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Cómo ser feliz tras sobrevivir al nazismo y la dictadura argentina

Publicado: 27 jun 2017 00:37 GMT | Última actualización: 28 jun 2017 16:34 GMT

Sobrevivió a los campos de concentración nazis, después viajó a Argentina para formar una familia con su esposo, a quien conoció en un gueto de Polonia, pero la dictadura militar sudamericana les desapareció un hijo en 1977. Su nombre es Sara Rus, tiene 90 años y, a pesar de todo, aún sonríe. En una entrevista exclusiva con RT contó parte de su increíble historia.

Cómo ser feliz tras sobrevivir al nazismo y la dictadura argentina
Leandro Lutzky
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"Soy una feliz madre, abuela y muy feliz bisabuela. La felicidad está en que, después de sufrir tanto con cosas que no se pueden ni describir, la vida me devolvió mucho". Así fueron sus primeras palabras, contra todos los pronósticos, en un reportaje que tuvo más risas que lágrimas. En una fría noche de Buenos Aires, la protagonista atendió con calidez inquietudes periodísticas durante cuatro horas, relatando con exactitud la cronología de su vida, mientras servía masitas y mostraba orgullosa fotos de sus familiares.

Antes de comenzar, aclaró: "No tengo la expresión de tristeza y malestar, trato de llevar todo lo mejor posible. Cuando no esté, me gustaría que recuerden que pude hacer algo en la vida, con eso me conformo. Lo fundamental es recordar: no deben olvidar lo que pasó, por los jóvenes y las generaciones futuras, que son lo más importante. Hay que seguir contando para mantener la memoria". Sosteniendo esa premisa, empezó a relatar su vida de película, repleta de enseñanzas.

Sara Rus muestra una imagen de su familia en una tableta / Leandro Lutzky

Sara Rus nació y creció en Lodz (Polonia), donde tuvo una infancia alegre. Su familia era de clase media, el papá tenía un taller de costura y la madre era "ama de casa", todo en el mismo inmueble. "La ciudad era hermosa cuando yo vivía ahí, un lugar muy importante. Antes de la guerra era conocida por las mejores telas. Tenía mucho verde, vivíamos en el centro", recordó con nostalgia. Sin embargo, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Sara conoció el terror en primera persona. Entonces tenía 12 años, recién comenzaba la escuela primaria y soñaba con tener un hermano, pero su mamá no lograba concebir.

Invasión nazi

"Finalmente, en el 39 mi madre quedó embarazada, pero no fue un feliz acontecimiento porque ese año entraron los alemanes a Polonia", destacó, y sumó detalles de aquel momento inolvidable: "Me acuerdo que llegaron a Lodz como si fuesen los dueños de la ciudad, sin ninguna resistencia". Sobre la actitud de los ciudadanos que no se vieron tan perjudicados por la persecución racial, expresó que "el pueblo polaco no lo tomó con alegría, pero no les importaba demasiado que se tratara mal a los judíos". Al respecto, recordó las primeras humillaciones perpetradas por los nazis recién arribados al país: "Era terrible la diferencia que hacían con nosotros. Teníamos que andar con la estrella de David amarilla en la espalda, adelante y en un brazalete del brazo, no podíamos salir a la calle sin ella. Teníamos prohibido andar por las veredas, los judíos debíamos caminar por la calle junto a los caballos y los coches".

Sara Rus en una radio de Berlín, después de la guerra / Leandro Lutzky

Al cabo de unos días, la protagonista tuvo su primer cara a cara con un nazi y fue traumático, aunque lo peor vendría más tarde: "Mis padres me compraron un violín y estaba aprendiendo a tocar. Un día, aparecen los alemanes en casa, mi regalo estaba en la mesa. '¿Quién toca el violín acá?', pregunta el nazi en alemán. Yo entendía porque en la escuela me enseñaron el idioma. Mi mamá, contenta, respondió que yo estaba practicando. '¡Ah!, así que te gusta el violín', y el nazi lo agarra y destroza de un golpe en la mesa", contó Rus. Los restos del instrumento hecho añicos son el símbolo de una adolescencia inexistente que recién debía comenzar.

El nazismo también logró impartir el estigma hacia los judíos en el resto de la sociedad. Así, la familia de Sara sufrió agresiones incluso de sus propios vecinos: "A los polacos no les gustó nada que fueran a invadir su país, no querían a los alemanes, pero nosotros empezamos a sufrir terriblemente, hasta por los mismos clientes que tenía mi papá. Se sentían más importantes. Algunos, directamente vinieron a robar en nuestra casa, telas y pieles. Ya los conocíamos, eran nuestros amigos o eso parecía. No sé cómo decirlo, pero tenés un enemigo en tu casa sin saberlo".

Sobre el contexto fascista internacional, añadió: "Mis padres sabían, escuchaban lo que les hacían a los judíos en Alemania desde 1933 y después, con la Noche de los Cristales Rotos —del 9 al 10 de noviembre de 1938—, incluso varios familiares escaparon y creyeron que estarían a salvo con nosotros, en Polonia. A todos ellos, lamentablemente, los mataron en guetos y campos de concentración".

Amar bajo alambres de púas

"Tenía 13 años, en 1940 nos trasladan al gueto —barrio donde encerraban a miles de judíos— ubicado en los suburbios de Lodz. Ahí nació mi hermanito. Ya se organizaban muchas fábricas de diferentes oficios, puestos de ventas y entrega de verduras, algunos comedores donde daban sopas o cosas por el estilo", contó. También detalló: "El gueto era un mundo aparte, todo vigilado por los nazis, había un uniformado cada pocos metros. Alrededor tenía alambres de púas. De nuestro gueto nadie se pudo escapar, no teníamos una salida subterránea, como en Varsovia". El día a día se hacía difícil y la tragedia cada vez más presente: "Lamentablemente, desde el principio sentimos la falta de comida y mi madre prácticamente no tuvo leche para darle a su bebé. Había lugares donde supuestamente les regalaban leche a las mujeres embarazadas. Yo tenía casi 14 años, me ponía en estas filas con un jarrito vacío, pero me echaron. Mi hermanito vivió tres meses nada más. Murió de hambre y desnutrición".

A partir de allí, la salud de su mamá empeoró tanto que no podía trabajar. Las tareas se pagaban con cupones, que luego eran canjeados por escasas raciones de alimento. Sara se desempeñaba en una fábrica de sombreros, destinada a las cabezas de niños alemanes con un presente más próspero que el suyo. "Tenía un cargo de bastante responsabilidad porque ya manejaba las máquinas de coser. Además, en mi casa hacía trabajos de más, que entregaba como si hubiesen sido hechos por mi madre, para conseguir cupones en nombre de ella. Eso era un poco más de comida", resaltó. Por otro lado, a pesar de la barbarie, siempre destacó lo positivo de las duras experiencias: "En el gueto vivíamos los tres en un solo ambiente, porque no entraban tantos judíos. Pero juntos estábamos bien. También tenía a mis amiguitas".

Y lo que parecía ser solamente una película de terror, también encontró el romance: "Un día mi padre sale a la vereda y encuentra un muchacho que nunca había visto, se ponen a charlar y lo invita a la casa. Nos miramos, yo tenía 14 años y el 25. Mucha diferencia, ¿no? Bernardo era un lindo muchacho, muy habilidoso, pintaba y escribía bien, hablando parecía inteligente. Pasó un año, ya había cumplido 15, nos dimos cuenta sin decirlo que nos queríamos. Me enamoré". Sara, por su parte "tenía el pelo muy largo con trenzas atadas alrededor de la cabeza; era muy delgada, pero bonita", y añadió: "Una linda chiquita, aunque me sentía grande ya". Trabajar en la fábrica y ver la muerte pasar tan cerca la obligaron a madurar de golpe.

Sara Rus enseña su pañuelo de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. A la derecha, una foto de su hijo Daniel, desaparecido en la última dictadura militar argentina. / Leandro Lutzky

Un día, en medio de estas charlas hogareñas, el joven preguntó: "Si termina la guerra, ¿a dónde irían ustedes?". Al instante, la madre de Sara recordó que tenían familiares en Argentina y, desde ese entonces, lograr un futuro más prometedor en Buenos Aires se volvió una meta. "Del país sabía que era un lugar joven, con mucho porvenir", le dijo Rus a RT. Sin embargo, para lograrlo había que sortear uno de los peores y más macabros obstáculos diseñados por la mente humana.

"Llega 1944, ya habían sacado a mucha gente, los mandaban a campos de trabajo en Polonia y Alemania. En Lodz quitaban a muchos niños de sus padres, era terrible. Sacaban hasta los bebés y se los llevaban en camiones. Así comenzaron las selecciones en el gueto. Llegó el momento en que nos sacaron de la casa, yo ya venía saliendo con este chico. Agarré una mochilita que yo misma me cosí y guardé algunas cosas. Nos llevaron a la estación de trenes, con mi mamá, papá, los vecinos y mucha gente más. Entramos a los vagones, apretujados, pero no nos decían nada. Desconocíamos a dónde íbamos. No sabíamos que había otras cosas, como un campo de exterminio", relató, aún sorprendida.


"Obvio que los militares sacaron muchas cosas de los nazis, pero las torturas de la dictadura eran peores, porque estaban más personalizadas".
Sara Rus

Sara todavía recuerda algunos detalles de aquellos viajes en trenes fantasmas, cuyos pasajeros estaban sentenciados a una muerte casi segura: "En el medio pusieron un balde, para las necesidades básicas. Y llegamos a Auschwitz, de ahí nos llevaron a Birkenau, son unos kilómetros más. Directamente es un campo de exterminio, a diferencia de Auschwitz, donde a quienes bajaban les daban trajes a rayas para hacer trabajos. A nosotros, nos mandaban a exterminar, pero no sabíamos nada".

La unión hace la fuerza

"Nos dijeron que bajemos y tiremos nuestras cosas. Guardé un anillo en mi boca, pero mi madre me retó: '¡escupilo!'. Esa fue la última vez que vi a mi papá, cuando bajamos separaban a los hombres de las mujeres y nunca más volví a saber de él. Un comando judío nos daba indicaciones en la plaza central —práctica habitual impuesta por los jerarcas para causar resentimiento y crispaciones entre las propias víctimas— y empezó la selección.

Un nazi dividía a las personas en dos sectores, los más jóvenes y mejores predispuestos a trabajar iban hacia la derecha, a la izquierda mandaban a los más delgados y de mal aspecto, pero también a mi madre. Quedé sola. Tenía casi 17 años pero parecía de 13, era muy delgadita. Me acerqué al alemán, un tipo que te asustaba con solo mirarte, y me gritó: '¡¿Cómo te atreves a venir acá frente mío!?' Y yo le contesté, en alemán: 'Vos me sacaste a mi mamá'. El nazi, sorprendido, preguntó: '¿Cómo es que hablas alemán? '. 'En mi casa todos hablan alemán', dije yo. Entonces me dejó ir a buscarla y ponerla del lado derecho. Esa fue mi primera salvada", expresó. Aunque no sería la primera vez que las agallas juveniles lograron algo que parecía imposible, como vivir.

En Birkenau las desnudaron, revisaron y les dieron vestimenta que no coincidía con sus talles, como a otras miles de mujeres. Tener un piojo podía costar la vida. "Nos daban de comer una miseria, agua con un poco de verdura para diez personas", contó Rus. Continuaron las tan temibles selecciones y sus compañeras del campo iban desapareciendo: "No sabíamos nada de lo que pasaba con esa gente, nadie nos decía nada. Eran elegidas al azar porque estaban en la fila de adelante. Les tocó a ellas, nada más. No les importaba ni tu cara en ese momento". Para ese entonces, terminar en una letal cámara de gas o un horno era cuestión de suerte, pero ella no había escuchado nada sobre ello. Todo era un gran misterio.

Sara Rus muestra una foto de su esposo, a quien conoció en el gueto de Lodz, Polonia / Leandro Lutzky

Meses más tarde, junto a mil mujeres fueron llevadas en tren a una fábrica de aviones llamada Fraga en Freiberg (Alemania). Allí sufrió un fuerte corte al caerse sobre un riel y perdió mucha sangre. Tras ser atendida en la enfermería, fue interceptada por el director del lugar: "Lo hiciste muy bien, ¿te creés que no vas a trabajar?", vociferó. Pero Sara replicó: "Es verdad, lo hice a propósito, pero no sabía que iba a perder tanta sangre". Frente a esta ironía, el nazi se retiró de la escena dando un violento portazo. Todas sus compañeras creyeron que la matarían en ese instante; sin embargo, una hora más tarde se acercó una enferma: "El director te manda esto para que te repongas", dijo, y le dejó un sándwich. El coraje volvía a dar buenos resultados.

Como no podía hacer trabajos forzados, la enviaron a pelar papas y esa fue una gran oportunidad para contrabandearlas. Sara robaba patatas entre sus prendas para dárselas a sus compañeras, que las recibían como si fuesen lingotes de oro: "Su agradecimiento era enorme, mirá la importancia que tenía comerse una papa. Era el regalo más importante que podían tener", recordó.

Exterminar aun perdiendo la guerra

"Corría el año 45 y el conflicto estaba por terminar. Comenzaron a bombardear la ciudad y nos mandaron a unas barracas. Otra vez nos metieron en vagones y nos trasladaron, pero estos eran abiertos. Arriba, veíamos luchas de aviones alemanes contra rusos. Era algo increíble. Nunca sabíamos a dónde íbamos y llegamos a Austria, a otro campo de exterminio llamado Mauthausen, uno de los más fuertes de aquel país. Ya no teníamos ni fuerzas, mucho menos mi madre. No teníamos ni idea de qué pasaba con la guerra ni de quién ganaba, pero en el viaje sentíamos golpes desde afuera, eran algunos alemanes un poco más humanos, que decían: '¡Manténganse fuertes porque está por terminar la guerra!'. Cuando llegamos, mi mamá no podía ni caminar y escuché a unos nazis diciendo: 'Llevá a la madre y dejá a la chica'. Querían matarla, pero les aseguré que antes debían matarme a mí. La dejaron ir, pero no podía ni moverla, no sabía si estaba viva. Le tiré agua y empezó a moverse. Después, nos tiraron en un enorme galpón con paja y gente tirada en el piso. No sabíamos si eran cadáveres o personas con vida", suspiró. Por otro lado, agregó con una enorme sonrisa: "Lo que más me impactó fue que de cada situación salíamos juntas. Estaba con mi madre, era lo más importante, que no nos separen".

Finalmente, los estadounidenses entraron a Mauthausen, los alemanes habían escapado. En aquel momento muchos sobrevivientes, desesperados por tanta miseria, morían al ingerir alimentos; sus estómagos hambrientos, acostumbrados a la escasez, no pudieron soportarlo. Sara no falleció porque ni siquiera podía comer. En medio de la recuperación, bajo un contexto sombrío, llegó una carta esperanzadora. Era de Bernardo, su primer y único amor, quien también había salido con vida. La estaba esperando para casarse: "Me desmayé al instante", confesó. Se acercaba la libertad.

El mágico reencuentro ocurrió en Polonia: "Era hermoso este hombre y yo parecía una pobrecita, no tenía para vestirme. Lo que más me gustaba de él era… ¡todo! De aspecto y persona. Fue muy emotivo". Sara se casó a los 18 años y, como el clima social en su país seguía siendo hostil, se marchó con su esposo a un campo de refugiados que Estados Unidos instaló en Alemania. Allí se sintió libre por primera vez; hizo teatro y fue reconocida por sus grandes representaciones. Sin embargo, sus sueños solo podían concretarse en Argentina, histórico país receptor de migrantes europeos o, al menos, eso creían.

"Las torturas de los militares argentinos fueron peores que las del nazismo"

"En 1948, la entrada a los judíos en Argentina estaba totalmente denegada, solo podíamos ir a Paraguay, como agricultores. De ahí cruzamos la frontera ilegalmente y en Argentina, cuando llegamos a Formosa, nos metieron presos. Al lado de todo el pasado, estar en una cárcel argentina era demasiado lujo", bromeó, y luego rompió en carcajadas. En aquella provincia había una pequeña comunidad, muchos habían escapado de los crímenes nazis y también cruzaron la frontera de forma ilegal. Ellos hicieron una presentación judicial y los liberaron. Sara y Bernardo nunca se sintieron tan queridos, había fiestas y eventos en su honor dentro de un templo local, pero la Capital Federal era su objetivo. Además, las autoridades regionales querían mandarlos de vuelta a Paraguay. El marido decidió escribirle una carta a Eva Duarte, la esposa del presidente Juan Domingo Perón y reconocida por su ayuda a los más humildes. Evita respondió y los ayudó para llegar a Buenos Aires. Comenzaba su nueva vida, al fin.

Una vez instalados en una de las ciudades más importantes de la región, tuvieron dos hijos y formaron una familia. Uno de ellos fue Daniel Lázaro Rus, que desde pequeño demostraba interés por la ciencia. Siempre sacaba buenas calificaciones, llamando la atención de docentes y directores, sumado al orgullo y admiración de su madre. Al día de hoy, su desaparición forzosa es el único tramo de esta historia que no puede superar y en medio de la entrevista dejó caer unas lágrimas. En 1977 el país se encontraba bajo el dominio de la dictadura militar más sangrienta de su historia. Daniel, por su gran desempeño, a los 26 años ya trabajaba en la Comisión Nacional de Energía Atómica. El 25 de julio de ese año lo detuvieron ilegalmente y fue lo último que Sara supo de él. La tragedia ponía a prueba, otra vez, su espíritu de lucha y voluntad.

Su esposo le escribió cartas a las cúpulas de las fuerzas armadas, como Jorge Rafael Videla y Emilio Eduardo Massera. Ambos respondieron con evasivas. También consultaron en muchos ministerios por el paradero de su primer y único hijo varón, sin éxito. "Obvio que los militares sacaron muchas cosas de los nazis, pero las torturas de la dictadura eran peores, porque estaban más personalizadas", destacó, según pudo investigar, y se preguntó: "¿Quién sabe qué torturas recibió mi hijo? Tal vez fue arrojado al río, en los Vuelos de la Muerte". Sin embargo, nunca logró obtener un dato nuevo sobre Daniel. "Solo quiero su cuerpo para poder hacer el duelo en paz".

A los pocos meses de haber terminado la dictadura, en 1983, su esposo falleció: "Él me dijo que si volvía la democracia sin rastros de Daniel, iba a morir de tristeza, la guerra ya lo había dejado muy nervioso", lamentó. Sin embargo, con el correr de los días y tras muchas recorridas, Sara continuó su búsqueda y encontró a otras mamás en situaciones similares, así fue como se unió a Madres de Plaza de Mayo. Cambió la humillante estrella de David amarilla por el pañuelo blanco, máximo símbolo democrático de la sociedad argentina.

Y llegó a los 90 años de una vida dura, cruel, plagada de dificultades, sin emitir queja alguna. Con valor y muchos aprendizajes, supo reponerse a las adversidades y comprendió cuál es su rol en la sociedad: contar su historia, servir de ejemplo, enseñar un espíritu de lucha, resistencia y libertad. En 2010, fue declarada ciudadana ilustre de la Ciudad de Buenos Aires y en 2008 recibió el Premio Azucena Villaflor, entregado por los ex presidentes Néstor y Cristina Kirchner. El año pasado fue recibida por el actual mandatario argentino, Mauricio Macri. No es una sobreviviente. Sara Rus vive.

Leandro Lutzky

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