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El reentierro del coronel Konovalets: la anti Ucrania y su cadáver

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El reentierro del coronel Konovalets: la anti Ucrania y su cadáver

A pleno mediodía del 23 de mayo de 1938, en el restaurante del hotel Atlanta, del puerto holandés de Rotterdam, el líder de la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN), Yevgueni Konovalets, que se escondía bajo el nombre de Josef Novack, se reunió con Pavlús Valukh, un joven activista de un grupo clandestino de su organización en la Ucrania soviética.

Se habían conocido hace años y conversaron sobre algo, durante unos 10 minutos. Al despedirse, el joven Pavlús le entregó a Konovalets una elegante cajita, que parecía de chocolates, y se marchó rápidamente. A los pocos minutos el tranquilo barrio de Rotterdam fue estremecido por una fuerte explosión. Konovalets murió al instante. Pavlús Valukh resultó ser Pável Sudoplatov, el legendario agente de la inteligencia soviética NKVD, que cumplió con la sentencia de muerte para uno de los más peligrosos enemigos de su patria.

La organización fue fundada en Viena en 1929 y buscaba crear un Estado independiente ucraniano, basado en la pureza étnica, un Gobierno autoritario, usando el terror como uno de sus métodos principales de lucha política.

Estaban formando una red clandestina en la Unión Soviética y Polonia para preparar una rebelión nacionalista. Konovalets veía a la Alemania nazi, que se preparaba para la Segunda Guerra Mundial, como una gran oportunidad para su proyecto, ya que el fascismo hitleriano tenía que destruir los Estados soviético y polaco, considerados por los nacionalistas ucranianos como sus peores enemigos. Lo que hermanaba a la OUN con el nazismo alemán era su anticomunismo y antisemitismo extremos y su lucha mortal contra el "judío bolchevismo".

Konovalets conocía a Adolf Hitler personalmente y estaba orgulloso de su relación con él.

Después del triunfo de Hitler en las elecciones en Alemania en 1933, Konovalets le escribió a otro destacado colaborador de los nazis, el metropolitano Andréi Sheptitsky, cabeza de la Iglesia greco-católica ucraniana: "Todo marcha bien. El feliz comienzo de 1933 creó las condiciones para que nuestra campaña de liberación gane más y más impulso cada día. El tiempo probó nuestra amistad y cooperación con los alemanes y, habiéndolo experimentado, demostró que, a pesar de las repetidas tentaciones de llevarse bien con los polacos, elegimos la única orientación correcta. […] A menudo, recuerdo el día en que escuché de Su Excelencia las palabras de que tarde o temprano los factores internacionales instruirán a los alemanes a destruir la Rusia bolchevique...'Los alemanes son los amigos más sinceros de Ucrania', me aconsejó usted entonces, 'es necesario buscar contacto y cooperación con ellos'. Las palabras de Su Excelencia fueron proféticas... Sí, Alemania, bajo el liderazgo de su führer Adolf Hitler se hizo cargo de esta misión frente a todo el mundo […] En esta preparación tenemos un papel importante que desempeñar".   

Después de la muerte de Yevgueni Konovalets, la OUN se dividió y estuvo bajo los mandos de Andréi Melnik y Stepán Bandera. Pese a unas leves discrepancias internas decorativas, ambos fueron fieles aliados de los nazis. Durante la Segunda Guerra Mundial, con la que soñaron tanto, fueron exactamente los nacionalistas ucranianos los que protagonizaron las peores masacres de civiles en Ucrania Occidental y Polonia.

Aparte de los varios pogromos contra la población judía en la región de Lvov y zonas aledañas durante la invasión nazi a la Unión Soviética, el crimen más conocido de la Organización de Nacionalistas Ucranianos y sus aliados del Ejército Rebelde Ucraniano (UPA) fue la masacre de Volinia de 1943-1944, en la región de Galitzia Oriental, al occidente de Ucrania, donde fueron asesinados entre 80 y 120.000 polacos civiles: hombres, mujeres, niños y viejos. Aparte de las limpiezas étnicas contra los polacos y judíos, sus "combatientes por Ucrania independiente" exterminaron a decenas de miles de judíos, ucranianos, rusos y a todos los que no comulgaban con su ideología fascista.

En una de las mayores masacres nazis en los barrancos de Kiev, conocida como Babi Yar, en tiempos de la ocupación de la capital ucraniana por los nazis entre 1941 y 1943, asesinaron a unas 100.000 personas en todo este periodo y solo entre el 29 y 30 de septiembre de 1942 a 33.771 judíos, siendo los verdugos más activos los nacionalistas ucranianos. 

Por eso es tan impresionante la iniciativa del Gobierno de Kiev, encabezado por Zelenski, "un presidente judío como prueba de que en Ucrania no hay nazis", de traer de vuelta a Ucrania los restos de sus nuevos "héroes" oficiales, los líderes de la OUN, para enterrarlos de nuevo con honores de Estado.

Al parecer, ya a nadie le incomoda que hubiesen peleado al lado de Hitler, que mataron no solo a militares rusos, sino también a civiles polacos, judíos y ucranianos.

Porque, al fin y al cabo, todos eran comunistas o soviéticos o simplemente un estorbo para su gran idea nacionalista. Hace unos pocos meses también habían llevado a Kiev los restos de Andréi Melnik, y ahora, los de Yevgueni Konovalets. Obviamente, pronto le tocará su oportunidad a su principal ídolo: Stepán Bandera, quien una vez prometió que "Nuestro poder será terrible para nuestros enemigos. Terror para enemigos extraños y para nuestros traidores".

El actual régimen de Kiev ya lo está cumpliendo. El garante del no nazismo en el Gobierno ucraniano, el judío Vladímir Zelenski querrá traer también de vuelta a Ucrania al colaborador más cercano de Bandera, Yaroslav Stetsko, quien el 30 de junio de 1941, solo ocho días después de la invasión alemana a la Unión Soviética, dijo: "Apoyo el exterminio de los judíos y considero conveniente utilizar los métodos alemanes de exterminio de la judeidad en Ucrania".

Ha sucedido lo peor que le puede pasar a un país: los peores enemigos de su pueblo les hicieron creer a las nuevas generaciones que son sus únicos salvadores.

Ucrania no solo se convierte en una anti Rusia, sino que se transformó también en una anti Ucrania, tratando solemnemente los cadáveres de sus verdugos, rindiéndoles honores en las plazas y en las calles liberadas de los monumentos a los soldados, que hace un poco más de ocho décadas liberaron estas tierras del fascismo. En un país que, durante la guerra, tan soñada por Konovalets y sus caníbales, murieron uno de cada cinco de sus habitantes.

Esto sucede hoy en el país que hasta hace poco se sentía orgulloso de su gran diversidad cultural, étnica, lingüística y humana.

Los muertos traídos en cajones desde los cementerios europeos vuelven a gobernar Ucrania.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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