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El pulso entre la diplomacia y el atizado autoritarismo de EE.UU. muestra las costuras de una Cumbre de las Américas en ciernes

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Las pugnas en torno a la reunión continental ponen en entredicho el tema central del evento: 'Construyendo un futuro sostenible, resiliente y equitativo'.
El pulso entre la diplomacia y el atizado autoritarismo de EE.UU. muestra las costuras de una Cumbre de las Américas en ciernes

Los días previos a la Cumbre de las Américas, un encuentro diplomático que supone la presencia de todos los países del continente, mostraron el pulso entre los gobiernos que defienden la diplomacia y el respeto a su soberanía y los que aún se arropan bajo los intereses hegemónicos de EE.UU. sobre la región.

Entre el 6 y 10 de junio, EE.UU. acogerá en Los Ángeles (California), el noveno encuentro continental que tuvo su primera edición en 1994, cuando se efectuó en Miami (Florida). Para este año, Washington ha propuesto "desarrollar una visión compartida" en torno al tema de la reunión, 'Construyendo un futuro sostenible, resiliente y equitativo', en la que "los gobiernos, la sociedad civil y el sector privado" abordarán temas como la migración irregular, considerada como "un asunto particularmente grave", y otros puntos relacionados como:

  • La falta de oportunidades económicas.
  • La generación de empleos.
  • La recuperación económica.
  • La inversión del sector privado.
  • La democracia y "los gobiernos represivos".
  • La inseguridad.
  • Las "emergencias climáticas".
  • Los mecanismos de negociación multilateral.
  • Y el libre mercado.

Pero en esta oportunidad, y por decisión del anfitrión, Cuba, Nicaragua y Venezuela, tachados por la Casa Blanca como gobiernos que "no cumplen con los estándares democráticos", fueron excluidos del evento. La medida, rechazada y ampliamente criticada por los gobiernos apartados, indignó a otros Estados que se manifestaron contra el viso de autoritarismo mostrado por la administración de Joe Biden.

A finales de mayo, el coordinador de la cumbre, Kevin O'Reilly, señaló que "de ninguna manera" se extendería la invitación a los presidentes de Venezuela y Nicaragua; y con respecto a Cuba, aclaró que todavía no tenían una postura concreta.

La tajante decisión de la administración Biden de hacer una cumbre continental sin la presencia de varios Estados parte, ha marcado el pulso de lo que podría ser una de las citas de alto nivel más polémicas de los últimos años y que, según analistas, ha puesto en juego la influencia de EE.UU. en el continente, sobre todo ante la apertura de este a otras potencias como Rusia, China e India.

¿Una cumbre de amigos?

Una de las voces latinoamericanas que se ha manifestado contra la postura de Washington ha sido la del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, quien ha cuestionado la decisión en distintas intervenciones públicas y ha recalcado que "si no se invita a todos", no asistirá.

A finales de abril, López Obrador mantuvo una conversación telefónica con Biden y le planteó que no excluyera a ningún país y que tenía "que cambiar la política", pues no se ganaba nada dividiendo.

Tras mantenerse la negativa de la Casa Blanca, el presidente mexicano radicalizó su discurso y cuestionó la finalidad del evento. "¿Va ser Cumbre de las Américas o va a ser cumbre de los amigos de América?", dijo, y a partir de ahí puso su eventual participación en manos de EE.UU.

"Vamos a esperar que formalmente nos respondan y a partir de ahí vamos a tomar una decisión. No se trata de confrontarnos", señaló el mandatario mexicano, quien pidió "reconciliación" y no aceptar "los chantajes de grupos de intereses" que limitan "el bienestar" y las "libertades", pues de ser así, siempre tendrán "la fuerza para someter", incluso, a las autoridades.

La respuesta de EE.UU. no ha sido tan clara como ha pedido el presidente mexicano. El jueves previo a la cita, el director del Consejo de Seguridad para el Hemisferio Occidental, Juan González, aseguró a la agencia AP que Biden "personalmente quiere" que López Obrador esté en la cumbre.

Pero días antes, López Obrador insistió en su postura con respecto al encuentro: "Si se invita a todos los presidentes, yo voy a asistir a la cumbre; si no se invita a todos los países, va a asistir en representación del Gobierno el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard".  

Los países excluidos

Uno de los primeros en denunciar la decisión de EE.UU. de excluir a varios países fue Cuba. En abril pasado, el canciller Bruno Rodríguez advirtió que Washington preparaba una cumbre "limitada y excluyente" y que el Gobierno de Biden se encontraba "sometido a presiones de sectores extremos" para tomar esa decisión.

A finales de mayo, cuando las tensiones se habían intensificado, el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, dijo que EE.UU. decidió "desde un inicio" que la cumbre "no fuera inclusiva" y ejerció "brutales presiones" para "desmovilizar" los reclamos de "la mayoría de los países de la región" por un encuentro donde estuvieran todos. Además, aclaró que no asistiría "en ningún caso".

Por su parte, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, consideró que será "la cumbre de la protesta contra la exclusión del imperialismo" y aseguró que aunque EE.UU. pretenda callarlos en el evento, "la voz de Venezuela, la voz de Cuba y la voz de Nicaragua llegará a Los Ángeles".

"Allí estaremos con nuestra verdad, nosotros tenemos nuestros trucos, no voy a revelar ningún secreto, pero de que estaremos, estaremos", dijo el presidente venezolano, que calificó la medida de Washington como "totalmente injustificada".

Reclamos a Washington y una ausencia particular

A los reclamos también se han sumado otros presidentes latinoamericanos y caribeños. El boliviano Luis Arce, la hondureña Xiomara Castro y el primer ministro de San Vicente y las Granadinas, Ralph Gonsalves, señalaron que su presencia en la cumbre estará condicionada a la inclusión de Cuba, Nicaragua y Venezuela en el evento.

Además, Gonsalves informó que algunos países de la Comunidad del Caribe (Caricom) han decidido ir con sus "niveles más bajos" de representación, e incluso otros "no van a asistir en absoluto".

Por su parte, Chile, que confirmó la asistencia del presidente Gabriel Boric, opinó a través de la canciller, Antonia Urrejola, que estaban contra la exclusión de países como Cuba o Venezuela, porque "el dejar de dialogar, no ha producido ningún resultado".

En medio de la controversia, los jefes de Estado y de Gobierno del bloque de países del ALBA-TCP (Antigua y Barbuda, Bolivia, Cuba, Dominica, Granada, Nicaragua, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, y Venezuela) repudiaron en su última cumbre "las exclusiones y trato discriminatorio" en torno a la cita de Los Ángeles y señalaron que la medida de EE.UU. es "arbitraria, ideológica" y está "políticamente motivada".

Otro mandatario que fijo posición en medio de la pugna fue el argentino, Alberto Fernández, quien a inicios de mayo dijo que aunque tenía pensado asistir a la cumbre, pedía a sus organizadores invitar a "todos los países de América Latina". De hecho, su asistencia fue confirmada tras una conversación telefónica con Biden, en la que además acordó una reunión bilateral para el 25 de julio en Washington, detalló Télam.

Un caso particular es el del presidente de Guatemala, Alejandro Giammattei, quien dijo que no iría a la cita, en rechazo a la reacción de Washington tras la ratificación en el cargo de fiscal general de Consuelo Porras, señalada por el Departamento de Estado en una lista de "agentes corruptos".

¿EE.UU. previno el impacto?

Ryan Berg, experto en América Latina en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, un think tank de Washington, dijo a Los Ángeles Times que EE.UU. perdió la oportunidad de "reparar las relaciones dañadas" con sus vecinos y, en cambio, puso a la cumbre "en crisis", al provocar que varios líderes del continente tengan la posibilidad de "desertar" del evento, al argumentar que "no se pierden de nada".

Sin embargo, desde inicios de abril, Biden comenzó a mover sus piezas para atajar las pugnas que desató su decisión previa a la cumbre. Para ello designó al exsenador estadounidense Christopher Dodd y a la exrepresentante estadounidense Debbie Mucarsel-Powell, de Florida, como asesores especiales para el evento.

Dodd fue miembro y presidente del Subcomité de Relaciones Exteriores del Senado para el Hemisferio Occidental durante más de tres décadas y colaboró "estrechamente" con Biden en el Comité de Relaciones Exteriores del Senado durante más de 28 años, informó la Casa Blanca.

Desde su nombramiento, Dodd se dedicó a gestionar encuentros con los mandatarios latinoamericanos, a fin de confirmar sus asistencias en la cumbre. Una de sus primeras visitas fue México, donde no logró mayores cambios. Luego viajó a Brasil y Uruguay, donde se encontró con los mandatarios Jair Bolsonaro y Luis Lacalle Pou, quienes confirmaron su presencia en Los Ángeles.

Entre tanto, la congresista Mucarsel-Powell fue destacada por la Casa Blanca como "una de las principales voces" que ha promovido el Estatus de Protección Temporal en EE.UU., así como "ayuda humanitaria y de otro tipo" para "el pueblo venezolano y a los países vecinos".

Para EE.UU., que ha tratado de recoger los escombros de sus acciones bajo la alfombra, la cumbre de este año "desempeñará un papel central en la configuración del futuro de las Américas en un momento crítico". Además, asegura que el evento servirá para "trabajar juntos en el fortalecimiento" de las democracias, "la construcción de economías más prósperas e inclusivas, y la mejor protección de los derechos humanos, la salud, la dignidad y la seguridad".

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