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Por qué al Gobierno de México le urge desmovilizar a la sociedad

Publicado: 2 oct 2017 02:35 GMT

En plena emergencia nacional por el sismo del pasado 19 de septiembre —que se ha cobrado la vida de al menos 343 personas—, el Gobierno mexicano apostó por desmovilizar a la gente.

Por qué al Gobierno de México le urge desmovilizar a la sociedad
Los mexicanos hacen cola para recibir donaciones
Henry Romero / Reuters
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Abiertamente, el presidente Enrique Peña Nieto pidió regresar a la normalidad. Una normalidad a todas luces inexistente: a nueve días del temblor, una veintena de víctimas se encuentra bajo los escombros; miles de damnificados carecen de lo más básico (techo, alimentación, vestimenta); las comunicaciones aún funcionan de forma intermitente y el dolor colectivo no cesa.

Pero esto evidentemente no es desconocido por Peña Nieto y su gabinete. Entonces, cabe preguntarse: ¿por qué, si no hay condiciones para la normalidad, al mandatario mexicano le urge tanto que la población vuelva al trabajo, a la escuela, a la cotidianidad?

La respuesta, sin duda, tiene que ver con lo que más asusta a los políticos: el pueblo organizado. Es cierto, en la emergencia se ha tratado más de un tema de solidaridad que de real organización, pero por algo se empieza.

Centralizando la ayuda

En la Ciudad de México, la urbe más grande del país y una de las áreas más afectadas por el sismo de magnitud 7,1, pocas veces se ve tanta participación comunitaria. Y esta puede ser la chispa que haga arder el descontento social largamente adormilado.

Cinco días bastaron de esa reacción colectiva para que Peña Nieto empezara a pedir a la gente que dejara atrás el dolor y se enfocara en la reconstrucción. Al tiempo, autoridades (incluidos los militares) comenzaron a apropiarse de las herramientas donadas para los rescates y a 'centralizar' la ayuda de la sociedad.

La Universidad Nacional Autónoma de México llamó a su comunidad, no a trabajar por las víctimas, sino a regresar a la vida académica, a pesar de que algunos estudiantes y profesores forman parte de la larga lista de damnificados.

Empresas se sumaron a la campaña pro normalidad y obligaron a sus empleados a trabajar, incluso en inmuebles dañados. Y empezó una campaña de desprestigio contra las redes sociales por los rumores dañinos.

El activismo molesta

Para el 25 de septiembre, la rebeldía seguía en el aire: en las facultades y escuelas de la UNAM, estudiantes votaban por no reanudar las clases y continuar con la ayuda a las víctimas. Pero los pasos para desmovilizar eran claros.

Ejemplo de ello fue el centro de acopio del Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria, donde el flujo de donaciones cayó dramáticamente. Para el 28, la autoridad universitaria ya lo había desmantelado.

Peña Nieto no solo erró en la atención de la crisis, también en calcular la masiva solidaridad y el resentimiento social que se ha gestado en décadas de abusos. Por eso, el pueblo que actúa al margen del Gobierno se convierte en asunto de seguridad nacional.

Finalmente, mientras crece la exigencia popular para que los responsables de esta tragedia paguen, los políticos peligran.

 

Nancy Flores

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