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Miedo a perder la impunidad: Cuando ser cómplice de crímenes de guerra ya no sale gratis

Publicado: 6 dic 2018 11:49 GMT | Última actualización: 6 dic 2018 11:50 GMT

En mayo de 2012, la Corte Internacional de Justicia de La Haya condenó al entonces presidente de Liberia Charles Taylor a 50 años de prisión por instigar y ayudar a cometer crímenes de guerra en la guerra civil de Sierra Leona de 1991 a 2002.

La Haya ya había condenado antes por delitos de instigación tanto en los juicios de Nüremberg en 1945 como en las guerras de Yugoslavia en casos como el de Vojislav Seselj, por ejemplo. Instigar la guerra y crímenes durante la misma es un delito que recoge el Acuerdo de Londres. El Derecho Internacional basado en el Estatuto de Roma, además, hace que sea posible ser juzgado simplemente por saber que el apoyo dado puede provocar un crimen.

Ser cómplice de crímenes de guerra ya no sale gratis, y el temor a las consecuencias ha llegado a algunos de los más altos cargos de Estados Unidos, que empiezan a replantearse su papel en Yemen.

Alberto Rodríguez García, periodista especializado en Oriente Medio, propaganda y terrorismo.
Si Charles Taylor fue condenado por ayudar a los rebeldes de Sierra Leona a violar los Derechos Humanos, los norteamericanos están involucrados de lleno en algunos de los crímenes más salvajes de Arabia Saudí en Yemen Alberto Rodríguez García, periodista especializado en Oriente Medio, propaganda y terrorismo.

El pasado 28 de diciembre, el Senado de Estados Unidos votó a favor de dejar de apoyar a Arabia Saudí en la guerra de Yemen. La votación, un golpe a las políticas del Gabinete de Trump y su secretario de Estado, Mike Pompeo, gana especial relevancia cuando comprobamos que ha roto con el 'voto partisano'. Aunque fueron los demócratas Sanders, Murphy y Lee quienes llevaron a votación en el Senado la propuesta, 14 senadores republicanos decidieron apoyarla y sacarla adelante con una mayoría de 63 votos a favor frente a 37 en contra.

De entre los senadores republicanos que han decidido seguir adelante con la colaboración, sin embargo, la mayoría de parlamentarios quiere que se tomen medidas -aunque sean más mediáticas que tangibles- contra el príncipe heredero saudí Mohamed bin Salmán.

En Estados Unidos hay incomodidad, y excepto los más allegados a Trump, todos quieren lavar su imagen desmarcándose de los crímenes de Arabia Saudí, los cuales ya se ha pedido investigar desde diversos organismos internacionales, incluida la ONU.

Si Charles Taylor fue condenado por ayudar a los rebeldes de Sierra Leona a violar los Derechos Humanos, los norteamericanos están involucrados de lleno en algunos de los crímenes más salvajes de Arabia Saudí en Yemen. Y es que Riad ha provocado la mayor crisis humanitaria de la actualidad gracias al apoyo que le han estado brindando.

Las cifras son abrumadoras. Naciones Unidas dejó de contar las muertes de la guerra cuando estas llegaron a 10.000 el primer año.  Dos tercios eran civiles.

Según el proyecto de recopilación de datos de conflictos armados ACLED, desde que Naciones Unidas dejase de contabilizar bajas, al menos otras 57.000 personas han perdido la vida en enfrentamientos y bombardeos. Save the Children alerta de que 85.000 niños han muerto de inanición entre abril de 2015 y octubre de 2018, y la crisis humanitaria es tal que 1,1 millones de yemeníes padecen de cólera y 22 millones (el 75 % de la población) están en riesgo humanitario.

Pero más preocupante son los crímenes cometidos por Arabia Saudí de forma directa y premeditada, como el bombardeo de un funeral en Saná el 8 de octubre de 2016. Murieron 140 personas y otras 600 resultaron heridas. El entonces secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, llegó a pedir que se investigase el ataque por crímenes de guerra. Según Human Rights Watch, el bombardeo se realizó con bombas inteligentes de fabricación estadounidense.

El mismo patrón se volvió a repetir en agosto de 2018, cuando la Coalición liderada por Arabia Saudí asesinó a 40 niños que viajaban en un bus escolar. El ataque se realizó con un misil inteligente dirigido por láser de la multinacional estadounidense Lockheed Martin.

Lo que en su momento podría haberse disimulado o barrido bajo la alfombra, se convierte en un problema cuando Mohamed bin Salmán, el artífice de la intervención saudí en Yemen, está involucrado de lleno en el caso Khashoggi, uno de los asesinatos más mediáticos de los últimos tiempos.

La presión de los medios que piden investigar los crímenes de Arabia Saudí en Yemen es cada vez mayor, y puede afectar directamente a la diplomacia estadounidense. La Casa Blanca mantiene que solo interviene en Yemen dando ayuda logística de inteligencia y de repostaje a los saudíes. Sin embargo, el New York Times destapó que desde diciembre de 2017, hay al menos una docena de boinas verdes (soldados de élite del Ejército estadounidense) en la frontera de Arabia Saudí con Yemen ayudando a la Coalición a localizar y bombardear objetivos. Se trata de una guerra secreta que EE.UU. no reconoce, pero que sirve para acusarlos por complicidad.

Tampoco ayuda que la Coalición saudí que apoya Estados Unidos esté ligada a la financiación de Al Qaeda en la península arábiga. Associated Press ya explicó cómo la Coalición pagaba al grupo yihadista para que se retirase de ciudades importantes, y cómo en ocasiones también reclutaba a sus combatientes. Tal es el cinismo de los saudíes y el Departamento de Estado de los EE.UU. que no dudan en reconocer que acabar con los hutíes es más importante que acabar con la mayor sección de Al Qaeda en toda la península arábiga.

Saleh Hassan al Faqeh sostiene la mano de su hija de cuatro meses Hajar, quien murió de desnutrición en el hospital Al Sabeen en Saná, Yemen, 15 de noviembre de 2018. / Mohamed al-Sayaghi / Reuters

La comunidad internacional está cansada de la impunidad de un régimen que Trump se ha empeñado en blindar. Donald Trump no quiere que la directora de la CIA, Gina Haspel, haga declaraciones en el Senado respecto al caso Khashoggi porque sabe que tendría que señalar a Mohamed bin Salmán como uno de los responsables en el mejor de los casos, y como el artífice en el peor. Todo ello, después de que el presidente estadounidense haya reafirmado su apoyo y confianza en el príncipe heredero.

Cuando hablamos de Arabia Saudí, hablamos de un régimen dominado por el miedo y la paranoia constante. Una monarquía impulsiva y violenta que fomenta el integrismo islámico más radical.Sus pozos petroleros han hecho que a los Saúd se les perdone todo. Durante años han masacrado a su población, se han convertido en una fábrica de yihadistas y, ahora, se dedican a llevar el terror a Yemen.

La Casa Blanca justifica su apoyo a los saudíes apelando a una supuesta guerra contra Irán en Yemen, pero se trata de un argumento que se desmorona por su propio peso.

Es un hecho que los hutíes han forjado una alianza importante con Teherán, pero más por motivos políticos que ideológicos/religiosos. Basta mirar los datos para comprobar que los iraníes no han invertido en Yemen ni una mínima parte de lo que han invertido en Siria, Líbano o Palestina.

Apoyar a los saudíes en Yemen es apoyar al Gobierno de Mansour Hadi, un presidente que vive en Riad (Arabia Saudí) y que el poco poder que tiene lo ha logrado gracias al apoyo de los integristas ligados a los Hermanos Musulmanes de Al Islah.

Alberto Rodríguez García, periodista especializado en Oriente Medio, propaganda y terrorismo.
La guerra de Yemen es una guerra que los saudíes no pueden ganar. Lo saben, y su única estrategia es seguir machacando el país para evitar que aliados de Irán puedan controlar el golfo de Adén. Alberto Rodríguez García, periodista especializado en Oriente Medio, propaganda y terrorismo.

Mansour Hadi representa unas ideas que no son autóctonas de Yemen. Tampoco tiene base social para gobernar siquiera la ciudad de Adén, y sin el apoyo saudí su influencia desaparecería por completo. Del mismo modo, los saudíes, sin el apoyo y armamento norteamericano, no podrían seguir por mucho tiempo manteniendo el Gobierno de Hadi.

Los hutíes de Ansar Allah, sin embargo, no buscan instaurar modelos importados del exterior, como intentan vender los que hablan de ‘proxies de Irán’. Ansar Allah son los herederos ideológicos del reino zaidí Mutawakkite de Yemen. Tienen un modelo político y social propio adaptado a la realidad tribal del país. Y lo más importante: sin Irán, podrían seguir gobernando en su territorio.

La guerra de Yemen es una guerra que los saudíes no pueden ganar. Lo saben, y su única estrategia es seguir machacando el país para evitar que aliados de Irán puedan controlar el golfo de Adén. Los saudíes actúan de forma desesperada, apostando por el "o todo o nada" y despreciando tanto la vida de los mercenarios sudaneses que combaten a su servicio como la vida de los civiles yemeníes.

En Estados Unidos hay quienes están empezando a verlo, y quienes piensan que es absurda la estrategia ultrabeligerante del Gabinete Trump contra Irán. La muerte de Jamal Khashoggi puso en el punto de mira a Arabia Saudí y sacó los trapos sucios de sus aliados. La muerte de Jamal Khashoggi ha hecho que algunos empiecen a tener miedo de perder su impunidad.

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