente.
Ceuta concentra buena parte de estas contradicciones. Su historia, su función fronteriza y su relación cotidiana con Marruecos convierten cualquier crisis local en una cuestión española, marroquí y europea. Los acontecimientos del 30 de julio deben comprenderse dentro de este entramado y no desde un presunto "choque de civilizaciones".
Tampoco conviene dejarse engañar por la escenificación periódica del conflicto. Las clases dominantes de España y Marruecos mantienen relaciones económicas, políticas y estratégicas permanentes y muy estrechas, aunque negocien, compitan y choquen cuando sus intereses divergen. Empresas, inversiones, cadenas productivas, acuerdos migratorios y cooperación institucional atraviesan diariamente el Estrecho. Las mismas élites que hoy elevan el tono patriótico mañana vuelven a negociar contratos, inversiones o fronteras.
El chovinismo enmascara precisamente esta realidad para convertir las contradicciones entre Estados en enfrentamientos entre pueblos, borrando las diferencias de clase existentes. Un trabajador de Cádiz tiene intereses materiales muy distintos de los de Amancio Ortega, como una profesora de Tetuán los tiene respecto al rey de Marruecos. Cuando estas diferencias se ocultan y se sustituyen por la "patria" o incluso la "civilización", terminamos tomando partido en una guerra que no es la nuestra.
En España esta confusión ha alcanzado incluso a sectores que se reivindican de izquierdas. Se habla de un supuesto eje «Estados Unidos-Israel-Marruecos» como si tres realidades con posiciones tan distintas dentro del sistema internacional pudieran reducirse a una misma categoría. La misma lógica ha llevado a reclamar la exclusión de Marruecos del Mundial de 2030 apenas unas semanas después de que buena parte del país celebrase una Copa del Mundo entregada a la selección española por Donald Trump.
Trump, Sánchez o cualquier otro gobernante son pasajeros; las estructuras económicas, militares y políticas dentro de las que actúan permanecen mucho más tiempo y explican incluso buena parte de sus contradicciones coyunturales. Marruecos puede mantener relaciones privilegiadas con Washington e Israel, presionar a España en determinados asuntos y continuar, al mismo tiempo, inserto de manera dependiente y neocolonial en un espacio económico dominado por el capital europeo y, de manera especial, por el español.
Las consecuencias de esta confusión desbordan además el terreno teórico y se trasladan hacia abajo en forma de xenofobia, hostilidad contra la población marroquí y migrante y crecimiento de una extrema derecha que encuentra terreno fértil cuando el conflicto entre ricos y pobres se sustituye por la construcción de un enemigo nacional, cultural o racial al que convertir en chivo expiatorio. Mientras trabajadores de ambas orillas son empujados a enfrentarse, quienes poseen empresas, inversiones y grandes patrimonios continúan haciendo negocios a través de una frontera mucho más permeable para el capital que para las personas.
Frente a una geopolítica grandilocuente que acumula expresiones como "guerra híbrida", "ejes" o "amenazas existenciales" sin aclarar las relaciones internacionales realmente existentes, conviene recuperar una vieja brújula del movimiento obrero: ¡Ni guerra entre pueblos, ni paz entre clases!
Porque mientras discutimos quién mueve cada ficha del tablero, las estructuras fundamentales permanecen inalteradas delante de nosotros. Que la pedantería de una geopolítica casposa no termine haciéndonos mirar el dedo cuando este señala a la luna.